Capítulo 39
Antes de dirigirse a Little Venice, Jerónimo pasó por el supermercado de la estación de Paddington. Compró sándwiches, cervezas Brewdog, vodka Imperial y whisky Scots Club. Con sus compras en mano, se encaminó hacia los canales.
Little Venice, o la Pequeña Venecia, se encontraba justo detrás de la estación de Paddington.
Era famosa por su red de canales, que durante la Revolución Industrial sirvieron como vías de transporte de mercancías por toda la ciudad.
Estos canales albergaban barcazas y botes que se habían convertido en casas flotantes, muchas de ellas habitadas permanentemente y decoradas con encanto, repletas de plantas y otros adornos.
Los puentes bajos y los sauces llorones que se inclinaban sobre el agua añadían un toque mágico al lugar.
Con el sonido relajante de las aguas chocando contra los pilares de piedra del fondo, Jerónimo caminó por el borde del canal buscando a la mendiga Ljudmila.
Sosteniendo la bolsa del supermercado, pasó bajo un puente que se arqueaba sobre el canal como un anciano encorvado. Al otro lado, encontró un grupo de mendigos acampando sobre cajas de cartón dentro de un saco de dormir de color poco definido por la cantidad de manchas y suciedad.
Apretó más fuerte la bolsa y se acercó al grupo, que no le hizo mucho caso. Se quedó parado un rato buscando con la mirada a Ljudmila.
El primer mendigo que le llamó la atención era un hombre de mediana edad con piel curtida y barba descuidada que cubría su rostro.
A su lado, una vieja bicicleta oxidada se mantenía en pie, cargada de bolsas y objetos variopintos que parecían formar todo su patrimonio.
La siguiente figura era una mujer joven con un perro flaco en sus brazos.
Su pelo rubio, ahora empapado de suciedad, se enredaba en rastas que caían desordenadas sobre su espalda.
Un poco más lejos, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla y tatuajes difuminados sostenía una lata de cerveza.
Pero fue la cuarta figura la que hizo que el corazón de Jerónimo latiera con fuerza: la mendiga a quien buscaba.
Acurrucada en una esquina y con una rosa blanca de plástico en el pelo.
Se acercó y, arrodillándose a su lado, depositó la bolsa de la compra en el suelo que había traído.
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó Jerónimo.
La mendiga pareció despertar de un sueño. Parpadeó y se enderezó, tratando de alisar su enmarañado cabello, que evidenciaba la falta de cuidado.
Jerónimo intentó ignorar el penetrante olor a alcohol y suciedad que emanaba del lugar.
—¿Eso qué es? —inquirió ella con su acento eslavo, señalando la bolsa.
—Es un regalo para ti y tus amigos, pero a cambio necesito que me ayudes. Estoy buscando información sobre un doctor del Hospital St Mary. Hablé con él hace unos días.
El rostro de la mendiga cambió de inmediato. Sus ojos, que parecían dos gotas de mercurio bajo su desordenado cabello, reflejaron una mirada penetrante. Rápidamente, guardó su bloc de notas bajo los cartones.
—Ni loca —dijo de manera tajante, encogiéndose en su manta—. Vete de aquí.
A lo lejos, otros mendigos murmuraron quejas por haber sido despertados.
Jerónimo aguantó la respiración.
—Yo también estoy loco. He perdido a alguien a quien quiero con locura y necesito tu ayuda. Busco a un doctor —insistió, mostrándole la foto y alumbrándola con la luz de su móvil.
Ella se cubrió con la manta, intentando esconderse.
—Déjame en paz.
Los gruñidos de los otros mendigos resonaron, incluso alguien le tiró un cartón de vino vacío, pero Jerónimo hizo caso omiso. No se iba a rendir tan fácilmente. Volvió a insistir quitándole la manta.
—Necesito que mires esta foto.
Ljudmila se incorporó otra vez, su mirada oscilando entre Jerónimo y la foto.
—No quiero meterme en problemas. Ya te lo he dicho —respondió, tumbándose de nuevo en la cama hecha de cartones.
—Sabes quién es. Lo sabes y necesito saberlo yo también.
Otro mendigo gruñó en señal de advertencia, pero Jerónimo no se iba a ir sin averiguar cómo encontrar a ese misterioso doctor.
—No sé nada —respondió Ljudmila mientras revisaba la bolsa que había traído Jerónimo y sacaba la botella de vodka.
