Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 30
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Capítulo 30

Siguiendo la ubicación que le mandó su amigo Christian, Jerónimo llegó a un quiosco de barrio con un letrero fuera que ponía: CyberKaffe ved Søndre.

Era una tienda que permanecía abierta hasta altas horas de la noche, sirviendo como punto de encuentro para jugadores en línea y estudiantes que decidían disfrutar de unas cervezas cualquier día de la semana.

Al abrir la puerta, a Jerónimo se le escapó un gemido mientras observaba que, a lo largo de la pared izquierda, se alineaban ordenadores modernos con amplias pantallas, sillas ergonómicas y auriculares con cancelación de ruido.

Ahora sabía que el mensaje de Erik había sido enviado desde uno de esos ordenadores.

Sintió un hormigueo en las manos, con la sensación de estar cerca de algo.

A pesar de no ser un lugar espacioso, se había aprovechado al máximo cada rincón.

En la parte derecha, había estanterías repletas de diversas variantes de lakrids , un caramelo salado que combinaba el regaliz con la sal de amoníaco, dándole un sabor intenso, salado y, para Jerónimo, repulsivo.

Los daneses se lo podían comer por kilos y llegaban vivos al día siguiente.

No muy lejos, se encontraban las famosas flødeboller , un dulce compuesto por una base de galleta y una generosa capa de espuma azucarada cubierta de chocolate.

Además, el quiosco ofrecía revistas y periódicos daneses y, a un lado, una nevera con cervezas nacionales de las marcas Tuborg y Carlsberg.

— Hej —saludó un joven detrás de un mostrador con una caja registradora antigua.

Su apariencia juvenil sugería que podría ser un estudiante universitario trabajando a tiempo parcial.

Estaba viendo un clásico del cine americano en la pantalla de una televisión antigua: Frenético , protagonizada por el actor Harrison Ford.

En ella, un médico estadounidense llegaba a París para una conferencia y, tras un breve descanso en su hotel, descubría que su esposa había desaparecido sin dejar rastro.

Jerónimo apretó los labios, reflexionando sobre las ironías de la vida. Su atención se centró en una carpeta gruesa con páginas desgastadas. Hipnotizado, posó su mano sobre el registro.

— Twenty danish crown per hour —le informó el joven en inglés que costaba veinte coronas danesas por hora.

— Tak ska’ du have —respondió Jerónimo dándole las gracias en danés.

El joven dependiente mostró sorpresa.

—Pensé que eras un turista.

—¿Por mi apariencia?

—No. Por tu edad. La gente mayor no suele venir a cibercafés a menos que sean turistas.

—¿Turistas de mi edad? —replicó Jerónimo.

—Solo quería decir que no vemos muchos turistas por aquí.

—¿Y has visto a alguno recientemente?

—Hoy no.

—¿Y otros días?

El joven lo miró con desconfianza.

—¿Por qué lo preguntas?

Jerónimo sacó su móvil y mostró una foto de Erik.

—Es un amigo. Lo estoy buscando —explicó.

El empleado frunció el ceño.

—Pues esa cara no me dice nada.

Jerónimo miró la foto de Erik con esa mirada que conseguía hacer que su corazón palpitase más fuerte.

—Pues a mí me dice mucho… ¿Eso qué es? —dijo Jerónimo con tono inocente, señalando el registro mientras guardaba el móvil.

El dependiente pareció sorprendido por la obviedad de la respuesta.

—El registro de la gente que usa los ordenadores y aquí anotan si han tenido algún problema con la conexión o cualquier cosa. Mi jefe es de los antiguos.

—Lo pregunto porque quizás mi amigo se hubiera registrado ahí.

Antes de que el joven pudiera responder, Jerónimo añadió:

—Escucha, el esposo de mi amiga ha desaparecido. Podría estar en peligro. Ayúdame y podrías ayudar a salvar una vida —dijo Jerónimo con un tono dramático que rozaba una mezcla de ridículo y de desesperación a partes iguales.

El joven dependiente miró a la pantalla, donde Harrison Ford corría desesperado por París.

Sus ojos saltaron entre la película y Jerónimo. Finalmente, cedió.

—Mira lo que quieras.

Jerónimo pasó las páginas buscando la fecha y la hora, y sintió un globo hincharse dentro del estómago cuando vio el nombre de Erik Vinterberg, pero explotó al darse cuenta de que aquella letra no era la de su pareja.

Su esperanza se transformó en temor.

—¿Has encontrado algo?

Jerónimo tardó unos segundos en salir del trance. Quien hubiera estado en ese cibercafé, no era Erik.

—No. No he encontrado nada y nunca estuve aquí, ¿entendido?

El dependiente levantó ligeramente las manos en señal de acuerdo.

—Tranquilo.

El joven retiró el libro con las entradas, pero Jerónimo, con la rapidez de un gato, puso sus manos encima.

—Espera —dijo mientras sacaba su móvil. Cuadró la cámara y le hizo una foto a la misteriosa letra.

Después de salir del café, la noche había caído. Las calles estaban prácticamente desiertas.

Con cada paso que daba, sentía que alguien lo estaba observando.

Una paranoia que no había experimentado antes se apoderó de él.

Se ajustó la bolsa de viaje, subió la solapa de su cazadora y aceleró el paso.

La adrenalina empezó a bombear en sus venas, haciendo que, casi sin darse cuenta, comenzara a trotar.

Pronto, estaba corriendo hacia su hotel.

Cuando finalmente llegó, cerró la puerta con fuerza, colocó una silla contra ella y se sentó en la cama, jadeando y mirando fijamente aquella puerta.

No podía dejar de preguntarse si alguien sabía que estaba en Copenhague y, peor aún, si quien había enviado el correo electrónico sabía exactamente en qué hotel se encontraba.

Christian tenía razón. Alguien estaba jugando con él.

Cogió todas sus cosas y salió de la habitación, dirigiéndose directamente a la recepción.

—¿Podría cambiarme a otra habitación más grande, quizás en una planta más alta, por favor?