Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 46
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Capítulo 46

La mañana del sábado, muy temprano, Jerónimo se despidió de Christian, quien había quedado para desayunar con Philip.

Philip tenía algo importante que proponerle, pero Christian había prometido a Jerónimo pasar la tarde juntos.

Tras despedirse, Jerónimo volvió a la cama, pero ya no pudo conciliar el sueño.

El primer rayo del amanecer se filtraba por la ventana, tiñendo la habitación con un tono pálido. La luz iluminaba rincones vacíos y paredes desnudas. Sin cortinas ni adornos. Solo una cama, cuatro sillas y una mesa. La casa estaba deshabitada.

Perdido en sus pensamientos, Jerónimo miró el vasto techo blanco que parecía un lienzo inmenso esperando ser pintado de recuerdos.

Aún podía sentir los restos de adrenalina en sus venas de la noche anterior cuando escapó de su perseguidor.

Hacía apenas una semana que estaba empaquetando sus cosas para mudarse a esta casa, sin imaginar la pesadilla que le aguardaba con la llamada de la policía, informándole del grave accidente de Erik.

Al día siguiente, su cuerpo, en coma inducido, había desaparecido.

Pasaron varias horas enroscado en las sábanas, deseando huir de todo, cuando el sonido de un motor lo sacó de su ensimismamiento.

Pensó que Christian había regresado, pero el rugido era distinto, como de un vehículo más grande.

Luego, el timbre sonó.

Cogió el móvil y se movió con cautela para que nadie lo viera desde fuera.

Volvieron a tocar el timbre.

Con la espalda pegada a la puerta, se preparó para llamar a la policía y se dio cuenta de que tenía varias llamadas perdidas del mismo número.

Alguien gritó su nombre al otro lado de la puerta.

—¿Quién es? —preguntó.

—Le traemos el escritorio que encargó —respondió una voz grave.

Jerónimo soltó el aire que había retenido y abrió la puerta.

Un hombre fornido, cerca de los cincuenta, le dio indicaciones mientras descargaba un objeto envuelto en mantas desde su furgoneta.

—Aguánteme la puerta, por favor —le dijo a Jerónimo, que se quedó quieto observando cómo el hombre abría la furgoneta de reparto y, con una máquina de descarga, bajaba un bulto del tamaño de un baúl envuelto en mantas de transporte—. ¿Dónde se lo dejo?

—Debe de haber un error —dijo Jerónimo, confundido.

El transportista se secó el sudor de la frente, sacó una tableta y confirmó el nombre y la dirección.

—Mire —respondió.

—¿Pero está pagado? —preguntó Jerónimo con sorpresa.

—Si no estuviera pagado, no se lo traería. Fírmene —dijo el transportista extendiendo la tableta.

Jerónimo hizo un garabato en la pantalla.

—¿Está seguro de que es para mí? —insistió.

El transportista le entregó un sobre color crema.

—Es del dueño de la tienda.

Dentro del sobre, Jerónimo encontró una nota:

«Seguro que le dará mejor uso que aquí cogiendo polvo. Los últimos deseos siempre deben cumplirse».

Jerónimo no se atrevió a levantar la mirada, temiendo que el transportista viera la tormenta emocional que agitaba su interior. Se apartó de la puerta y, mirando al suelo, indicó:

—Ahí, en la esquina, bajo esa ventana.

El transportista siguió sus indicaciones.

Agradecido, Jerónimo le extendió un billete de cincuenta libras.

—No es mucho, pero tómese unas cervezas con sus amigos después del trabajo y dele las gracias a su jefe.

Una vez que el hombre se marchó, Jerónimo apretó la mandíbula, pero una lágrima traicionera rodó por su mejilla. Carraspeó, tratando de calmarse.

Se quedó maravillado contemplando aquel mueble de época. Un escritorio de madera de roble con patas talladas y finos detalles que bordeaban sus contornos.

Rozó el tablero revestido de cuero verde, desgastado por el uso, pero con un encanto único.

Erik sabía que Jerónimo se enamoraría de ese escritorio, perfecto para sus trabajos de traducción en su nueva casa de campo.

Se mordió el labio inferior. Pero faltaba Erik, se dijo con una ansiedad que apretaba más fuerte su estómago cuanto más imaginaba lo que podía haber pasado, pero nunca pasó.

Hasta llegó a creer que quizás tuvo suerte de no ver el cuerpo de Erik para así tener un recuerdo más fuerte de su amado en vida.

También sabía que… o bueno, quería creer que la policía investigaría el caso y encontrarían respuestas a muchas de sus preguntas.

Sus dedos detectaron una anomalía en el pequeño cajón central que lo intrigó. Con curiosidad, se arrodilló y tiró de él, pero era un cajón falso que hacía de soporte a los otros dos cajones laterales que podía abrir y cerrar perfectamente.

