Capítulo 38
Jerónimo apenas había cerrado los ojos un par de horas cuando el sonido del móvil lo despertó.
La luz parpadeante de la pantalla brillaba en la oscuridad de la habitación.
Alargó el brazo y notó la camisa empapada en sudor.
Con la mirada aún borrosa por el sueño, vio las llamadas perdidas y un mensaje de Christian:
« Hvordan går det? ».
«¿Cómo estás?».
Aunque Jerónimo sintió la tentación de llamarlo, sabía que su amigo solo intentaría disuadirlo de su plan. Mejor que no supiera nada:
«Te hice caso. Llegué a casa muy tarde y voy a seguir durmiendo».
La respuesta de Christian fue inmediata:
«Mientes. Quédate en casa y no hagas tonterías. ¿O puedes venir a la mía…?».
Jerónimo contestó con un emoji durmiendo. Luego, fue al baño y el hombre que vio reflejado en el espejo parecía un extraño: demacrado, sin barba y con marcadas ojeras.
Después de ducharse y tomar varios cafés, pidió un taxi y regresó al Hospital St Mary.
Amanecía y las calles de Londres estaban silenciosas esa mañana.
La mezcla de adrenalina y café lo mantenía alerta y con una sensación de aprehensión en el estómago.
Recordó a la mendiga, Ljudmila, que solía sentarse fuera de un café Costa frente al hospital, donde ella esperaba día tras día a que su marido saliera.
Jerónimo ahora comprendía que quizás no estaba tan desequilibrada como pensó.
Sin embargo, ese día, su rincón estaba vacío.
Entró en la cafetería y pidió un café con leche y una botella de agua, buscando en la mochila un ansiolítico, pero se dio cuenta de que ya no le quedaba ninguno.
Le hizo dos preguntas al camarero con cara de estrés y obtuvo una respuesta negativa en ambas.
Le preguntó primero si tenía paracetamol, a lo que respondió que no era una farmacia.
—Creo que hasta ahí llego —dijo Jerónimo abriendo la botella de agua, y le hizo la segunda pregunta—: ¿Ha visto a una mendiga que suele sentarse fuera?
El joven camarero lo miró como si viniera de otro planeta.
Jerónimo no insistió y dejó que siguiera organizando las estanterías repletas de tazas, platos y otros productos de la franquicia. Salió a la calle y apoyó la espalda en la pared exterior de la cafetería, dando sorbos a su café mientras observaba el ajetreo de Praed Street.
La calle empezaba a llenarse de vida. Turistas con móviles capturaban cada detalle, maravillados ante la arquitectura y el bullicio urbano.
Autobuses rojos de dos pisos pasaban haciendo sus paradas rutinarias, recogiendo tanto a locales como a turistas.
Un enjambre de jóvenes parecía haber hecho suya una esquina de la calle.
A lo lejos, una pareja vestida con ropa deportiva fluorescente corría al unísono.
En esa inmensidad urbana, Jerónimo se sintió rodeado y a la vez increíblemente solo.
En medio del vaivén de la calle, un hombre que empujaba un carro de la compra lleno de bolsas de plástico descoloridas llamó su atención.
Era un mendigo, ajeno al bullicio.
Jerónimo terminó su café y se acercó al hombre. Un olor penetrante a sudor viejo y alcohol le golpeó la nariz.
—Tome —dijo Jerónimo, extendiendo un billete de cinco libras—. Estoy buscando a una compañera suya que suele sentarse fuera de esa cafetería y lleva una rosa blanca de plástico en el pelo.
El mendigo palpó el billete.
—¿Compañera mía?
—Bueno, o amiga o lo que sea.
—¿Del gremio?
—Sí, si es así como lo llaman. Del gremio.
Hubo un breve silencio. El mendigo levantó la mirada y Jerónimo, intentando disimular el fuerte olor, retrocedió un paso.
—Pues tengo mala memoria —dijo el hombre.
Jerónimo extrajo un billete de veinte libras y se lo ofreció.
—¿Y esto le ayuda a recordar?
El mendigo lo miró detenidamente, luego alzó la vista hacia él y, tras unos segundos, guardó el billete.
—No sé de quién me habla, lo siento.
—¿Me está tomando el pelo? —preguntó Jerónimo, irritado.
—No. No sé quién es. Pero si dice que se pone por aquí, seguramente estará en Little Venice durmiendo la mona.
—¿Algún otro sitio más dónde buscar?
—Si es del gremio y no está por aquí, tiene que estar allá.