Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 25
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Capítulo 25

La estación de Paddington, famosa por sus arcos azules y la estatua del osito que lleva el mismo nombre, bullía de gente que se apresuraba en todas las direcciones, paraguas en mano, resguardándose de la típica llovizna londinense.

No muy lejos, Christian encendió el motor de su Porsche Panamera de color azul noche metalizado.

Jerónimo se abrochó el cinturón y se recostó en el cómodo asiento. Cerró los ojos unos instantes y sintió un profundo cansancio. Bajó la ventanilla para disfrutar del aire fresco en su cara.

A medida que el vehículo se deslizaba por las serpenteantes calles de Londres, los edificios residenciales dieron paso a imponentes estructuras de acero y cristal.

Al acercarse a la City, el corazón financiero de la ciudad, la transformación era palpable.

Los rascacielos dominaban el horizonte, cada uno con su diseño arquitectónico distintivo, compitiendo por destacar en el cielo.

A pesar de la lluvia, corredores de bolsa y banqueros, con sus trajes a medida y paraguas, cruzaban las calles o charlaban en las entradas de restaurantes exclusivos.

—Allí —dijo Christian señalando uno de los rascacielos de diseño audaz y sede de NexTech Solutions, una de las principales empresas de ciberseguridad de Europa.

Entraron en el parking del edificio, aparcaron y tomaron el ascensor hasta la planta treinta y nueve. Siguieron el pasillo y llegaron a una oficina en particular que contrastaba con el diseño moderno del rascacielos.

La puerta de la oficina estaba abierta y las notas suaves de una sonata de Chopin llenaban el ambiente desde un viejo tocadiscos en la esquina, creando un contraste ecléctico.

Philip estaba sentado detrás de su amplio escritorio de madera oscura, junto a un monitor de dimensiones casi cinéfilas.

Antes de entrar, Christian tocó la puerta con varios golpes secos, como si fuera un código de entrada.

Sin levantar la vista, Philip murmuró:

—Espero que no hayas venido solo para espiarme mientras trabajo. —Al levantar la mirada, una sonrisa cálida y de complicidad brilló en sus ojos al ver a Christian.

Detrás de él, Jerónimo parecía un poco desubicado, observando la inusual combinación de lo antiguo y lo moderno en la oficina.

Las paredes estaban adornadas con mapas de navegación y estantes de libros que iban desde novelas clásicas hasta manuales técnicos.

A un lado, una gran ventana ofrecía una panorámica de Londres.

Christian se acercó, captando de inmediato el tono juguetón de Philip.

—Tú sabes que cualquier momento es bueno para verte, pero hoy también tengo un motivo concreto —respondió, dándole un guiño cómplice—. Espero no interrumpir.

Acto seguido, señaló a Jerónimo.

Philip se levantó con elegancia, mostrando una corbata con patrones geométricos en color oro a juego con sus gemelos. Se quitó las gafas y estrechó la mano de Jerónimo, examinándolo detenidamente.

—Ah, el famoso Jerónimo. Christian ha hablado mucho de ti. La última vez que nos vimos fue en aquella cena en la Torre Shard. Espero que esta visita sea igual de memorable, si no más.

Jerónimo, un tanto inseguro sobre cómo responder, simplemente estiró los labios en una sonrisa.

—Phil —continuó Christian—, no estamos aquí solo por cortesía. Necesitamos tu ayuda en un asunto delicado. ¿Puedes atendernos ahora? —Su tono se tornó un poco más serio.

Philip respondió con la misma formalidad:

—Por supuesto. Siempre tengo tiempo para ti. Por favor —indicó, señalando un sofá de estilo vintage —, ¿de qué se trata?

Jerónimo se acomodó junto a Christian, quien comenzó a relatar a Philip el accidente de Erik, su misteriosa desaparición y el enigmático correo que Jerónimo había recibido.

—¿Habéis llamado a la policía? —inquirió Philip.

