Capítulo 29
Jerónimo salió temprano del hotel caminando en dirección a la Universidad de Copenhague. La brisa fresca rozaba su piel, recordándole el inconfundible clima nórdico. Era una mañana fría de verano en una ciudad de calles adoquinadas, canales y bicicletas.
La universidad, con casi cuarenta mil estudiantes, en su mayoría mujeres, se distribuía en diferentes campus por la ciudad, cada uno con sus propias bibliotecas especializadas.
La ubicación que recibió de Philip pertenecía al campus Søndre ubicado en la isla de Amager, perteneciente a la Facultad de Humanidades.
Tras comprar un bollo de chocolate danés y un café, cruzó el puente Langebro hacia la universidad.
Mientras caminaba, las memorias de su pasado en Dinamarca inundaron su mente.
Había huido de Valencia y encontrado refugio en este país cuando apenas había cumplido los veinte.
Tras informar a su familia de que estaba bien, pasaron años hasta que regresó a Valencia.
En Dinamarca, empezó desde lo más bajo, fregando platos en concurridos restaurantes, mientras se empapaba del idioma danés en las calles, mercados y bares.
Fue admitido en la Universidad de Copenhague, donde se graduó con honores en filología con especialidad en lingüística comparada.
Las estrellas parecieron alinearse a su favor cuando el departamento de Románicas le ofreció continuar su doctorado.
Pero un escándalo sacudió su vida.
Un prominente catedrático con ambiciones políticas fue expuesto públicamente por la prensa del país por corrupto y metieron a Jerónimo como uno de sus jóvenes amigos de compañía.
Aunque era un montaje, la sombra de la duda se cernía sobre él.
Su círculo más cercano lo sabía, sus compañeros también lo sabían, pero en un juego de reputaciones, la universidad no quiso correr el riesgo.
Jerónimo, el profesor más joven y prometedor de la Facultad, fue expulsado para proteger el nombre del departamento.
Decidió viajar por Chile y Argentina, esperando que la situación se calmase.
Pero a su regreso, las puertas de la universidad permanecieron cerradas.
Un día, un catedrático cercano a su jubilación lo buscó para hablar con él.
Por petición de un miembro de la policía, querían destapar la verdad de lo que pasó.
Jerónimo aceptó. Estaba dispuesto a contar todo lo que sabía si eso pudiera ayudar a avanzar con la investigación y así poder limpiar su nombre y reincorporarse al departamento otra vez.
Pero el destino tenía otros planes.
Tras una noche de alcohol en el pub gay Masken de Copenhague, despertó aturdido en una cabina de una sauna gay en el corazón de Londres sin recordar cómo llegó allí.
Estaba desnudo, con una toalla y la llave de una taquilla en una banda de goma en la muñeca. Allí encontró su mochila y su ropa, limpia, doblada, y una nota que ponía en inglés:
« Stay in London ».
«Quédate en Londres».
Se vistió, se acercó a recepción y preguntó cómo había llegado hasta allí. El recepcionista de la sauna lo miró como si estuviera loco. Jerónimo insistió, pero no sacó nada en claro.
Paseó por las orillas del Támesis ese día tratando de recordar qué pasó la noche anterior.
Estaba convencido de que alguien lo había drogado y llevado a Londres para silenciarlo.
Era evidente que alguien no quería que su versión de la historia sobre el supuesto catedrático corrupto con aspiraciones políticas fuese conocida.
Además, nadie creería que salió una noche de fiesta por Copenhague para despertar al día siguiente en Londres.
Nadie creería su historia y él no conseguía acordarse de qué pasó.
Nadie podría ayudarle. Y el miedo se apoderó de él.
Estaba solo.
Hizo caso de la nota y se quedó en Londres, su nuevo refugio. Podía desaparecer entre la multitud de esta gran ciudad, esconderse. Ser el hombre invisible.
Solo volvió a Copenhague un par de días para recoger algo de ropa, algunas pertenencias y documentos importantes. Dio de baja el contrato de alquiler y devolvió la llave al casero dentro de un sobre. No se despidió de nadie y volvió a Londres.
