Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 42
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Capítulo 42

Al concluir su turno, el doctor Jakob Schmitt salió del hospital mientras Ljudmila se colaba dentro.

La persecución había comenzado.

A simple vista, Jerónimo se veía diferente: sin barba y usando gafas de sol en una tarde que amenazaba con nubes. Aunque el disfraz resultaba algo forzado, no se parecía al Jerónimo que había conversado con el doctor días antes.

Unos pocos metros por delante, el doctor andaba absorto, haciendo el trayecto rutinario del trabajo a casa.

Jerónimo, sin perderlo de vista, atravesó Praed Street y pasó por hoteles y casas adosadas de estilo victoriano.

Las calles estaban salpicadas de lluvia y aunque estaba anocheciendo, había suficiente visibilidad, lo que permitía a Jerónimo no perder de vista a su objetivo y asegurarse de mantener una distancia prudente.

El recorrido los llevó hacia el Hyde Park, pero el doctor se detuvo delante de la estación de metro de Lancaster. Pasó los tornos y esperó el ascensor junto a varios transeúntes.

Jerónimo hizo lo mismo, con discreción. Una vez dentro del ascensor, evitó el contacto visual con el doctor y, cuando las puertas se abrieron, siguió caminando a una distancia prudente, mezclándose con el grupo de gente a través de un laberinto de pasillos.

En pocos minutos llegaría el metro con dirección a la estación de Ealing Broadway.

Jerónimo simuló leer un periódico que encontró en un banco mientras se subía al vagón detrás del doctor. Se sentó entre dos pasajeros, una mujer mulata de aspecto cansado y un joven asiático con el pelo de colores. No bajó el periódico, que sostenía como un escudo de protección.

Las paredes del vagón, curvadas para adaptarse a los estrechos túneles subterráneos, estaban decoradas con el enorme mapa del metro de Londres y anuncios variados: desde próximos estrenos teatrales en el West End hasta anuncios de aplicaciones móviles o servicios locales.

Pese a no ser hora punta, el vagón estaba considerablemente lleno.

Sentado al otro lado, el doctor se recostó en el cristal con mirada perdida. Luego, cerró los ojos, ofreciendo a Jerónimo un momento de alivio.

En medio del murmullo de conversaciones, la vibración del tren y el sonido de las ruedas chirriando contra las vías envolvían a los pasajeros.

Se dirigían al oeste de Londres. Durante el viaje, una voz anunciaba las estaciones: Queensway, Notting Hill Gate, Holland Park, Shepherd’s Bush…

Y recordaba a los pasajeros: mind the gap, cuidado con el hueco.

Al llegar a la estación White City, el doctor abrió los ojos y se puso de pie.

Jerónimo, con disimulo, también se levantó.

Pero, al abrirse las puertas, el doctor no salió.

Ese cambio le chocó y fingió mirar su móvil mientras volvía a su asiento.

Tenía una llamada perdida de Christian y un mensaje que decía en mitad danés e inglés:

« Nej! Really? ».

«¡No! ¿En serio?».

Jerónimo respondió al mensaje preocupado de su amigo, aunque no llegaría hasta que hubiera cobertura una vez en la calle:

«Estoy en el metro, luego te llamo».

Las puertas se cerraron y el viaje continuó hasta la estación de East Acton, donde finalmente el doctor bajó.

Jerónimo lo siguió, agachándose para simular que ataba sus zapatos. No pudo evitar preguntarse si el doctor había percibido su presencia.

Al salir al exterior, el entorno mostraba una estación de ladrillo rojo y tiendas de barrio circundantes.

Jerónimo fingió una llamada mientras seguía al doctor con discreción.

Una creciente ansiedad le oprimía el estómago como una serpiente retorciéndose en su vientre.

A medida que se adentraban en el barrio, las edificaciones modernas daban paso a construcciones más modestas y descuidadas y las luces brillantes se atenuaron hasta convertirse en un débil resplandor.

Finalmente, el doctor se detuvo frente a un edificio de aspecto deteriorado.

Tras echar un vistazo a su alrededor, entró y Jerónimo se ocultó en la sombra cercana.

Ahora sabía dónde hallarlo. Se recostó contra la pared, permitiendo que un suspiro escapara de sus labios.

Desde la oscuridad, sacó su teléfono con cautela y marcó un número.

La llamada se conectó después de un par de tonos y una voz familiar llenó el silencio.

—Ljudmila —comenzó—, he llegado a la casa del doctor.

—¿Y ahora qué?

—¿Estás en la habitación?

—Lo tengo todo preparado —respondió ella con seguridad.

—¿Nadie te ha hecho preguntas?

—No. Nadie sabe que estoy aquí. ¿Todo bien?

—Creo que tampoco sabe que lo he seguido —dijo Jerónimo, aunque no sonaba convencido—. Te vuelvo a llamar en unos minutos.

—Ahora empieza la diversión —comentó ella, pero Jerónimo no veía que aquello fuera divertido.

Con el corazón palpitando en sus oídos, avanzó hacia el abismo de lo desconocido. Si lo volvían a llevar a comisaría, esta vez no saldría tan fácilmente.