Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 34
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Capítulo 34

Poul entró en el cibercafé y dejó una bolsa de ladkris y un billete de diez coronas danesas sobre el mostrador.

Jerónimo se quedó junto a él.

— Hej , no te he visto por clase esta semana —le comentó Poul al dependiente, que estaba inmerso en un videojuego.

Este alzó la mirada al escuchar la voz de su profesor.

—He estado enfermo —respondió el estudiante, apartando el videojuego.

—Te daré una extensión. Tienes hasta el lunes para entregar el primer boceto de tu proyecto. ¿De acuerdo?

El joven asintió agradecido y escaneó la bolsa de ladkris para cobrarla.

Jerónimo se quedó mirando el libro de entradas donde encontró el nombre de Erik.

El profesor volvió a hablar con su alumno.

—Esas cámaras, ¿funcionan? —preguntó señalándolas.

—Supongo —contestó el estudiante.

—En el periodismo uno no supone, tiene que estar seguro.

—Creo que sí.

—Entonces, nos gustaría revisar las grabaciones del… —Poul miró a Jerónimo.

—Domingo entre las 14:00 y las 16:00 de la tarde —terminó la frase con tensión en el estómago.

El joven lo reconoció.

—¿Eres policía? —le preguntó.

Jerónimo lo miró fijamente y decidió jugar esa carta. Se inclinó hacia el mostrador y, llevando un dedo a los labios en señal de silencio, susurró:

—Tú sigue con tu videojuego. Será rápido.

—Profe, si llega el jefe, ¿qué le digo?

—Dile que me dejaré ganar al bádminton este fin de semana —respondió Poul con una sonrisa cómplice.

El estudiante asintió, señaló una puerta al final del local para que entraran y continuó jugando con el videojuego.

Jerónimo siguió a Poul.

La habitación desprendía un aire de abandono.

A la izquierda, había estantes de metal con productos del quiosco: paquetes de chicles, galletas y caramelos.

Abajo, refrescos. Del otro lado, había una escoba gastada, productos de limpieza y un viejo calentador eléctrico en una esquina que zumbaba suavemente.

En el centro, una mesa desgastada sostenía un monitor antiguo conectado a la cámara de seguridad, cuya imagen mostraba el quiosco con un tono verdoso.

Junto al monitor, había una pila de recibos y un viejo teléfono con cable.

Jerónimo se quedó de pie mientras Poul se inclinaba hacia el monitor. Sus dedos se deslizaron rápidamente sobre los botones, ajustando y calibrando el dispositivo con precisión.

—Aquí está —dijo después de un rato.

Jerónimo se inclinó para ver mejor, aunque no reconoció la figura en la pantalla.

—No sé quién es —admitió.

—Déjame hacer un par de preguntas —dijo Poul y, acto seguido, llamó al joven dependiente para que entrara.

El corazón de Jerónimo se paró por un momento y una oleada de emoción lo envolvió.

—¿Recuerdas algo más de ese hombre? —le preguntó Poul a su alumno señalando la pantalla.

El chico miró la imagen y se quedó pensando.

—Pagó un par de horas, pero solo estuvo diez minutos. Me dijo que me quedara con el cambio y luego se fue.

—¿Cómo era? —preguntó Jerónimo.

El joven se rascó la cabeza.

—Tenía el pelo despeinado. La camisa era muy hortera y no sé. No me acuerdo de más. Un tío raro.

Una vez en la calle, Poul se detuvo y miró a Jerónimo:

—Creo que sé quién es —dijo—. Cuando vi las imágenes del monitor, intuí quién podía ser. Con la descripción, ahora estoy seguro. Es Marius, un antiguo compañero mío de la universidad. Desconocía que tuviera algún vínculo con Erik. Es más, no tenía idea de que Marius se relacionara con alguien.

—¿Por qué dices eso?

—Tomaba drogas como todos hemos hecho alguna vez, pero él no supo parar. Eso y que se le secó el cerebro leyendo demasiadas teorías de la conspiración.

—¿Cómo puedo encontrar a ese Marius?

—Después de terminar con la universidad, intentó trabajar en Copenhague, pero no tuvo éxito. Se mudó a un pueblo llamado Stokkemarke, en la isla de Lolland.

—¿Eso está a un par de horas en coche?

—Exacto.

Jerónimo miró el reloj.

—Tendré que posponer mi vuelo. Necesito hablar con él —dijo con determinación.

Poul lo observó con cierta inquietud.

—Perdí contacto con Marius hace años. No estoy seguro si aún vive allí.

—Es la única pista que tengo —respondió Jerónimo.