Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 47
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Capítulo 47

Jerónimo, apoyando las palmas de la mano en el mostrador de recepción, clavó su mirada en la enfermera.

—¿No me va a decir dónde está Elisa Vogel? —inquirió, levantando una ceja expectante.

Ella retrocedió en su silla giratoria, observando el aspecto descuidado de Jerónimo. Un celador se acercó hasta la enfermera, colocándose a su lado.

—¿Y usted es…? —preguntó él.

—Jerónimo. Me llamo Jerónimo —volvió a marcar—, pero os tiene que dar igual mi nombre.

Aquí lo importante no es quién soy yo, sino quién es esa Elisa Vogel, quién es realmente el doctor Jakob Schmitt, quién es el gordo con la chaqueta llena de bolsillos que mató a Ljudmila, qué han hecho con mi pareja Erik…

—Las palabras tropezaban unas con otras.

Se detuvo, apoyó los antebrazos sobre el mostrador y agachó la cabeza en derrota.

Olía a vino, aceite y ropa usada. Ni siquiera reconocía su propia voz.

—¿Erik? —repitió el celador, sorprendido.

—Erik Vinterberg. Mi pareja —dijo Jerónimo, bien claro para que todo el mundo lo escuchara.

—¿Se encuentra bien? —La enfermera se levantó y se acercó hasta él, agarrándole el brazo.

¿Bien? Aquella pregunta inocente avivó un fuego interior en Jerónimo.

Levantó la cabeza y se soltó. Cerró los puños y tuvo un gran deseo de gritar, de golpear a todo y a todos, pero se contuvo.

Si se dejaba dominar por su furia, vendría de nuevo la policía, y esta vez no sería tan fácil salir de prisión.

Con los dientes apretados y conteniendo la rabia, miró al celador y a la enfermera y repitió la última frase de Erik antes del accidente de tráfico aquel sábado por la tarde:

—«Tenía un profesor en la universidad que decía que revelar la verdad de una historia para sacarla a la luz era tarea de titanes, y solo los cabezones firmaban la victoria».

—¿Cómo dice? —preguntó la enfermera, confundida.

—Esas fueron las últimas palabras de mi pareja Erik antes de desaparecer.

Los ojos del celador se abrieron como platos al escuchar aquella información. Levantó la mano para llamar la atención de Jerónimo.

—Tiene toda la razón —logró decir, antes de que Jerónimo se girara con desdén, dejando al celador con el gesto congelado y la palabra en la boca.

Se podía ir a la mierda él y todo el hospital , pensó Jerónimo.

No iba a tolerar más condescendencia. Ya había llamado la atención lo suficiente para que alguien se diera cuenta de su presencia.

Anduvo por el pasillo hacia la salida del hospital, fijando su mirada en cada papelera que encontraba a su camino, con un impulso irrefrenable de golpearlas y marcar de alguna forma que estuvo ahí.

Al salir, se sentó en la acera junto al café Costa, el mismo lugar donde, una semana antes, se había topado con la mendiga.

Sus dedos tamborileaban con ansiedad sobre el bloc de notas en su regazo, garabateando dibujos que carecían de forma y sentido.

El peso de la desesperación se sentía en sus hombros, encorvándolos y arrugando su frente.

Cada vez que la puerta del Hospital St Mary se abría, sus ojos saltaban hacia ella, buscando entre las caras de los transeúntes alguna señal o respuesta. Estaba demasiado metido en su papel de mendigo como para ser reconocido por alguien.

Aunque la policía seguía inmersa en su investigación, Jerónimo llevaba a cabo la suya propia, alejado de los protocolos y las reglas.

No había rastro del doctor Jakob Schmitt.

Tampoco de ese bruto, con una chaqueta con más bolsillos que piezas en un rompecabezas, que intentó matarle.

Recordó el extraño encuentro con Elisa Vogel.

Una paciente de origen austriaco, en estado muy débil, esperando un trasplante de riñón.

En lugar de reaccionar con sorpresa o miedo ante un desconocido, Elisa levantó la vista, cerró el libro de acuarelas y le sonrió con cortesía, invitándolo a entrar con una voz calmada.

Su elegancia y serenidad en medio del ambiente hospitalario le sorprendieron.

Jerónimo siguió garabateando, sentado en el suelo de la acera, intentando controlar los nervios.

Al principio, había creído que el doctor Jakob Schmitt estaba involucrado en esos oscuros asuntos por simple avaricia económica.

Sin embargo, tras conocer a Elisa y presentarse de improvisto en el apartamento del doctor, su perspectiva cambió.

Ahora veía al doctor no como un simple corrupto, sino como un hombre desesperado, cruzando la línea moral para salvar la vida de su mujer.

El amor y la desesperación eran fuerzas poderosas, capaces de empujar a las personas a límites insospechados.

El tintineo de unas monedas lo sacó de sus pensamientos. Dejó de garabatear y levantó la vista.

Un niño de unos seis años, sosteniendo un garfio de juguete, le había dado una limosna antes de seguir caminando de la mano de su padre.

Jerónimo siguió haciendo dibujos y garabatos en el bloc de notas y de repente su mano tembló.

Aunque parecía una mera coincidencia, sintió una conexión más profunda entre el juguete del niño y el libro de Elisa y saltó una chispa en su mente.

De alguna manera, todos esos elementos estaban interconectados y, de repente, las piezas encajaron: el garfio, Peter Pan, Elisa, Erik…

Cada detalle cobraba sentido cambiando el curso de su búsqueda y comprendió que no siempre se podía confiar en la lógica y la razón.

A veces, las conexiones emocionales e irracionales ofrecían las respuestas más profundas.

La sensación de ver una luz al final del túnel era sorprendente.

Era como un destello que iluminaba todo lo que había estado oscuro durante tanto tiempo.

De hecho, era un momento de claridad y nada más.

Entendíamos más del vasto universo que de las conexiones que hacía el cerebro e iluminaban la conciencia.

Para él, vivir sin Erik era como estar atrapado en un purgatorio, un limbo sin fin. Estaba dispuesto a seguir esa luz al final del túnel sin saber si regresaba al mundo de los vivos o se acercaba al mundo de los muertos.

El doctor Jakob Schmitt actuaba por amor, por desesperación, por la esperanza de salvar a la persona que amaba. Y fue ahí cuando Jerónimo encontró la última pieza del puzle.

Ahora sabía que, aparte de la habitación del hospital, solo había un lugar posible donde podría encontrar a Elisa Vogel, y estaba a veinte minutos a pie. Se levantó y sin perder un segundo más, Jerónimo comenzó a caminar.