Jerónimo continuó andando absorto en sus pensamientos. Atravesó el puente Langebro, se dirigió hacia Island Brygge y finalmente llegó a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Copenhague.
La biblioteca tenía la forma de una caja de zapatos cubierta por grandes paneles de cristal. Con la luz del sol de la mañana, daba la impresión de que el edificio brillaba por sí mismo.
Cruzó el espacioso atrio de entrada, donde grupos de estudiantes conversaban animadamente, muchos con tazas de café en la mano. Los jardines circundantes ofrecían bancos y zonas de descanso para los alumnos.
Al entrar a la biblioteca, un silencio profundo lo recibió.
Las grandes estanterías se elevaban hasta el techo repletas de libros.
Las mesas estaban ocupadas por estudiantes absortos en sus lecturas.
La luz natural, que se filtraba por los grandes ventanales, se combinaba con las lámparas de diseño moderno suspendidas del techo, creando un juego de luces y sombras.
A pesar de la aparente calma, Jerónimo sentía una tensión en el aire. Había venido en busca de respuestas y esperaba descubrir alguna pista entre esos pasillos y estanterías.
Se acercó a la bibliotecaria, una joven de trenzas hippies .
—Cómo pasa el tiempo —sonrió Jerónimo—. Soy un antiguo alumno de la Facultad de Humanidades. Estudié Filología Española. Mi pareja, Erik, también estudió aquí, en el departamento de comunicación audiovisual.
La bibliotecaria parecía no entender el propósito de esa información.
—Para entrar en la biblioteca —le dijo—, necesita su tarjeta de miembro de la universidad.
—No es la razón por la que estoy aquí —explicó Jerónimo sacando su móvil para mostrar una foto de Erik—. Busco a este hombre. Desapareció en Londres, donde vivimos, y una pista me trajo aquí.
Ella echó un vistazo a la foto.
—¿Policía?
—No, soy traductor en paro. Él es mi pareja.
—¿Y lo busca en esta biblioteca? —preguntó extrañada—. Aquí solo entran estudiantes. Además, ya le he dicho que necesita la tarjeta de miembro de la universidad.
Jerónimo bajó los hombros, derrotado.
—Lo sé, pero es mi única pista.
—Su rostro no me es familiar.
—¿Estás segura? ¿No ha habido nadie nuevo o diferente que haya captado tu atención en los últimos días?
—La biblioteca acoge a cientos de estudiantes a diario. Sería difícil recordarlo.
—¿Podría hablar con ellos?
—Eso me metería en problemas.
—Entiendo.
—¿Y por qué lo busca en esta biblioteca? —preguntó ella con curiosidad.
—Recibí un correo suyo y un amigo experto en informática averiguó que la ubicación de la dirección IP pertenecía a esta biblioteca.
Al escuchar aquella historia, la bibliotecaria parecía escéptica.
Jerónimo le dio las gracias y se fue.
La sensación de incertidumbre se intensificó en él. Cada pista que seguía parecía conducirlo a un callejón sin salida. Si la señal provenía de esa biblioteca, pero Erik no había estado allí, ¿qué estaba pasando realmente?
Se quedó en la puerta y preguntó a varios estudiantes que entraban.
O lo miraban con cara de no entender, o simplemente negaban con la cabeza.
Desde dentro, la bibliotecaria lo observaba mientras levantaba el teléfono.
Comprendió que era hora de irse antes de meterse en problemas.
Allí estaba completamente solo en su búsqueda.
Pasó el día caminando de un extremo a otro por el campus Søndre, organizando y reorganizando sus ideas, pero era como caminar por un laberinto sin salida.
Se sentó junto al canal y contempló sus aguas cuando recibió dos mensajes de Christian.
El primero contenía un enlace a una ubicación en el mapa de Google.
Al ampliar, vio que señalaba un punto en la isla de Amager, cerca de la universidad.
El latido de su corazón se aceleró. Sin embargo, fue el segundo mensaje el que realmente lo sacudió:
« Hej …».
«No quiero perderte a ti también. Te estás jugando la vida. Cuídate».
Jerónimo tragó saliva, se agarró a las correas de la mochila y, con la cabeza ligeramente inclinada, avanzó con determinación hacia la ubicación que le había mandado su amigo.