Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 45
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Capítulo 45

Reclinado en el asiento del tren, Jerónimo se dejó envolver por el hipnótico ritmo de las ruedas sobre las vías.

Las luces de la ciudad se fundían en líneas difusas, evocando cometas y trazando estelas efímeras contra la ventanilla del vagón.

Dejaba atrás Londres y en poco más de una hora llegaría a la estación Oxford, donde Christian lo estaría esperando.

En el silencio de ese vagón, un aluvión de pensamientos y emociones lo invadió.

Erik seguía desaparecido, una mujer inocente había muerto y él mismo había estado cerca de correr la misma suerte.

Y no podía, simplemente no podía quitarse la imagen de aquel hombre con la chaqueta llena de bolsillos y unos ojos negros, fríos y calculadores.

Un sudor recorrió su columna vertebral. Había una cosa cierta: ese hombre sabía quién era él.

El tren comenzó a frenar. Se aproximaba a su destino.

Jerónimo bajó del vagón y dejó que el flujo de pasajeros lo adelantara, hasta que se quedó solo.

A lo lejos, una figura familiar destacaba entre la multitud. Christian caminó hacia su encuentro con paso decidido, pero había una gran preocupación en su rostro.

Parecía que Jerónimo siempre terminaba haciendo daño a la gente que más le quería, y una oleada de remordimiento y culpa lo asfixió.

Fue entonces cuando tomó una decisión que Christian tendría que aceptar, muy diferente de la que había tomado esa mañana cuando se encontró con la mendiga, Ljudmila.

Respiró hondo y se dejó abrazar por su amigo.

—Vaya susto que me has dado, jovencito —dijo Christian sin soltarlo—.

Si fuera tu padre, te daría unos azotes en el culo.

Y si fueras mi novio, también. —Aquel comentario arrancó una sonrisa a Jerónimo y se sintió a salvo al lado de su amigo.

Christian, con un gesto afectuoso, le acarició la mejilla—.

Aún pareces más joven sin la barba. Vamos a casa. Tengo el Porsche aparcado fuera.

Christian empezó a caminar, pero Jerónimo, abrumado, se dejó caer en un banco cercano.

—Echo tanto de menos a Erik —susurró.

Su amigo se sentó a su lado y le puso la mano sobre la rodilla.

—Lo sé —dijo con suavidad.

Jerónimo comenzó a recapitular su visita a Copenhague y todo lo que había ocurrido ese día. Christian escuchó atentamente, asintiendo de vez en cuando.

—A veces, el valor no está en enfrentarse al peligro, sino en aceptar la situación y protegerse —le dijo mirándolo a los ojos.

—Lo he estado pensando —confesó Jerónimo—. Vuelvo a casa.

Su amigo frunció el ceño en señal de sorpresa.

—¿A St Katharine Docks? ¿Estás loco? Jero, déjame ayudar. La policía está investigando todo. Es cuestión de tiempo.

—No vuelvo a St Katharine Docks. Sería regresar a una vida que ya no existe. Vuelvo a Essex. A la casa de Erik. Nuestra casa. Eso es lo que me pedía en su mensaje.

Christian parecía querer protestar, pero suspiró en su lugar.

—No quiero que te quedes solo —dijo finalmente.

—Y no lo estoy. Sé que estás conmigo. Y esperaré a que Erik regrese.

Christian bajó la mirada, mordiéndose el labio.

—¿Y si no regresa?

Jerónimo movió ligeramente las cejas como si estuviera buscando una respuesta adecuada que no tenía.

—Eso… aún no lo he pensado.

Su amigo se acercó más a él.

—Está bien. Te llevo a casa. Sube al Porsche.

—Prefiero el tren. Son dos horas en coche.

Christian levantó una mano, interrumpiéndolo.

—Y más de tres en transporte público. Me quedaré contigo esta noche. Bella está en el coche. Dormiremos los tres juntos. ¿Qué te parece?

A Jerónimo se le escapó un suspiro con forma de sonrisa agridulce.

—Un plan perfecto.