Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 44
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Capítulo 44

Jerónimo salió de la estación Lancaster Gate en dirección al hospital para encontrarse con Ljudmila. La frescura del aire rozó su rostro al emerger de la estación, pero apenas lo notó. Su móvil vibró. Sin detenerse, sacó el teléfono y deslizó el dedo para responder.

—Llego en diez minutos —le dijo a ella, pero no recibió respuesta—. ¿Estás ahí?

Jerónimo podía sentir la respiración de alguien al otro lado de la línea.

La llamada se cortó.

Miró a su alrededor en la calle oscura y vacía. Estaba solo. Apresuró el paso.

Las luces de las farolas se reflejaban en el pavimento mojado, trazando un sendero luminoso hacia el Hospital St Mary.

El murmullo de la ciudad nocturna parecía ahogarse en la distancia mientras el ritmo frenético de sus pasos resonaba en el silencio.

El trayecto entre la estación y el hospital no era largo, pero para Jerónimo, cada segundo era eterno.

Las fachadas de las casas victorianas se deslizaban como sombras a su lado.

A lo lejos, comenzó a divisar el imponente edificio del Hospital St Mary, sus ventanas resplandeciendo como estrellas.

El chirrido de unos neumáticos interrumpió sus pensamientos.

Un coche de policía pasó rápidamente, seguido de otro.

Las estridentes sirenas llenaron el aire.

Al acercarse al hospital, vio tres coches de policía y una ambulancia. Las luces rojas y azules se reflejaban en las caras de los curiosos que se habían congregado.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Jerónimo a una pareja de jóvenes.

—Un accidente de tráfico o algo así —respondió uno de ellos, inseguro.

La zona estaba acordonada, y las figuras de doctores y enfermeras se movían frenéticamente en el fondo.

Jerónimo rodeó el hospital, pero solo tenía una entrada principal. Ljudmila lo estaba esperando dentro en la cafetería. Intentó avanzar, pero un oficial le bloqueó el paso.

—Acceso restringido.

—Vengo a ver a un paciente. Es urgente —replicó Jerónimo.

—¿Es personal del hospital?

—No.

—Entonces, vuelva mañana. Tenemos la zona acordonada por un incidente.

—No puedo esperar a mañana —insistió.

Un cuerpo yacía en el asfalto, cubierto con una manta térmica que reflejaba la luz de la ciudad.

El horror se apoderó de Jerónimo.

—¿Qué tipo de accidente? —preguntó con el aire atrapado en la garganta.

—Han disparado a alguien.

Jerónimo se inclinó tanto como pudo y vio a un par de enfermeros cargar un cuerpo sin vida en una camilla.

Un temblor inesperado recorrió la columna vertebral de Jerónimo.

Al lado del cadáver, un móvil de segunda mano, que reconocía muy bien, yacía en el suelo. Un policía lo recogió con guantes.

El miedo y la culpa se apoderaron de Jerónimo. Alguien había asesinado a la mendiga. Intentó mantener la calma pero, entre la multitud, una mirada desconocida lo observaba.

Las luces parpadeantes de las sirenas de la policía iluminaban la entrada del Hospital St Mary, lanzando sombras danzantes en el rostro de Jerónimo.

Una gruesa cinta amarilla delimitaba la zona.

En un principio, no le dio importancia. Después de todo, Londres siempre estaba lleno de gente yendo y viniendo.

El roce de los transeúntes parecía ajeno, como si se moviera en una dimensión aparte, pero sus ojos estaban clavados en aquella sombra que había identificado entre la multitud.

Todo a su alrededor se desvaneció y su atención se fijó en aquel hombre.

Era un individuo fornido, de piel oscura y barba poblada y desordenada, con rasgos de algún país del Medio Oriente.

Llevaba una chaqueta con múltiples bolsillos grandes, como si hubieran sido añadidos después.

Aquel hombre miraba a Jerónimo con unos ojos tan oscuros y penetrantes que parecían la boca de un lobo, pero brillantes como estrellas en una noche sin luna.

Aunque su expresión no cambió, Jerónimo notó su mano deslizarse hacia un bolsillo interno de la chaqueta y él empezó a sudar.

Aunque la gente seguía pasando a su alrededor, el desconocido permanecía inmóvil, como un león en la selva, esperando el próximo movimiento de su presa. Un paso en falso para atacar. Un escalofrío recorrió la espalda de Jerónimo.

Tenía que hacer algo. Pensó en alertar a la policía o en gritar, pero el miedo lo paralizó y un hormigueo invadió sus piernas.

El instinto de supervivencia se activó de inmediato.

Cuando un grupo de jóvenes pasó entre ellos, Jerónimo aprovechó el momento para mezclarse en la multitud.

Aumentó el paso y giró una esquina, apoyándose en un edificio para recuperar el aliento. Su corazón palpitaba con fuerza.

Mirando a su alrededor, vio al hombre fornido de rasgos árabes, avanzando hacia él con determinación y con la mano aún dentro de su bolsillo.

Jerónimo giró sobre sus talones y comenzó a correr hacia Paddington, la estación más cercana, zigzagueando entre el tumulto de gente en esa noche de viernes. A medida que corría, vio al desconocido siguiéndolo con agilidad.

En un intento desesperado de despistarlo, Jerónimo se desvió hacia un pequeño café cuya fachada estaba cubierta por enredaderas.

Una vez dentro, se escondió en el baño. Apoyó la espalda contra la puerta tratando de regular su respiración. Aprovechó el momento para intentar llamar a Christian. Si había alguien que podía ayudarlo, era su viejo amigo.

