Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 33
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Capítulo 33

Jerónimo bajó del autobús y fue hasta la entrada principal de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Copenhague.

Entró en el espacioso y luminoso vestíbulo de corte minimalista que servía de punto de bienvenida para estudiantes, profesores y visitantes.

En las paredes se podían ver carteles y pantallas electrónicas que anunciaban eventos académicos, conferencias y exposiciones que se llevaban a cabo en la Facultad.

Se dirigió al mostrador de recepción y preguntó por el departamento de medios audiovisuales.

Sin que nadie lo detuviera, avanzó por el pasillo con una sensación de nerviosismo.

Subió a la primera planta y al llegar al departamento, se acercó a unos jóvenes sentados en sillas y en el suelo haciendo un trabajo en grupo y preguntó por la oficina del catedrático Poul Pedersen.

—Ahora está dando clase —dijo uno.

—Ah, aquí viene —señaló otro estudiante y, luego, preguntó—: ¿De dónde eres?

—España.

—Mi abuela era de España.

—La mía también. Gracias.

Volver a ese lugar hacía que los recuerdos se agolparan en la mente de Jerónimo, algunos buenos y otros no tanto, todos con ese sabor agridulce de un pasado que solo volvía al presente en el recuerdo de la memoria.

A pesar de ello, Jerónimo sentía como si estuviera en un lugar completamente nuevo.

No había caras que reconociera, ni nadie que lo reconociera a él.

Lo único que parecía inmutable era el olor a libros y a comida de cantina, así como el flujo constante de estudiantes.

Por el pasillo caminaba un hombre de pelo rubio, gafas azules y una corbata de colores vivos mal ajustada.

—Perdone que lo asalte así de esta manera. Me llamo Jerónimo —se presentó—. Necesito hablar con usted. Es urgente.

—¿Nos conocemos? —dijo el catedrático sin ocultar su sorpresa.

—No, pero me gustaría hacerle unas preguntas sobre Erik Vinterberg.

—¿Cómo ha dicho que se llama?

—Jerónimo. Vengo de Londres. Soy su pareja.

Poul se quedó pensando unos segundos y su expresión se suavizó.

—¿Cómo está Erik?

Jerónimo apretó la mandíbula antes de responder.

—No está. Por eso quiero hablar con usted.

—Se rascó una barba que ya no tenía y sintió la piel irritada—.

Lo que le voy a decir puede sonar extraño.

Erik tuvo un accidente de tráfico. Fue puesto en coma inducido y, días después, su cuerpo desapareció.

Creo que su desaparición tiene que ver con un trabajo de investigación que estaba haciendo. ¿Podemos hablar?

Poul cerró los ojos durante unos segundos. Cuando los abrió dijo:

—Por favor, háblame de tú. Acompáñame a mi oficina.

Después de recorrer varios pasillos y escaleras, y cruzarse con numerosos estudiantes, llegaron a la oficina de Poul. En la puerta había un letrero que decía en inglés:

« The truth is out there. So… just interrupt me during visiting hours ».

«La verdad está ahí afuera. Así que… interrúmpeme solo en horas de visita».

Entraron en la oficina y Poul cerró la puerta con llave.

Lo primero que llamó la atención a Jerónimo fue la gran cantidad de pósteres y fotografías que adornaban las paredes.

Las imágenes mostraban escenas de manifestaciones, eventos periodísticos y momentos clave de la historia reciente.

Algunos de los pósteres estaban firmados con agradecimientos de colegas de la profesión y activistas.

—Siéntate —invitó Poul.

El escritorio era grande y estaba hecho de madera chapada, sobre el cual se apilaban papeles, libros y revistas. Además, había un ordenador portátil y varias libretas con anotaciones y dibujos hechos a mano.

—¿Quieres té o café?

—Café, gracias.

Mientras Poul preparaba el café, Jerónimo echó un vistazo a las estanterías llenas de libros sobre periodismo, política y sociedad con títulos en varios idiomas.

También notó una serie de plantas en macetas coloridas que añadían un toque de frescura a la habitación.

En una esquina, había un pequeño sofá cubierto con una manta tejida en tonos alegres.

—Trabajo mejor aquí que en casa —dijo Poul—. A veces incluso paso la noche. Toma.

Jerónimo sostuvo la taza de café pesada y de forma irregular, hecha a mano.

—¿Cuál es tu especialidad? —preguntó.

—Aparte de enseñar a estudiantes que a veces ni saben por qué se levantan por la mañana, investigo áreas como la narrativa mediática, la propaganda y la representación de eventos internacionales en los medios.

—¿Y eso cómo se entiende?

—Soy la palanca que ayuda a levantar la tapa de un váter lleno de mierda. Es decir, una vez que el periodista da con ese váter, le aconsejo acerca de cómo exponer esa noticia públicamente. ¿Erik nunca te habló de mí?

—Nunca me habla de su trabajo —respondió Jerónimo— o de las personas relacionadas con él hasta que el artículo sale publicado. He tratado de no insistir al respecto.

Poul asintió.

—Conocí a Erik después de terminar los estudios hace unos diez años. He colaborado con él en algunos proyectos, proporcionando análisis mediáticos y ayudando a comprender las representaciones en los medios. —Se ajustó sus gafas azules—. ¿En qué puedo ayudarte?

Jerónimo carraspeó.

—Erik desapareció un día después de ser ingresado y puesto en coma inducido por un accidente de tráfico.

Primero el hospital pensó que se trataba de un error administrativo debido a un fallo en el sistema informático, pero ahora la policía está investigando.

—Jerónimo sacó su móvil y le mostró el correo que recibió el día después de la desaparición de Erik—.

La dirección es el nombre del restaurante donde cenamos en nuestra primera cita.

Fue enviado desde un cibercafé aquí en Copenhague. Tiene que ser Erik.

Poul se puso las gafas y leyó el correo:

[email protected]

« Jero, du er i fare. Skynd dig hjem til Essex, Erik ».

«Jero, estás en peligro. Vuelve a casa en Essex, Erik».

—Te avisa de que estás en peligro.

—Lo sé.

Poul se quitó las gafas y se reclinó en su silla de oficina antes de responder.

—Pero, ¿cómo pudo enviarte un correo si estaba en coma?

—Es la única pista que tengo. Nadie más sabe de nuestra primera cita en ese restaurante y… —Jerónimo omitió el significado del número cuatro—. Sé que no pudo ser otra persona.

—¿Y nadie sabe nada?

—Nadie.

—¿Y cómo puedo ayudarte?

—Necesito saber qué estaba investigando.

Poul se quedó mirando a Jerónimo unos segundos.

—No lo sé —dijo al final—. Hace más de medio año que no hablo con él. No tengo idea de en qué estaba involucrado.

Jerónimo abrió la boca, pero solo se le escapó un suspiro. Sintió que había perdido el tiempo. Se levantó despacio dándole las gracias.

—Bueno, no te molesto más.

—Espera —dijo Poul. Reflexionó un momento mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa de oficina—. ¿Sabes desde qué cibercafé se envió el correo electrónico?

—Primero creímos que se hizo desde la biblioteca de la universidad, pero alguien lo mandó desde un cibercafé a pocos minutos de aquí. Es lo único que tengo —explicó Jerónimo sin mucho entusiasmo en la voz.

Entonces, Poul se levantó.

—Llévame a ese cibercafé —dijo mientras cogía la chaqueta.

Jerónimo miró el reloj. Faltaban cuatro horas para su vuelo de vuelta a Londres. Tenía tiempo de hacer una última visita antes de volver a casa.