Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 40
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Capítulo 40

Jerónimo se detuvo frente al Hospital St Mary. El aire del mediodía le acariciaba y cada bocanada traía consigo una sensación de incertidumbre, como un oscuro presagio.

Cargado de desesperación, su mente navegaba en una maraña de recuerdos y pensamientos.

Se dirigió al pequeño supermercado del hospital y compró un ramo de rosas rojas.

No sabía quién era la mujer a la que visitaría, pero esperaba que las flores funcionaran como distracción.

El aroma dulce de las rosas llenó el ascensor mientras subía al primer piso.

Al llegar, observó a dos enfermeras charlando en la recepción.

Dentro, una mujer estaba medio tumbada, levantó la mirada de su libro y se encontró con la de Jerónimo. Marcó la página, lo cerró y sonrió con serenidad y cortesía. No había rastro de miedo o ansiedad en sus ojos, solo una curiosidad que dejó a Jerónimo perplejo.

—Pase —le invitó ella con una voz calmada.

Él avanzó titubeante con el ramo apretado en sus manos.

La mujer tenía un cabello muy rubio y fino, piel pálida y ojos azules acuosos. Una cadena plateada con un colgante de paleta de pintor adornaba su cuello.

—Esas rosas son preciosas. ¿Son para mí? —preguntó con una sonrisa amable. Su voz tenía un matiz germano que le confería elegancia—. ¿Cuál es su nombre?

—Me llamo Jerónimo —respondió, mordiéndose el labio al darse cuenta de su error.

—¿Español? —inquirió con astucia. Jerónimo se sintió delatado por su acento—. Yo soy Elisa Vogel. Siéntese, por favor.

Atraído por la enigmática presencia de la mujer, tomó asiento.

Ella deslizaba sus dedos cansados sobre las tapas de un libro de acuarela con la portada de la estatua de Peter Pan.

—Hay un jarrón en el baño —indicó—. Llénelo con agua y ponga las rosas allí. Me encantan las rosas rojas, aunque suene a cliché. ¿Tiene alguna flor favorita?

Jerónimo se tocó la barbilla.

—La margarita de prado —respondió, dubitativo—. ¿Le interesa la pintura?

Ella miró el libro en la mesita.

—En algo tengo que matar el tiempo. Es paradójico, ¿verdad?

—¿A qué se refiere?

—A eso, matar el tiempo. ¿Cuál es su historia?

—¿Mi historia? —preguntó Jerónimo confuso.

—Supongo que la mía no es diferente a la de cualquier otra persona en este lugar. Estoy enferma, esperando un milagro que quizás nunca llegue.

—¿Qué milagro es ese?

—Un donante de riñón. Pero es improbable.

No van a usar un riñón sano en mí —dijo.

Su voz se desvanecía y una sombra cruzó su rostro.

Acarició la portada del libro con la imagen de la estatua de Peter Pan de Kensington Gardens—.

Todos tenemos sueños que cumplir. Mi marido siempre tiene esperanza.

Pero quizás sea solo una fantasía para ambos.

Algo oscuro se retorció dentro de Jerónimo.

—¿Cómo está tan segura?

—Míreme —dijo inclinándose hacia él—. Cualquier día ya no lo cuento, pobre de mi marido. Estoy viva por él.

Jerónimo sintió un nudo en el estómago al oír sus palabras.

—Debe quererla mucho.

Ella sonrió con tristeza.

—Tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Pero no estoy segura de cuánto tiempo puedo durar. Supongo que él… él siempre ha sido más fuerte que yo.

El silencio volvió a caer entre ellos.

—Nunca tuvimos hijos —señaló—, pero no fue un vacío en nuestras vidas. ¿Tiene hijos?

Jerónimo negó con la cabeza.

—¿Dónde está su marido? —preguntó finalmente.

—De viaje. No le gustan los hospitales. ¿Podría ayudarme a incorporarme?

Jerónimo sabía que la mujer mentía. Mientras la asistía, percibió el dolor en cada movimiento de ella.

—No le entretengo más. ¿Vino a cambiar la sonda?

Jerónimo retrocedió.

—He venido a hablar de su marido.

—¿Es usted enfermero? —preguntó con tono cauteloso y la sospecha bailando en sus ojos cansados.

Jerónimo volvió a negar con la cabeza.

—Necesito saber quién es su marido.

—Le he dicho que está de viaje. ¿Por qué?

Él miró el libro puesto en la mesita y no supo qué inventarse, así que fue sincero con ella.

—Estoy buscando a mi pareja Erik, y a lo mejor su marido sabe dónde está.

—No le entiendo.

—Yo tampoco, pero quizás su marido, sí.

Ella abrió más sus ojos azules acuosos.

—No debería estar aquí.

—No quería incomodarla.

—Pero lo ha hecho. Por favor, váyase.