—Todavía no —respondió Christian.

—Sería lo más lógico —dijo levantando una ceja.

Christian asintió.

—Pensaba hacerlo, pero de camino hasta aquí se me ocurrió que si la policía interviene y se hace oficial, podríamos perder cualquier pista sobre el paradero de Erik.

Solo ha transcurrido un día desde su desaparición y el hospital lo atribuye a un error en el sistema informático que están solucionando.

Esta situación nos da cierta libertad para investigar ese supuesto error sin llamar la atención y descubrir qué ha sucedido realmente.

—Secundo tu lógica —dijo Philip, asintiendo.

Jerónimo sacó su móvil y le mostró el misterioso correo.

« Jero, du er i fare. Skynd dig hjem til Essex, Erik ».

«Jero, estás en peligro. Vuelve a casa en Essex, Erik».

Philip se inclinó hacia la pantalla y soltó un leve gruñido.

—¿Puedo? —preguntó, intrigado, como si se tratara de una rara piedra preciosa.

Jerónimo le entregó el móvil y este lo conectó a un pequeño dispositivo que, a su vez, estaba vinculado al ordenador. Se ajustó las gafas y comenzó a teclear, sentado en su escritorio.

Jerónimo y Christian, de pie, lo observaban con atención.

—Lo primero que debemos revisar es el encabezado —explicó Philip—.

Los correos electrónicos contienen encabezados con detalles del origen del mensaje, los servidores por donde ha transitado y otros datos.

Dentro de estos encabezados, hay líneas que registran la ruta del correo, desde su origen hasta su destino.

Estos registros son conocidos como hops y muestran la dirección IP de cada servidor por donde ha circulado el mensaje.

Una vez que tengamos esa dirección IP, podemos usar servicios de geolocalización para obtener una ubicación aproximada.

—¿Aproximada? —intervino Jerónimo.

—Sí, aproximada —respondió Philip—. Una dirección IP no siempre refleja la ubicación real del remitente, especialmente si se ha utilizado una VPN, un servidor proxy o si el correo fue enviado a través de un servicio web que utiliza servidores en diversas ubicaciones.

Jerónimo y Christian intercambiaron miradas inquietas antes de volver su atención a la pantalla.

Tras unos minutos analizando el encabezado, Philip frunció el ceño con cierta frustración.

—El rastro de este correo está oculto de tal forma que localizar su origen es como buscar una aguja en un pajar. Alguien se ha tomado muchas precauciones para ocultarlo.

—Entonces, ¿podrás conseguir la ubicación? —preguntó Jerónimo.

Philip reflexionó un instante.

—Puedo intentarlo —dijo—, pero tengo que romper múltiples capas de seguridad para llegar al origen. Me tomará un tiempo.

—¿De cuánto estamos hablando? —insistió Jerónimo mientras Christian posaba su mano sobre el brazo de su amigo para que se relajara.

Philip hizo un cálculo mental.

—Un par de horas. Un día a lo sumo.

—Jero —intervino Christian—, son más de las cuatro de la tarde. Vamos a darle las gracias a Philip y cuando sepa algo, que nos llame. ¿Te parece? Y ahora lo dejamos trabajar y te quedas esta noche en mi casa.

Jerónimo no insistió.

—Se me está echando el tiempo encima —dijo Philip— y tengo un par de tareas más. En cuanto termine, me dedicaré a esto y os lo haré saber.

Jerónimo suspiró.

—Te lo agradezco.

Christian se despidió de Philip dándole un beso en la frente.

Una vez en la calle, Jerónimo preguntó a su amigo con curiosidad:

—¿Te has despedido de Philip con un beso en la frente?

Christian puso los ojos en blanco.

—Jovencito, creo que tienes otras cosas más importantes por las que preocuparte. Anda, entra en el Porsche, que volvemos a mi casa. Necesitas una ducha y dormir.