Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 43
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Capítulo 43

El doctor Jakob Schmitt abrió la puerta de su casa y de la penumbra emergió Jerónimo.

—¿Se acuerda de mí? —le desafió.

El doctor lo miró de arriba abajo, pero no mostró sorpresa.

—Sé que me ha estado siguiendo desde el hospital —afirmó con firmeza mientras sus dedos delicados apretaban el picaporte—. No sé qué quiere, pero debe marcharse.

Jerónimo recordó el juego en el vagón del metro, cuando el doctor se levantó en la parada anterior solo para comprobar si él hacía lo mismo.

—Entonces, sabe lo que busco —contestó.

—En realidad, no.

—¿Dónde está Erik?

—¿Quién? —preguntó el doctor.

La impaciencia de Jerónimo crecía.

—Lo sabe muy bien. La tarde que ingresaron a mi pareja, usted pasó por la noche para que firmara esos malditos papeles de donación de órganos.

El doctor, con un gesto defensivo, dio un paso atrás.

—Trabajo en el Hospital St Mary. Todo se hizo siguiendo el protocolo. Lamento la pérdida de su pareja, pero debe dejar que la administración del hospital maneje esto.

La mirada de Jerónimo se endureció.

—Usted no es quien dice ser —lo acusó.

El doctor pasó su mano por el flequillo y se apartó el pelo rubio de la frente mientras fingía una expresión serena.

—Le repito que trabajo en el Hospital St Mary y no tengo idea de qué habla. Ahora, si me disculpa.

El doctor entró a su apartamento, pero antes de cerrar la puerta, Jerónimo se coló dentro. La débil luz que se filtraba desde afuera iluminaba un salón modesto decorado con fotos familiares. En una mesa, resaltaba una imagen de la esposa del doctor muy joven.

Jerónimo sacó su móvil.

—Quiero enseñarle algo.

—¿Cómo se atreve? —La tranquilidad en el tono del doctor se desvaneció—. Salga de mi casa ahora mismo o llamo a la policía.

—Mire esto —dijo Jerónimo, activando una videollamada.

Acercó la pantalla al doctor—. Hay algo que quiero mostrarle.

Luego decida si llama a la policía. —A pesar de la firmeza en su voz, tan fría y despojada de sentimientos que ni él mismo podía reconocerla, la tenue luz de la entrada revelaba un ligero temblor en sus manos.

—He dicho que se vaya —insistió el doctor.

La pantalla del móvil mostraba una habitación de hospital con una mujer dormida.

El doctor quedó petrificado: era su esposa.

La persona que sostenía el móvil también sostenía un cuchillo de cocina con la otra mano y lo hacía bailar delante de la pantalla. La cámara del móvil giró y se vio la máscara de un payaso con una sonrisa grotesca. De una oreja colgaba un auricular.

—Si me escuchas, levanta la mano —instruyó Jerónimo a Ljudmila.

—Te escucho alto y claro —dijo Ljudmila en un susurro—. Cuando me digas, la mato.

Jerónimo se puso más nervioso. Ljudmila no debería haber dicho nada para no delatar su identidad. Se giró hacia el doctor.

—¡Hable! —exigió Jerónimo.

—¿Qué quiere que le diga? —Su mirada saltaba de la pantalla a Jerónimo.

Este observó una foto en la sala: la mujer del hospital, la misma que estaba en peligro, sonreía desde un marco cercano. Aunque sintió un breve remordimiento, la desesperación prevaleció.

—Solo quiero saber dónde está Erik. Dímelo y tu esposa estará a salvo.

—No sé nada —respondió el doctor escupiendo las palabras.

—¿Has oído? —preguntó Jerónimo a Ljudmila.

Ella, con el cuchillo en mano, se acercó con el móvil mostrando a una Elisa Vogel durmiendo plácidamente ajena a la situación.

—La mujer enmascarada perdió a su marido hace un año, que también desapareció sin más —explicó Jerónimo señalando a Ljudmila—. Ni ella ni yo tenemos nada que perder. Así que, o empieza a abrir la boca y a contarnos qué está pasando, o su esposa no verá otro amanecer.

Jerónimo se sorprendió al notar que tenía agarrado el cuello de la camisa del doctor, pero él no reaccionó. Solo movía los dedos y jugaba con su alianza sin decir palabra. Jerónimo insistió:

—No le pasará nada si me dice dónde está Erik.

El doctor desvió la mirada.

—Ha tocado a la puerta equivocada. Aquí no va a encontrar la verdad.

—¡Miente!

Jerónimo, dominado por la rabia, lo empujó con tanta fuerza que cayó al suelo.

Por un instante, todo quedó en suspenso.

La sorpresa era evidente en el rostro del doctor.

—Está jugando con la gente equivocada —le advirtió a Jerónimo mientras se levantaba del suelo.

Observó de nuevo la imagen de su esposa amenazada con el cuchillo flotando en el aire. Luego, soltó una risa, mitad forzada, mitad nerviosa.

—No sé dónde está su pareja. A mí me pagan solo por obtener la firma de los familiares. No tengo más información.

Jerónimo sabía que mentía.

—¡Voy a matar a su mujer! —le amenazó.

El doctor se acercó retándolo con la mirada y con los puños cerrados.

—Matará a una mujer inocente.

El remordimiento surgió en Jerónimo como si alguien hubiera encendido un interruptor.

El doctor sabía que él también mentía.

—Dígame dónde está Erik.

—No sé nada sobre su pareja —dijo retrocediendo un paso—. Solo sigo órdenes y ni siquiera sé quién las emite. Es una red demasiado compleja. Se perdería en el camino o lo matarían.

—Ya estoy perdido —confesó él.

—Y también está desesperado como yo —aseguró el doctor—. Váyase antes de que lo encuentren.

Sin una palabra más, Jerónimo guardó su móvil y caminó lentamente hacia la puerta.

El doctor, dándole la espalda, soltó:

—Reconozco a la mujer detrás de esa máscara de payaso. Tiene un acento muy particular. Su marido murió el día que ingresó en el hospital. Haga lo que le parezca. Yo ya le he advertido.

El doctor cerró la puerta detrás de él.

Jerónimo se encontró fuera de la casa con el corazón latiéndole a mil por hora. Se detuvo a unos metros, sintiendo el sudor frío en su frente bajo el débil resplandor de la luna.

Su móvil vibró.

—¿Dónde estás? —preguntó Ljudmila.

—De camino al hospital.

—¿Te contó algo más ese desgraciado?

Jerónimo recordó las palabras del doctor sobre el difunto esposo de ella. La luz de la luna creaba sombras grises en la calle vacía.

—Nada nuevo —mintió.

—Todos son unos hijos de puta —murmuró la mendiga con resentimiento.

Jerónimo podría haberle contado lo que el doctor le dijo, pero al mismo tiempo, quiso creer que a lo mejor le había mentido en eso y el marido de Ljudmila seguía vivo.

—Nos veremos pronto —dijo él.

Al colgar, Jerónimo pensó que él también era un hijo de puta por no tener el valor de contarle la verdad a Ljudmila. Comenzó a caminar en dirección al metro de vuelta al hospital con una extraña sensación de que algo malo, algo mucho peor, estaba a punto de suceder.