Capítulo 32
El sol de la mañana apenas asomaba en el horizonte cuando Jerónimo descorrió las cortinas de la habitación del hotel, y con un nerviosismo palpable, se preparó para su encuentro con Poul Pedersen.
Siguió las instrucciones de Christian al pie de la letra. Se sumergió bajo el chorro de agua caliente, dejando que el vapor envolviera su cuerpo y que la humedad disipara sus preocupaciones, aunque fuera momentáneamente. Al terminar, recogió sus cosas, bajó a recepción y efectuó su salida.
Con paso decidido, se dirigió a la calle Strøget, ubicada en el corazón de Copenhague.
Esta icónica calle era famosa por ser una de las vías peatonales más extensas y concurridas de Europa.
Se extendía desde la emblemática plaza del Ayuntamiento, Rådhuspladsen, hasta la elegante plaza de Kongens Nytorv, sede del distinguido teatro real.
A medida que Jerónimo avanzaba, los edificios históricos que flanqueaban la calle parecían susurrarle historias de tiempos pasados.
Las fachadas ornamentadas y los tejados a dos aguas contrastaban con escaparates de marcas internacionales y las coquetas boutiques locales que exponían la esencia del diseño danés.
Minutos antes de que abrieran la tienda H&M, Jerónimo se bebió un café mientras engullía dos bollos hojaldrados daneses rellenos de crema y bañados en una generosa capa de chocolate, cuyo tamaño rivalizaba con donuts americanos.
El estrés le daba hambre. Al terminar, tiró el café a la papelera, se limpió las manos y la boca y entró en la tienda.
Era el primer cliente de la mañana.
Optó por una camisa gris claro y una chaqueta de corte moderno azul marino, abandonando su usual estilo de camiseta y cazadora de cuero.
Retomó su camino por la calle empedrada, cruzando la plaza del Ayuntamiento y el parque de Tivoli, hasta llegar a Istedgade, calle famosa por sus innumerables tiendas de sex shop y ambiente bohemio, donde entró a una auténtica barbería turca.
Siguiendo las instrucciones de Christian, pidió un corte de pelo y afeitado completo.
El barbero tenía ganas de hablar con él y se interesó por su nacionalidad.
Al saber que Jerónimo era español, intentó entablar una charla sobre fútbol, compartiendo con él sus conocimientos y opiniones.
No obstante, Jerónimo, sin ánimo para conversar del tema, bromeó diciendo que prefería hablar de los jugadores de rugby .
El comentario pareció confundir al barbero y no entendió la broma.
Al verse reflejado en el espejo, un desconocido le devolvió la mirada.
Afeitado y con el pelo mucho más corto, parecía más joven.
Solo en apariencia. Los ojos se veían más hundidos y cansados y su piel aún más pálida, sin barba, como si la preocupación lo hubiera drenado de color.
En estos seis días parecía haber envejecido seis años.
Miró hacia la calle a través del cristal, observando a los transeúntes. Un hombre con gorra estudiaba la lista de precios y una mujer preguntaba por una dirección.
Al salir a la calle, la paranoia se enredó en él como una telaraña pegajosa.
Con su nueva apariencia, Jerónimo llegó hasta la tienda de sex shop que Christian le había indicado.
Extraño lugar , pensó.
Empujó la puerta y un aroma a vainilla y látex le dio la bienvenida. Las paredes, de un rosa fuerte, estaban llenas de estanterías que exhibían juguetes para adultos de todos los tamaños y colores.
Siguiendo las instrucciones de Christian, se acercó al mostrador y preguntó por Mikkel.
—Soy yo —respondió un hombre de ojos saltones y tripa prominente, que parecía una versión masculina de una madame de burdel ya jubilada—. ¿Qué quieres?
—Vengo de parte de Christian.
—No conozco a ningún Christian —dijo cruzando los brazos con una mueca exagerada de sorpresa.
Jerónimo se lamió los labios intentando recordar las palabras que debía decir:
—¿Tienes fragancia de… rosas que viene en botellas pequeñas? —preguntó inseguro.
El dependiente de ojos saltones lo observó de arriba abajo.
—Ahora sí que conozco a Christian. —Se acercó más a Jerónimo como si fuera a darle un beso—. Jazmín. Fragancia de Jazmín. La fragancia de rosas pasó de moda.
El hombre con ojos saltones se agachó, sosteniéndose del borde del mostrador, y sacó de la vitrina uno de los vibradores más grandes.
—¿De qué conoces a Christian? —preguntó Jerónimo.
El hombre lo miró con curiosidad.
—¿De qué lo conoces tú?
—Es mi amigo.
—¿No te ha contado de qué nos conocemos?
Jerónimo negó con la cabeza.
—No.
—Pues mejor que no lo sepas.
Desenroscó la tapa del vibrador y sacó un pequeño bote.
—¿ Poppers ? —preguntó Jerónimo extrañado.
El dependiente de ojos saltones y tripa prominente soltó una carcajada, mostrando sus dientes amarillentos.
—Todo lo que tienes de machote, lo tienes de ingenuo. ¿Cuántos poppers habrás probado tú en tu vida? —Dejó caer la pregunta con un tono sarcástico.
—¿Tengo que responderte?
—No. Toma. —Le extendió el pequeño bote—. Es un spray de pimienta. ¿Eres diestro?
—Sí —respondió, intentando comprender la situación.
—Aquí —dijo, señalando con el dedo al corazón de Jerónimo— ¿Puedo?
Jerónimo se mantuvo inmóvil durante unos segundos y, antes de darle una respuesta, el dependiente abrió su chaqueta y guardó el spray de pimienta en el bolsillo interior con un gesto lento y delicado, como saboreando el momento, mientras paseaba la mirada por los botones desabrochados de la camisa de Jerónimo.
—¡Uf! Cómo me ponen los hombres peludos —dijo con olor a nicotina en el aliento.
Jerónimo dio un paso rápido hacia atrás y las manos del viejo dependiente quedaron suspendidas en el aire. Este carraspeó formando una sonrisa burlona en los labios.
—¿Puedo hacer algo más por ti? —preguntó con un tono dulzón.
Jerónimo apretó ligeramente los puños, se dio la vuelta y salió por la puerta.
El dependiente lo llamó:
—Me acuerdo de ti. No tenías tanto pelo hace veinte años. Christian siempre dijo que eras muy atractivo.
Jerónimo se dio la vuelta con ganas de partirle la cara a ese viejo baboso.
—Te confundes con otra persona. Christian y yo nos conocimos en Londres.
El dependiente de ojos saltones y tripa prominente abrió la boca, pero no dijo nada. Se giró con la gracia de una cantante de ópera ofendida y desapareció detrás de unas cortinas de tiras negras de plástico.
Acto seguido, Jerónimo se subió a un autobús con dirección a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Copenhague.