Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 26
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Capítulo 26

Jerónimo despertó con los rayos de sol que se filtraban por los lados de las cortinas. Había pasado la noche en la casa de su amigo Christian.

Alargó el brazo hacia la mesita para encender la pequeña lámpara y su mano rozó el marco de una foto de un joven Christian, vestido con el uniforme de tripulación de cabina de la compañía aérea British Airways. Era un hombre apuesto y seguro de sí mismo, envuelto en un halo de misterio.

Jerónimo se arropó con las sábanas de algodón egipcio que lo abrigaban en aquella fresca mañana de verano inglés, pero la sensación de paz era tan solo aparente.

Las robustas y oscuras vigas de madera del techo se extendían en un patrón armónico, transmitiendo una sensación de estabilidad en contraste con el caos interno de Jerónimo.

Los recuerdos de Erik inundaban su mente, apretando su pecho con la angustia: el accidente, el coma inducido, su súbita desaparición y ese perturbador correo, advirtiéndole del peligro y la necesidad de regresar a su nueva casa en el condado de Essex.

Había algo que se le escapaba. Algo que juntaba todas las piezas.

Un hilo conductor que unía estos eventos, pero no lograba identificarlo.

Se incorporó de la cama y miró el reloj.

Había dormido más de diez horas. El sonido de pasos en el pasillo lo sacó de sus pensamientos.

Tocaron a la puerta.

— God morgen . —Christian le dio los buenos días en danés, entrando con una bandeja con el desayuno.

La bandeja tenía pan de centeno, mantequilla, huevos, beicon, un zumo fresco de naranja y para aderezar esa fusión de colores, olores y sabores, una delicada flor descansaba en un jarrón de cristal de bohemia.

Christian colocó la bandeja en la mesita y abrió las cortinas.

—Tenemos que hablar, pero primero desayuna.

Jerónimo parpadeó, ajustándose a la intensa luz de la mañana. Las imágenes de la morgue vinieron a su mente.

—¿Crees que es una buena idea que desayune antes de hablar? —preguntó Jerónimo observando la bandeja—. ¿Y esta margarita? —Sacó la flor del jarrón.

—Es más pequeña y delicada que una margarita común. Es una Bellis perennis o margarita de prado. Una flor del jardín. A veces, un toque de belleza ayuda a digerir las realidades más amargas de la vida.

—Espero que no saques tu poemario para recitar algún verso mientras desayuno.

—Noto un cierto tono ingrato en la voz.

—No pretendía ser desagradecido —se disculpó Jerónimo y colocó la margarita de vuelta al jarrón.

Christian levantó la ceja y esbozó una sonrisa.

—Todos cometemos errores —dijo, sentándose y haciendo un gesto a su perra Bella para que subiera a su regazo—. Jovencito, te mentiría si te dijera que sé por lo que estás pasando, pero tenemos que hablar, así que come primero.

Jerónimo comenzó a untar mantequilla en el pan.

—No soy un jovencito. ¿Te vas a quedar ahí mirando cómo desayuno?

—Con el ansia que le pones, no creo que tenga que esperar mucho.

—No tenías que haberte molestado.

—Ya…, habló Pinocho…

—¿Podemos hablar mientras desayuno?

Christian negó con la cabeza.

—Desayuna, luego hablamos.

Jerónimo empezó a comer bajo la mirada atenta de Christian, que seguía sentado en el sillón. En el regazo de su amigo, la perrita Bella le miraba fijamente como si esperara una señal para saltar a la cama y compartir el desayuno con ella.

Bella era una perra terrier con un suave pelaje que combinaba tonos de café y nata, lo que le daba una apariencia distintiva y atrayente. Sus ojos brillantes se asemejaban a dos pequeños granos de café y contrastaban con las manchas más claras de su pelaje.

Un suave chasquido de Christian la reprendió.

—Tú ya desayunaste, pequeña. Si sigues comiendo te vas a poner gorda y los perros del pueblo no te van a hacer caso. —Hizo una pausa y miró a Jerónimo—. Estoy pensando.

—¿En qué?

Tras un suspiro, su amigo respondió:

—En cómo convencerte de que desistas de cualquier… impulsividad.

Jerónimo dejó de masticar.

—Erik debe de estar vivo. Ese correo es nuestra única pista.

Christian frotó sus sienes.

—¿No ves lo irracional que suena eso? Es una idea disparatada.

—¿Y cuál es tu teoría?

La voz de su amigo adquirió un tono más grave.

—Sigo creyendo que Erik no envió ese correo.

—¿No?

—No —confirmó tajante.

—Es la única pista que tengo. ¿Tienes otras opciones?

Christian se recostó en el sillón.

—Esperar.

Jerónimo miró hacia otro lado.

—Necesito saber si está vivo.

—Y yo necesito que tú estés a salvo.

Jerónimo apretó más fuerte el pan y el cuchillo. Un silencio se apoderó de la habitación, solo interrumpido por el suave jadeo de Bella.

—Jero, estoy seguro de que ese correo no te lo pudo mandar Erik.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —marcó la última palabra.

Christian acarició el lomo de Bella.

—Intuición. Simple intuición. Y rara vez me falla.

Jerónimo paró y recapacitó.

—Tengo que seguir mi instinto, como tú sigues el tuyo —replicó.

Su amigo puso los ojos en blanco.

—Philip me llamó —dijo al final—. Está de camino a casa. Tiene noticias.

Jerónimo se quedó sin aliento.

—¿Qué noticias?

La mirada de Christian reflejó preocupación.

—Ha encontrado la ubicación.

El mundo se detuvo en ese instante, y los temores y esperanzas de Jerónimo giraron en un torbellino.