Capítulo 36
—Pasad, pero no toquéis nada —dijo Marius con recelo, observando los movimientos de Jerónimo y Poul.
En el interior de la casa, la luz era tenue. Aquel lugar estaba repleto de pilas de periódicos antiguos, cintas VHS y libros sobre teorías de conspiración políticas, históricas y relacionadas con ovnis.
—Sentaos, pero repito: no toquéis nada —insistió Marius.
Jerónimo levantó las manos y se alejó de la estantería para sentarse en un viejo sillón al lado de Poul. En un rincón había una estufa de gas y una mesa de madera con documentos esparcidos y envoltorios de galletas y chocolatinas.
—¿En qué estás trabajando? —preguntó Poul.
—Poca cosa —dijo secándose el sudor de la frente con una toalla descolorida—. Lo que sale por aquí a nivel local.
—¿Y Erik? —insistió Jerónimo.
—No lo sé. De verdad que no lo sé.
—Pero fuiste tú quien mandó el correo y yo sé que tuvo que ser Erik quien lo escribió. ¿Dónde está ahora?
Marius dio un paso hacia atrás, moviendo los dedos nervioso y jugando con unas uñas sucias.
—Me lo pidió él.
Las palabras golpearon el estómago de Jerónimo con la fuerza de un boxeador asestando el golpe final.
—Entonces tienes que saber dónde está Erik.
Marius negó con la cabeza.
—No lo sé. Por eso te lo mandé.
—Explícate —ordenó Jerónimo.
—Hice lo que me pidió.
Poul intervino con voz más tranquila.
—Marius, siéntate y cuéntanos qué está pasando.
Él se sentó en una vieja silla y se preparó un porro de forma mecánica.
Ellos lo observaron.
—Pero sabes en qué estaba trabajando —confirmó Poul.
Marius asintió. Y cuando habló, destrozó el mundo de Jerónimo con cada palabra.
—Teníamos un trato —respondió mientras abría un cajón y sacaba un mechero. Encendió el porro y le dio una larga calada.
—¿Y por qué Copenhague?
—¿Cómo que por qué? No estaría tan loco de mandar un correo desde el lugar donde vivo.
¿Habéis oído hablar de los satélites? Tampoco tengo ordenador, ni móvil de esos que llaman inteligentes.
No es porque sea un nostálgico del pasado.
Es porque sé la verdad. La tecnología, amigos míos, es la cadena invisible que nos mantiene atados, la herramienta más poderosa que tienen para vigilarnos, controlarnos o influir en nuestras decisiones.
—Dio otra calada al porro y continuó hablando—.
Hace años, trabajando como periodista, descubrí la punta del iceberg, los oscuros tentáculos de la vigilancia que se extienden por todos los rincones de nuestra vida cotidiana.
—También descubriste las anfetaminas —añadió Poul cruzándose de brazos.
Marius no le hizo caso y siguió hablando.
—La información es un arma más letal que cualquier espada o pistola. Cada vez que usas el móvil, dejas una huella, un rastro que ellos pueden seguir. Cada búsqueda que haces, cada mensaje que envías, cada foto que tomas, construye un perfil sobre ti, revelando tus secretos más oscuros.
—Por eso fuiste a Copenhague, para mandarme un correo haciéndote pasar por Erik.
—Yo solo hice lo que él me pidió.
—¿Por qué?
—Ese era el trato.
—Explícate —insistió Jerónimo.
—Porque no me llamó. —Marius dio otra calada al porro. Se levantó y les mostró un móvil antiguo con una pantalla monocromática—. Este es Erik: dos puntos, una raya y paréntesis.
—¿Una sonrisa?
—Exacto, un emoticono. Pasadas las cuarenta y ocho horas, si no recibía ningún mensaje de Erik, debía ponerte en alerta.
Jerónimo sabía lo que eso significaba y sintió el corazón acelerarse.
—¿Por qué tenías que actuar? —preguntó con la voz visiblemente afectada.
Marius dio otra calada más profunda al porro y, al expulsar el aire, su rostro se difuminó como la cara de un fantasma.
—Porque algo le había pasado a Erik y tú podrías estar en peligro.
Jerónimo sintió un puñetazo en el estómago que le hizo saborear la bilis en la boca. Observó las paredes cubiertas de recortes de periódicos, fotografías en blanco y negro, y mapas con hilos rojos que conectaban diferentes puntos y notas.
—¿Y en qué estaba trabajando Erik?
—¿De verdad lo quieres saber?
—¡Sí!
—Una organización involucrada en tráfico de órganos humanos.
La bilis se transformó en babas y Jerónimo quiso vomitar. Como si del cielo le hubiera caído una losa, entendió las visitas de Erik al café Costa, frente al Hospital St Mary, y sintió su cuerpo romperse en trozos.
—¿Qué más? —preguntó Poul, pero su voz parecía lejana.
Marius negó con la cabeza.
—No sé nada más.
Se hizo el silencio.
Jerónimo sintió que el lugar daba vueltas y empezó a ver chiribitas en la habitación.
—El hospital —murmuró, como si hablara consigo mismo—. Alguien en el hospital está detrás de todo esto.
Había perdido el avión y ahora también sentía que estaba más lejos que nunca de encontrar a Erik.