El teléfono sonó en vano una vez, dos veces, tres veces…

Con los dedos temblorosos y recuperando la respiración, le escribió un mensaje apresurado:

«Estoy en peligro».

De repente, la puerta principal del baño se abrió con violencia y se le heló la sangre. No se movió, haciendo un esfuerzo enorme para evitar jadear y ser oído.

Aquel hombre lo había encontrado.

La adrenalina inundó su cuerpo. El móvil vibró, mostrando el nombre Chris en la pantalla, pero Jerónimo no podía contestar, no ahora.

Rápidamente, subió al inodoro y abrió una ventana que daba a la calle.

Se deslizó por ella tan desesperado que se lastimó en el proceso con pequeños cortes y magulladuras.

Al caer en una callejuela, vio por un instante esos ojos negros asomándose antes de desaparecer.

Era demasiado grande para poder colarse por esa ventana.

Estaría dando la vuelta al café y aquella calle solo tenía una salida.

Debía darse prisa antes de que el asesino llegara y bloqueara la entrada.

Su móvil no paraba de vibrar. Corrió hacia la estación de Paddington tan rápido que dejó de tener autonomía en las piernas.

Un dolor intenso invadió sus pulmones al respirar.

Al llegar a la calle principal, se mezcló entre la multitud, escondiéndose detrás de un quiosco de periódicos.

No veía señales del asesino, pero su móvil volvió a vibrar, recordándole que no estaba solo.

—Chris… —dijo Jerónimo, entre jadeos—, han matado a una mujer… afuera del Hospital St Mary. Alguien… alguien quiere hacer lo mismo conmigo.

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Cuando Christian respondió, su voz sonaba extrañamente calmada y fría.

—¿Dónde estás ahora?

—Al lado de la estación de Paddington.

—Haz lo que te diga si quieres salir vivo de esto —advirtió Christian con firmeza—. No cuestiones ninguna orden. ¿Entendido?

Jerónimo tragó saliva.

—Eh…

—¿Entendido? —insistió Christian elevando la voz.

—Sí —respondió Jerónimo.

—Sigue caminando y descríbeme lo que ves.

—Estoy en Praed Street —informó, mirando a su alrededor—. Siento que él está cerca, pero no lo veo.

—Dirígete a la estación de Paddington y rodéate de gente. En un lugar público no se atreverá a hacerte nada.

— Ok —Jerónimo siguió caminando, intentando no mostrar su confusión.

—¿Dónde estás ahora?

—Bajando la rampa de la entrada de Paddington.

—Únete a un grupo de turistas. Una vez dentro, gira y observa. ¿Lo ves?

Jerónimo hizo lo que le indicaron, pero todo comenzó a darle vueltas por el mareo.

—No.

—Eso puede significar dos cosas: o él te perdió de vista o tú lo perdiste a él. Tus probabilidades son del 50 %. Busca un puesto de recuerdos para turistas.

—Estoy justo al lado de uno —respondió Jerónimo.

—Compra una gorra y póntela.

—No tengo dinero encima y no aceptan tarjetas.

—Cógela y sigue adelante. Cuanto más tiempo pases pensando en llevarte la gorra, la gente empezará a prestar atención a lo que haces. Cuando el dependiente esté desprevenido, cógela.

Jerónimo siguió las instrucciones de Christian y robó una gorra roja y se la puso.

—Hecho —le dijo alejándose del puesto antes de que le llamaran la atención.

Christian continuó dándole instrucciones:

—Ahora quiero que camines mirando cualquier escaparate o reflejo para ver quién está detrás de ti. ¿Entiendes?

—Sí —respondió Jerónimo mientras se acercaba a una tienda de bolsos de mujer—. No lo veo.

—Sigue caminando. No estás a salvo aún. Tienes que salir de la estación. Busca en la pantalla el tren con destino a Gloucestershire.

Jerónimo comprobó la hora.

—Sale en catorce minutos. Vía nueve.

—Dirígete allí.

—¿Y el billete?

—No te detengas. ¿Qué más ves cerca?

—Un Burger King.

—Pide algo de comida y espera sin perder de vista quién entra y quién sale. Así será más fácil.

Jerónimo se aproximó al mostrador y pidió un menú para llevar. Escuchar la voz de su amigo lo tranquilizaba. Le hacía sentir más seguro.

—No veo al hombre.

—Concéntrate, Jero. Vigila la entrada.

—Es lo que hago, aunque el empleado me mira raro.

—Hay muchos turistas. Estará acostumbrado. ¿Qué llevas puesto?

—¿Ropa? ¿A qué te refieres?

—Jero, cuando llegues a casa ya nos contaremos chistes. Quítate la cazadora. Sal del Burger King y dirígete al andén. Date prisa.

Jerónimo obedeció. En pocos segundos llegó a la vía.

—Chris, estoy en los tornos. ¿Cómo se supone que tengo que pasar?

—Revisa tu correo. Te acabo de enviar un billete de tren electrónico.

—Sí, lo tengo.

Tras validarlo, se adentró en la estación.

—Dirígete al último vagón —ordenó Christian.

Un minuto más tarde, Jerónimo confirmó.

—Llegué —dijo, y se sentó con su bolsa del Burger King a su lado.

—Te esperaré en la estación en una hora.

—Gracias.

—Jovencito, quiero que no vuelvas a ese maldito hospital —dijo Christian, enfadado—. ¿Me entiendes?

—Es que…

Su amigo colgó sin esperar respuesta.

Mientras el tren se ponía en marcha, Jerónimo tuvo una sensación de alivio que duró poco. El hombre que lo perseguía ahora sabía quién era. Y para complicar más las cosas, la policía tenía en su poder el móvil de segunda mano que compró Jerónimo para llamar a Ljudmila.