Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 31
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Capítulo 31

Al entrar en su nueva habitación, Jerónimo cerró las cortinas con un movimiento brusco. Arrastró el escritorio hasta bloquear la entrada. Miró fijamente la puerta, esperando que en cualquier momento se abriera. Pero estaba decidido: no dejaría que lo vencieran.

Se sintió acorralado, como un animal en una esquina. El temor y la paranoia eran fantasmas que lo acechaban y no lo dejaban escapar. Con la respiración agitada y el corazón latiendo con fuerza, se sentó en el suelo, a los pies de la cama.

No hacía ni una semana que había estado en el apartamento de St Katharine Docks, empaquetando su vida para trasladarse a una casa inglesa en el condado de Essex.

Esperaba a Erik, pero un maldito accidente de tráfico dejó a su pareja en coma en un hospital de Londres. No tenía que haberle metido prisa.

La paranoia se transformó en rabia al recordar a Erik. Golpeó el suelo con el puño, frustrado e impotente. Se sintió furioso con el mundo. Erik tenía que estar vivo y lo encontraría. No iba a rendirse, no podía dejar que el amor de su vida desapareciera sin más.

Cerró los ojos, y por un instante, el sonido sordo de sus latidos fue todo lo que pudo escuchar.

En esa oscuridad, imágenes de Erik inundaron su mente.

Recordó sus sonrisas compartidas, las caricias furtivas en lugares públicos, las charlas nocturnas que duraban horas.

Cada recuerdo era como un cuchillo que se clavaba en su pecho, recordándole lo que estaba en juego.

Mandó la foto a su amigo Christian con un mensaje que decía:

« Hej …».

«Hola. Alguien firmó en el libro de entradas del cibercafé con el nombre de Erik».

Pasó el móvil de una mano a otra como si estuviera ardiendo, esperando la respuesta de Christian. Poco a poco, su cuerpo se fue desplomando en un duermevela, hasta que el móvil vibró en su mano, sobresaltándolo.

—Jero, ¿estás bien?

Jerónimo le contó la visita al cibercafé y que alguien escribió el nombre de Erik Vinterberg en el libro de visitas, aunque no coincidía con la letra de su pareja.

—Vuelve a Londres —le urgió su amigo.

Jerónimo acarició el anillo con runas que descansaba en su pecho, un regalo de Erik, y contestó:

—Sabes que no puedo. No me iré hasta encontrarlo.

—Eres muy terco.

—Erik me contó una vez que tuvo un profesor de universidad que le dijo que destapar la verdad de una historia para sacarla a la luz era tarea de titanes, y solo los cabezones firmaban la victoria.

—No me gusta ese profesor.

—Chris, tenías razón. Sea quien sea, está jugando conmigo, pero yo no voy a salir de la cueva sin Erik. Tiene que haber algo más que pueda hacer.

Hubo un breve silencio.

—Tengo que contarte que la policía está investigando el asunto y me llamarán en cuanto sepan algo y yo… he encontrado algo. —Christian hizo una pausa antes de pronunciar las siguientes palabras—: Hay alguien en la universidad que conoce a Erik. Se llama Poul Pedersen.

Jerónimo apretó más fuerte el móvil.

—¿Poul Pedersen? ¿Quién es? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

Se oyó un suspiro al otro lado de la línea.

—Porque no lo sabía. En un artículo que Erik publicó para el New York Times, vi el nombre de Poul Pedersen como colaborador. Trabaja en la Universidad de Copenhague, en el departamento de medios visuales. Es la única persona que se me ocurre que pueda saber algo sobre lo que estaba trabajando.

Jerónimo respiró hondo.

—Gracias. Iré a verle mañana temprano. ¿Cómo está Philip?

—Vaya, es la primera vez que preguntas por él. ¿A qué se debe el honor?

—Bueno, me cae mejor ahora.

—Es porque ahora te ha echado una mano desinteresada.

—Quizás lo juzgué muy rápido.

—Quizás —repitió Christian—. Ahora quiero que prestes atención y hagas algo antes de presentarte en la universidad otra vez. No conocemos a ese Poul Pedersen. Tienes que hacerlo como yo te diga y no quiero que me cuestiones nada. ¿Entendido?

—Está bien —aceptó Jerónimo con voz vacilante.

—Mañana temprano dejarás el hotel. Después, dirígete a la calle Strøget y compra una camisa y una chaqueta en la tienda H&M.

Luego, busca una barbería en Istedgade, aféitate la barba y córtate el pelo.

Tienes que cambiar tu apariencia. Por último, en esa misma calle, vete a una tienda de sex shop . Apunta la dirección.

—¿Te has vuelto loco?

—Te dije que no me cuestionaras nada —replicó Christian—. Toma nota. Quiero que preguntes por Mikkel. Dile que vas de mi parte y que necesitas protección. Guarda lo que te dé en el bolsillo de la chaqueta, en la parte izquierda. Eres diestro y así te será más fácil usarlo si lo necesitas.

—¿Qué tipo de protección?

—Nada serio. Tú sigue mis instrucciones. Además, sé que vas justo de dinero, así que te haré una transferencia.

—Pero…

—Es hora de que te tragues el orgullo, jovencito —interrumpió Christian con firmeza—. ¿Vamos a discutirlo?

—No.

—Bien, entonces haces lo que yo te diga. Sigue todas las instrucciones al pie de la letra. Recuerda, se llama Mikkel. ¿Lo tienes todo claro?

—Creo que sí.

—Una vez que hables con Poul, quiero que me llames de camino al aeropuerto.

—Un momento. ¿Qué aeropuerto?

—El único que hay en Copenhague. Te enviaré un billete de vuelta a Londres para mañana por la noche. No quiero que pases ni un minuto más de lo necesario en Copenhague. Y por último, no salgas de la habitación. Llama a recepción, pide algo de comida y que te traigan un par de botellas de vino.

—¿Qué celebro?

—Que vas a dormir como un bebé y mañana te levantarás fresco como una rosa. El vino te relajará, pero no abuses o tendrás resaca. Hasta mañana.

Jerónimo le dio las gracias a su amigo y colgó. Mañana estaba todavía muy lejos.