Capítulo 28
Al anochecer, Jerónimo aterrizó en el aeropuerto de Kastrup, situado en la isla de Amager, a escasa distancia del centro de Copenhague y conectado con Malmö, Suecia, por el puente del Öresund.
Después de pasar por el control de pasaportes, se dirigió a la estación de trenes. Descendió por la escalera mecánica hacia las vías y esperó el tren, que llegó a los pocos minutos.
A esa hora de la noche, el vagón estaba casi vacío.
En una esquina, una joven con auriculares estaba absorta en su móvil, y al otro lado, una pareja de ancianos compartía una tranquila charla.
Una melodía sutil y calmada resonaba en el ambiente, mientras pantallas, colocadas a intervalos regulares a lo largo del vagón, destellaban con información en danés e inglés, anunciando la próxima parada.
Sería un trayecto corto de quince minutos parando en las estaciones de Tårnby y Ørestad hasta la estación central de Copenhague, Københavns Hovedbanegård.
Durante el recorrido, Jerónimo revisó su móvil, pero aún no había noticias de Philip.
Bajó del tren y atravesó la estación central de Copenhague, un edificio histórico de ladrillos rojos y grandes ventanales que había sido testigo del paso del tiempo desde 1911.
Para Jerónimo era volver a su segunda casa.
Nada había cambiado desde el día que llegó huyendo de su Valencia natal en España hacía veinte años.
La esencia de esta vieja estación seguía ahí y le recordaba a Jerónimo que el pasado era a veces difícil de borrar y mucho más difícil todavía era perdonar.
Apenas puso el pie fuera de la estación central, una ráfaga de aire frío le saludó.
Enfrente, el majestuoso parque de atracciones Tivoli se alzaba ante él.
Las luces del parque brillaban como estrellas en la tierra, y el bullicio de las risas y la música del carrusel evocaba recuerdos de las ferias de su infancia.
Jerónimo comenzó su marcha por la calle Bernstorffgade, dirigiéndose al hotel.
Un enjambre de bicis venía de todas las direcciones.
A medida que avanzaba, el bullicio del centro se iba apagando hasta que finalmente llegó a Cabin City, un hotel moderno con habitaciones de tamaño reducido y diseño minimalista.
Las luces cálidas del vestíbulo ofrecían un refugio del frío exterior.
Al aproximarse, Jerónimo escuchó el murmullo de conversaciones y el tintinear de copas en el bar del hotel.
Después del largo día, sabía que había llegado al lugar adecuado para relajarse.
Recogió la tarjeta electrónica y accedió a una habitación cuyo ancho era equivalente al largo de la cama.
Exhausto tanto física como mentalmente, decidió darse una ducha antes de ir a dormir.
El baño, casi del tamaño de un aseo de avión, presentaba un diseño funcional: el suelo hacía también las veces de desagüe para la ducha. El agua caliente le proporcionó un alivio instantáneo de las tensiones acumuladas durante el viaje.
Se secó, se vistió con una bata del hotel y, al acercarse a la cama, notó una luz parpadeante en la pantalla de su teléfono: una llamada perdida de Christian.
Su corazón latió un poco más rápido.
De inmediato, devolvió la llamada, esperando oír la voz familiar de su amigo, pero no fue Christian quien respondió.
—Jerónimo, soy Philip —dijo con voz educada—. Siento no haber podido llamarte antes.
—¿Encontraste algo? —preguntó él con expectación.
—Estoy trabajando en ello. La dirección IP que rastreé está vinculada a varios hotspots públicos.
Jerónimo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la persona que pudo enviar el correo, lo hizo desde lugares que ofrecen acceso gratuito a internet, como cafeterías, bibliotecas o parques.
—¿Puedes ser más preciso?
—Hay una ubicación que destaca. Parece ser… sí, es la Universidad de Copenhague.
—¡La universidad! —repitió Jerónimo, tratando de recordar si Erik tenía alguna conexión con esa institución—. ¿Estás seguro de que es allí?
Philip hizo una pausa y Jerónimo pudo percibir la tensión en su voz antes de responder:
—La única garantía que puedo darte es que la dirección IP proviene de Copenhague y con una fuerte recurrencia en la zona de la universidad. Es lo mejor que tengo. Ahora, Christian quiere hablar contigo.
—Jovencito, ¿cómo estás?
—Cansado, pero bien —respondió Jerónimo.
—He llamado a la policía y están haciendo preguntas. Ya sabemos oficialmente que la desaparición de Erik no ha sido un error administrativo. —Hizo una pausa—. Jero, prométeme que tendrás cuidado y me llamarás con cualquier novedad y antes de tomar cualquier decisión impulsiva.
—Te lo prometo. De verdad, Chris, estoy más tranquilo. Solo necesito descansar. Mañana pasaré por la Universidad de Copenhague.
Jerónimo se tomó el último ansiolítico con la esperanza de poder dormir unas horas. No estaba más tranquilo, pero no quería preocupar a su amigo. La idea de investigar en la universidad le revivía malos recuerdos.