—¿Me permites ver tu bloc de notas? —pidió, intentando mantener la calma.
Ella lo miró detenidamente, sopesando si podía confiar en él o no. Sin decir palabra, abrió la botella y bebió un trago, después tomó un sándwich y compartió el resto con uno de sus compañeros.
—¿Tienes algo? —le preguntó ella.
—¿Algo de qué?
—Me duele la cabeza.
—A mí también. Si te vienes conmigo, paso por la farmacia y compro algo para los dos.
Ljudmila alzó la botella de vodka en respuesta.
—Esto me basta por ahora —dijo, tomando otro trago como si fuera agua.
Jerónimo se sentó en un bloque de hormigón al lado de la mendiga, que sostenía la botella de vodka Imperial entre sus rodillas y ofrecía una lata de cerveza a una anciana cercana.
—Estoy buscando a Erik —dijo Jerónimo con tono apagado.
—¿Erik? ¿Hombre o mujer?
—Hombre danés.
—¿Otros familiares?
—Yo.
—¿Tú eres?
—Su pareja.
—¿No tienes familiares?
—No.
Ljudmila soltó una carcajada estridente.
—¿De qué te ríes?
—Lo han vuelto a hacer.
—¿Hacer qué?
—Se lo han llevado. Primero te dicen que está en otro hospital. Luego que nunca salió de allí. Y finalmente que ha sido trasladado a la morgue. Para entonces, ya han hecho desaparecer el cuerpo.
Jerónimo se acercó más a la mendiga con una bomba en el estómago a punto de explotar.
—¿Algo más que yo no sepa? —No podía ocultar la desesperación en su voz.
—El mismo patrón siempre. Personas en coma, mejor si no tienen familia, y mejor aún si son extranjeros. Londres es una selva; la gente entra y sale, y el anonimato es una espada de doble filo.
—¿Y tu marido?
—Aleksei desapareció hace 786 días.
Jerónimo observó a Ljudmila, viendo el dolor marcado en su rostro.
—¿Qué pasó?
Con cariño, Ljudmila tocó una gastada alianza en su dedo anular.
—Lo mismo que a tu Erik. Tuvo un accidente de tráfico y fue ingresado en cuidados intensivos en el Hospital St Mary. Pocos días después, desapareció.
—¿Llamaste a la policía?
Ella negó con la cabeza.
—Somos de Bielorrusia. Entramos sin papeles en Inglaterra. Si no hay trabajo, no hay permiso. Si no hay permiso, no hay trabajo.
Jerónimo la observó mientras ella abría su bloc de notas, lleno de números y palabras apenas legibles, y sacó una foto.
—Este es Aleksei —le mostró la foto de un hombre con una sonrisa afable. La tomó, sintiendo empatía al ver la tristeza en la mirada de Ljudmila.
Jerónimo cerró los ojos, mordiéndose el interior de su mejilla mientras luchaba contra la ola de impotencia que amenazaba con arrastrarlo.
Ella lo miró durante un largo momento antes de beber un trago de la botella. Luego señaló la foto que tenía en la mano.
—Creo que la esposa de ese doctor ha estado hospitalizada desde hace unos meses.
Jerónimo respondió sin dudar:
—Quiero hablar con ella.
Tras un breve silencio, Ljudmila habló:
—Habitación 43B. El doctor termina su turno a las 18:00 de la tarde.
Jerónimo asintió, agradecido.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó.
Ljudmila se puso de pie, con cierto aire de importancia.
—Los mendigos somos seres invisibles para muchos.
Tanto ese doctor como sus compañeros suelen pasar a menudo por la cafetería frente al hospital y, cuando menos te lo esperas, se ponen en la puerta para hablar por el móvil de cosas que no harían delante de nadie.
Trapos sucios, críticas a colegas y conversaciones con amantes.
Te puedo contar historias de mal gusto que escucho cuando hablan por el móvil, confiados de que nadie los oye.
—Hizo una pausa y se acercó más a Jerónimo.
Sus ojos brillaban con más intensidad—. ¿Por qué crees que me paso allí las horas?
Un día, a alguien del hospital se le escapará algo que me ayude a encontrar a Aleksei.
Jerónimo se rascó la barbilla. No sabía si Ljudmila estaba rematadamente loca o era una mujer rematadamente inteligente. Lo importante era que tenía la información que necesitaba y no había tiempo que perder.