Pero Jerónimo era terco y tiró con más fuerza. Para su sorpresa, cedió y se quedó con el cajón en la mano y el hueco vacío. Pasó los dedos por el interior y encontró una carta antigua y cuidadosamente doblada. Con cuidado, desdobló la carta escrita en un inglés antiguo y comenzó a leer:

The 27th day of October, in the year of our Lord 1853

My dearest love,

…

El vigésimo séptimo día de octubre, en el año de nuestro Señor de 1853

Mi más preciado amor:

Estalló la maldita guerra y siento una enorme presión sobre mi corazón al escribir estas líneas antes de partir.

Jerónimo revisó la fecha de la carta y supo exactamente a qué guerra se refería el amante: la Guerra de Crimea, un conflicto que enfrentó al Imperio ruso contra una alianza entre Francia, el Reino Unido, el Reino de Cerdeña y el Imperio otomano y duró tres largos años.

Se recostó y continuó leyendo.

No hay palabras suficientes para expresar la vastedad de mis sentimientos.

Siento como si estuviera atrapado entre dos mundos: uno de gozo y amor contigo, y otro de soledad y añoranza sin ti.

Conocerte ha sido mi salvación, una luz brillante en medio de la oscuridad.

Mi alma se enriquece con cada recuerdo tuyo que guardo como un tesoro.

Pero la vida, como un cruel titiritero, ha decidido apartarnos y mi corazón se resiente por la injusticia de ello.

Aun así, siento que nuestro amor es demasiado poderoso para ser destruido por las garras de la muerte.

Como las semillas que florecen en primavera después de un duro invierno, nuestro amor encontrará su camino de nuevo a nosotros. Este es mi credo y mi fe.

Por tanto, hago esta promesa: en la próxima vida, buscaré tu alma entre las estrellas y te encontraré, sin importar cuánto tiempo o esfuerzo me lleve. Y cuando nos encontremos, volveré a amarte con cada fibra de mi ser, como lo hice en esta vida.

Hasta entonces, mi cariño, espero que encuentres consuelo en estas palabras. Espero que sientas la profundidad de mi amor por ti y la certeza de mi promesa. Mi corazón siempre será tuyo y tu amor vivirá en mí hasta el fin de mis días.

Siempre tuyo,

…

Yours forever,

Jerónimo sintió que el aire en la habitación se volvía más denso.

Con la carta todavía en sus manos, sus dedos comenzaron a temblar ligeramente y las palabras que había leído lo envolvieron en un huracán de emociones.

Su corazón latía con fuerza y sentía un nudo en la garganta que lo asfixiaba.

Las lágrimas empezaron a brotar, deslizándose por sus mejillas.

Con un sollozo, se inclinó hacia adelante, apoyando la frente en el escritorio.

La carta, escrita hacía tanto tiempo, parecía ser una prueba física del profundo amor y la pérdida que ahora sentía él. Los recuerdos de Erik, de sus risas compartidas, sus caricias y sus promesas, estaban más vivos que nunca en su mente.

Se llevó la carta al pecho, como queriendo sentir el latido del corazón del autor. Se levantó lentamente, intentando recuperar la compostura. Sabía lo que tenía que hacer. No iba a esperar a otra vida. Si tenía que poner a alguien en peligro, sería a sí mismo. Tenía un plan.

El más descabellado de todos.

Primero, Jerónimo decidió no darse una ducha.

Salió de casa sin su mochila, pero llevando unas tijeras en el bolsillo.

Antes de ir a la estación, pasó por una tienda de ropa de segunda mano y compró prendas desgastadas de talla grande.

Luego se dirigió al supermercado, donde adquirió una botella pequeña de vino, aceite, vinagre y bolsas de plástico.

También añadió un saco de dormir a su cesta de compras.

En un cajero automático, retiró doscientas libras en billetes de cinco, los cuales guardó en bolsas pequeñas y distribuyó entre su ropa interior y calcetines.

Con todo listo, compró un billete de tren con destino a la estación de Liverpool Street en Londres.

Durante los treinta minutos de viaje, aprovechó para entrar al baño del tren y cambiarse de ropa. Mezcló el vino, el vinagre y el aceite, y restregó la mezcla por los pantalones y la cazadora de segunda mano que acababa de comprar. Metió su ropa dentro de una bolsa y la tiró a la papelera.

Mientras bajaba del tren, se repetía a sí mismo que los últimos deseos siempre deben cumplirse .

Y su último deseo era encontrar a Erik.

Al pisar el andén de la estación, Jerónimo había desaparecido. Ya no era un traductor en paro. En su lugar, emergía un mendigo con un bloc de notas y un bolígrafo en mano.

Tenía dos metas claras para lograr su objetivo de encontrar a su pareja.

La primera era provocar un alboroto en la recepción del hospital para atraer la atención de ese doctor o de cualquiera que estuviera involucrado en la desaparición de Erik. Jerónimo sería un cebo para sacar a esas ratas de sus escondrijos.

La segunda meta era ocupar el sitio de Ljudmila fuera del café Costa y esperar paciente alguna pista o movimiento en falso.

Los mendigos eran seres invisibles.