Capítulo 41
Jerónimo salió del hospital y tomó asiento en la cafetería Costa.
Acariciaba la taza de café con los ojos clavados en la calle frente al hospital.
Cada detalle del ajetreo londinense estaba amplificado por su atención hipersensible.
El tintinear de las cucharillas, el murmullo de las conversaciones, la risa de un niño al fondo, todo formaba una sinfonía que resonaba con su creciente expectativa.
Esperaba a alguien. Alguien que podía ayudarle. Tenía un plan. Un plan desesperado, pero le daba igual. En momentos desesperados, había que tomar decisiones desesperadas. Se prometió a sí mismo que iba a encontrar a Erik y lo que prometía Jerónimo, lo cumplía, o por lo menos lo intentaba.
Ahí llegó ella: la mendiga. Ljudmila apareció, sentándose en su lugar habitual con un bloc de notas en la mano.
Al verla, terminó su café de un trago, compró otro, un agua y un sándwich, y salió apresuradamente del local en dirección a ella.
—Hola —saludó.
Ljudmila, sentada en el suelo, levantó la vista hacia él. Después de unos segundos de silencio, ella desvió la mirada, con esa expresión neutra que la gente suele adoptar frente a un mendigo.
Jerónimo se inclinó y le ofreció el café, el sándwich y la botella de agua.
Ella aceptó solo el café.
—No lleva azúcar, como te gusta —indicó—. ¿Tienes hambre?
Ella negó con la cabeza y dio un sorbo.
—A mí los problemas me dan hambre —comentó Jerónimo, dándole un bocado al sándwich—. Necesito un favor.
—No se habla con la boca llena —lo corrigió ella sin quitar la vista de la entrada del hospital. Dio un sorbo al café mientras su otra mano reposaba sobre la libreta llena de garabatos.
Jerónimo sonrió, un tanto sorprendido.
—Tienes razón. —Se sentó a su lado—. ¿Qué harías para encontrar a tu marido?
Ella cerró su cuaderno.
—Todo. Estaría dispuesta a todo. ¿Y tú?
Sin dudarlo, Jerónimo respondió:
—Yo también. Así que quiero que prestes atención.
Ljudmila escuchó el plan de Jerónimo. A medida que él hablaba, los ojos de la mendiga se iluminaron con esperanza y determinación. Al finalizar, sin previo aviso, ella tomó el sándwich de las manos de Jerónimo, pillándolo por sorpresa.
—A mí los problemas también me dan hambre. Y creo que vamos a tener unos cuantos, salga bien o mal tu plan de locos.
Jerónimo se puso de pie.
—Te lo he dicho, estoy dispuesto a todo.
—Y yo —respondió Ljudmila, extendiendo su mano para que la ayudara a levantarse.
Una vez de pie, Jerónimo observó la apariencia desaliñada de la mendiga.
—Pero lo primero, necesitas una ducha y ropa limpia o no te dejarán entrar en el hospital.
Ambos, con determinación en sus ojos, llegaron a la estación de Paddington, abarrotada y bulliciosa.
La atmósfera estaba cargada con el murmullo constante de las conversaciones y el eco distante de los trenes llegando y saliendo.
Aquí y allá, los quioscos y tiendas ofrecían una variedad de servicios, desde café y bocadillos hasta revistas y flores.
Le pidió a Ljudmila que se quedara en la puerta y entró en una tienda de ropa.
Le compró unos pantalones negros de corte recto, una blusa de algodón color crema y unas zapatillas de suela plana.
A pesar de las supuestas ofertas, sintió que había pagado de más por comprar en una estación tan popular.
Luego, la acompañó hasta las consignas al lado de la vía doce.
Allí había instaladas unas duchas para aquellos viajeros que llegaban en trenes de larga distancia y deseaban refrescarse antes de continuar con su día en Londres.
Jerónimo se acercó al mostrador. Ella lo siguió detrás con la cabeza baja como si quisiera pasar desapercibida, lo cual era muy difícil por su ropa andrajosa y sucia.
—Va conmigo —le dijo al recepcionista. Pagó por una ducha para Ljudmila, quien se dirigió hacia ella con una bolsa de ropa limpia—. Cuando salgas, si no estoy, te quedas esperando. Volveré.
Media hora más tarde, a pesar de haberse demorado haciendo la última compra, Ljudmila no estaba allí como acordaron. Se acercó al recepcionista y le preguntó por la mendiga, pero o no entendió a Jerónimo, o estaba demasiado ocupado mirando el móvil.
Con un andar tranquilo, salió Ljudmila transformada en una nueva mujer. Atrás quedó la imagen de la mendiga; ahora se presentaba como una mujer limpia, vestida decentemente, aunque con marcas visibles de la vida dura en la calle.
—Vuelvo a ser yo —dijo ella, mirándose en el reflejo del cristal.
Ljudmila era de belleza estándar, sin pretensiones. Su rostro seguía serio por el tiempo que estuvo tirada en la calle buscando a su marido y la vida de la calle envejece a las personas.
—Me alegro —dijo Jerónimo y le entregó un viejo móvil y un objeto envuelto en plástico—. ¿Puedes ocultar esto?
Ella asintió y, tras un breve momento en el baño, regresó haciendo un gesto como si hubiera realizado un truco de magia.
Estaba lista.
De vuelta al hospital, Ljudmila señaló una pequeña entrada en el patio interior.
—Ahí es —dijo.
Jerónimo frunció el ceño.
—No hay nadie ahí.
—Lo sé. Pero siempre sale por esa puerta con su café para llevar.
Como un reloj suizo que marcaba la hora, aquel doctor de estatura alta y apariencia distinguida salió de una puerta contigua, caminando con pasos largos como sus piernas, absorto en sus pensamientos y sin percatarse de la amenaza que se cernía sobre él.
—Sabes que es arriesgado lo que vamos a hacer. ¿Estás segura? —preguntó Jerónimo.
La mendiga simplemente asintió, preparándose para lo que vendría a continuación.