Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 37
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Capítulo 37

Aquella noche, después de tomar el último avión de vuelta a Londres, Jerónimo se encontraba en St Katharine Dock. Ansiaba estar solo.

Al cerrarse la puerta tras él, el silencio del apartamento fue solo interrumpido por el leve chasquido del pestillo.

Se quitó la chaqueta que se había comprado esa mañana en Copenhague y la dejó en el respaldo de una silla.

Su mirada se posó sobre las cajas de mudanza que llenaban el comedor, apiladas hasta casi alcanzar el techo.

Cajas que debían haber llegado ya a su nuevo hogar en el condado de Essex y llevaban etiquetas escritas con prisa: cocina, ropa de Erik, libros.

Parecían fragmentos de una vida anterior, todavía esperando ser transportados.

Cada mueble, cada caja, cada objeto acentuaba la ausencia de Erik, como un espejismo cruel de la vida que ambos deberían estar compartiendo.

De una de las cajas extrajo una taza y su cafetera, y se preparó un café. Mientras esperaba, llamó a Christian y le contó su encuentro con Poul y Marius, y sobre la peligrosa investigación de Erik relacionada con una mafia de tráfico de órganos.

Christian le aseguró que la policía ya estaba al tanto y que harían todo lo posible para encontrar a Erik.

El aroma del café lo reconfortó un poco.

Con la taza en la mano, se acercó al rincón donde su portátil reposaba sobre un escritorio.

Al encenderlo, la luz de la pantalla iluminó su rostro cansado.

Inició su búsqueda en la página oficial del Hospital St Mary en Paddington.

Hizo clic en la sección: acerca de nosotros, luego se desplazó hasta el menú desplegable y seleccionó: informes y publicaciones.

Buscó detalles oficiales sobre su política de traslados y las estadísticas de admisión y alta de pacientes.

Encontró una serie de documentos PDF disponibles para su descarga, desde informes anuales hasta revisiones de políticas de atención al paciente. Aunque el lenguaje técnico y médico era denso, Jerónimo se sumergió en la lectura, buscando cualquier pista relacionada con Erik.

Continuó navegando, leyendo sobre los procedimientos de seguimiento del hospital para los pacientes dados de alta o transferidos, y las regulaciones que debían seguir para la eliminación de restos humanos.

Aprendió sobre las políticas de admisión del hospital, las condiciones para el traslado de un paciente a otro y el proceso de enviar un cuerpo a la morgue.

Guardó capturas de pantalla de información relevante y tomó notas detalladas.

Sin embargo, al final de su búsqueda, confirmó lo que ya sospechaba.

Las políticas eran claras: un paciente en coma no podía ser transferido a otro hospital a menos que su condición estuviera estabilizada, y el cuerpo de un paciente fallecido solo podía ser trasladado a la morgue con la debida documentación.

El brillo de la pantalla del ordenador, reflejándose en sus ojos ahora rojizos y pesados, comenzaba a ser un constante destello molesto en la oscuridad del apartamento.

Jerónimo realizó búsquedas en varios motores, usando combinaciones de palabras clave como «desapariciones en hospitales» y «transferencia no registrada de pacientes».

Navegó por los resultados, seleccionando los más relevantes para revisarlos con más detalle después.

Era casi imposible que un paciente desapareciera de un hospital.

Si sucediera, sería investigado minuciosamente por la institución y las autoridades.

Quien estuviera detrás de estas acciones conocía el sistema lo suficiente como para eludirlo.

El agotamiento amenazaba con vencerlo, pero perseveró en su búsqueda.

La mayoría de las noticias eran meras especulaciones, pero un artículo antiguo sobre un paciente en coma que desapareció en Manchester captó su atención.

La historia tenía similitudes con la de Erik, pero con diferencias en el tiempo transcurrido desde la desaparición.

Aunque el hospital afirmó que el paciente había sido trasladado a otra instalación, los registros de ese traslado eran confusos y la familia nunca recibió una notificación oficial de dicha transferencia.

A pesar de la investigación policial, el paciente fue localizado y todo se debió a un error administrativo.

En otro enlace, un foro sobre desapariciones sin resolver, un usuario compartía la historia de un familiar que desapareció bajo circunstancias similares en Liverpool. La policía sugirió que tenía relación con el crimen organizado.

Había estado buscando durante horas, sus ojos estaban muy cansados y secos por el resplandor de la pantalla.

Continuó recorriendo las pestañas abiertas, revisando cada detalle y capturando información relevante.

De repente le llamó la atención una fotografía en grupo que le hizo detenerse en seco.

Con las manos temblando, hizo clic para imprimir la imagen.

Tomó una respiración profunda y sintió un hormigueo en la base de su columna vertebral.

Fue ahí cuando las piezas del rompecabezas comenzaron a unirse.

El día del accidente de Erik, este lo llamó para decirle que llegaría con retraso.

Un imprevisto había surgido en el trabajo.

La policía llamó a Jerónimo para darle la fatídica noticia de que su pareja había tenido un accidente lejos de la ruta que hubiera tomado si hubiera ido directamente del condado de Essex hasta el apartamento en St Katharine Docks.

Pronto descubrió que el desvío que tomó estaba relacionado con la tienda de antigüedades, pero hubo un detalle que se le pasó.

Una figura familiar en una de las fotos del hospital hizo que todo tomara sentido.

Mirando aquella foto, supo que Erik no le estaba mintiendo, iba con retraso porque tenía que volver a la zona de Paddington, pero no para ir a la tienda de antigüedades.

Cuando vio aquella foto unió los puntos y recordó la conversación que había tenido con la dependienta del café Costa. Erik había frecuentado el área de Paddington porque visitaba el Hospital St Mary. Sabía a quién estaba investigando en secreto.

Miró el reloj. Ya era muy tarde.

Imprimió la foto, se puso su chaqueta y salió al frío de la noche londinense, llevado por la urgencia y la esperanza.

A pesar del cansancio y con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, necesitaba hablar con la única persona que podría ayudarle a encontrar a Erik.

Bajó las escaleras y cuando llegó a la calle, se mareó de cansancio y cayó al suelo de la acera. Eran más de las cuatro de la madrugada. Se arrastró de vuelta al apartamento y su cuerpo colapsó de cansancio durante unas horas hasta que recibió una llamada.