Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 27
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Capítulo 27

Al cruzar la puerta de la casa de Christian, ubicada en un idílico rincón de Inglaterra, uno se encontraba con un espacioso comedor de techo alto con vigas de madera oscura, otorgándole un aire rústico de otra época.

De las paredes colgaban cuadros de artistas contemporáneos reconocidos y fotografías en blanco y negro de diversas ciudades.

Dominando la estancia, una mesa de nogal se extendía casi a lo largo del comedor, flanqueada en sus extremos por candelabros de cristal de una colección de Versace.

Las sillas alrededor de la mesa, tapizadas en cuero burdeos, armonizaban con un sofá escandinavo del mismo tono y patas de madera clara.

Jerónimo y Christian estaban de pie a ambos lados de Philip, quien procedía a abrir su portátil.

La tensión crecía mientras la pantalla mostraba una serie de caracteres alfanuméricos.

—Cada correo tiene metadatos —comenzó Philip.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Christian mientras masajeaba la nuca de Philip.

—Son como huellas digitales —explicó—. Uno de esos datos es la dirección IP del remitente, que es como una dirección postal en el mundo digital.

Te da una idea general de su ubicación. Aunque hay que tener en cuenta, como ya os dije, que la dirección IP podría estar asociada con un servidor proxy o VPN, lo que complicaría determinar la ubicación exacta. Como es este caso.

Las palabras IP, VPN y proxy no tenían mucho sentido para Jerónimo.

—¿Y qué implica todo eso? —preguntó.

—Significa que, aunque la dirección IP te da una idea de desde dónde fue enviado el mensaje, determinar su origen exacto requiere más investigación. He cruzado esa información con otros datos y patrones de envío para determinar su origen exacto —continuó Philip.

—¿Y? —insistió Jerónimo.

Este hizo un gesto dramático antes de responder.

—Será mejor que os sentéis.

Sintiendo la tensión en el aire, Jerónimo tomó asiento, con la mirada clavada en la pantalla, esperando la revelación de Philip.

El reloj en la habitación marcaba el paso del tiempo con un tic-tac persistente y cada segundo parecía prolongarse infinitamente.

Philip, tras estudiar atentamente la pantalla, finalmente rompió el silencio:

—Aquí está —dijo señalando una hilera de números.

Jerónimo entrecerró los ojos.

—No lo veo. ¿Qué es eso?

Después de una breve pausa, Philip anunció:

—Copenhague. El correo fue enviado desde Copenhague.

Christian parpadeó sorprendido y Jerónimo sintió una súbita sensación de vértigo.

—¿Copenhague? —La voz de Jerónimo temblaba.

—Jero —dijo Christian con tono preocupado.

—No puede ser casualidad —declaró Jerónimo, mirando la pantalla en busca de algo que le diera sentido—. Necesito encontrar a Erik.

Philip intervino:

—La dirección IP indica Copenhague, eso es cierto, pero hay algo que no cuadra. Este encabezado está cifrado de manera muy sofisticada. No parece el trabajo de una persona común que simplemente quiere enviar un correo.

—Entonces, ¿qué sugieres? —Jerónimo estaba claramente alterado.

Philip suspiró.

—Alguien intenta ocultar la verdadera fuente del mensaje. Copenhague podría ser solo una distracción.

—O una trampa —añadió Christian.

—No puedo quedarme sin hacer nada —replicó Jerónimo con firmeza.

—Jero, te estás metiendo en la boca del lobo.

—No. Creo que ya estaba metido hace tiempo. Es hora de salir. Y no voy a salir de la boca del lobo sin Erik. Tengo que encontrarlo.

—¿No quieres que lo investigue la policía?

—No puedo quedarme quieto —dijo rotundo.

—Entonces iré contigo —ofreció Christian.

Aquella proposición era muy tentadora. Después de un profundo silencio, Jerónimo respondió:

—Quiero que te quedes en Londres y llames a la policía. Esto es algo que tengo que hacer yo.

Christian cerró los ojos y murmuró algo en danés, mostrando su frustración.

Philip observaba a los amigos desde la mesa con una mezcla de admiración y preocupación.

—A veces es necesario escuchar a aquellos que nos quieren.

—Lo sé —admitió Jerónimo—, pero hay caminos que uno debe recorrer solo.