Capítulo 24
Jerónimo y Christian salieron al espacio exterior de la morgue. El viento se había levantado y las nubes revoloteaban en el cielo, formando una capa gris. En la mente de Jerónimo, resonaba la voz de Erik repitiendo aquel misterioso correo electrónico:
« Jero, du er i fare. Skynd dig hjem til Essex, Erik ».
«Jero, estás en peligro. Vuelve a casa en Essex, Erik».
—Christian, ¿qué está pasando? —le preguntó con una ansiedad y cansancio en la voz mezclados con un regusto amargo del vómito.
Su amigo jugueteaba con un pañuelo de seda, perdido en sus pensamientos.
—No lo sé —admitió, estrujando el pañuelo entre sus dedos—. Mi querido Jero, no sé qué pensar.
Las imágenes del día del accidente volvieron a Jerónimo en una avalancha de recuerdos.
Recordó la voz de Erik, diciéndole que iba con retraso por un imprevisto de última hora relacionado con el artículo de investigación a punto de salir publicado.
Sin embargo, Jerónimo le metió prisa y por el camino, Erik tuvo un fatal accidente de tráfico, lejos de la ruta que hubiera tomado si hubiera salido directamente de su nueva casa en el condado de Essex.
No le contó la verdadera razón de su retraso porque el desvío que tomó no era por un imprevisto en el trabajo, quería darle una sorpresa a Jerónimo regalándole un escritorio de época.
Pero con las prisas, terminó en un accidente que lo dejó en coma, postrado en una cama de hospital.
—Echo tanto de menos a Erik.
Christian puso una mano sobre el hombro de Jerónimo. En pocos minutos llovería.
—¿Recuerdas con qué doctores hablaste?
—El doctor Bennett, el doctor Schmitt… varias enfermeras y un par de enfermeros también. Hablé con otra doctora en otro hospital. —Las palabras brotaron como un torrente— ¿Por qué me preguntas eso?
—Creo que deberíamos informar a la policía sobre todo esto y esperar a ver qué nos dicen.
—¿Esperar? ¿Es eso lo que debo hacer? Chris, no puedo quedarme de brazos cruzados mientras Erik sigue desaparecido.
—Jero, la policía debe intervenir.
—¿Sigues pensando que es un error administrativo?
—No veo por qué el hospital y el personal de la morgue nos mentirían.
Pero es evidente que no desean reconocer públicamente el error informático que han sufrido.
Están dilatando el tiempo. Erik podría haber sido trasladado a otra área del hospital.
—Christian acarició el pelo de su amigo—.
Jero, la policía tiene que intervenir, mientras tanto, tú deberías descansar un poco.
Vamos a esperar a ver qué dicen —propuso.
—¿Y qué me dices del correo?
—Recuerda que Erik estaba en coma la última vez que lo viste.
—Lo sé. No lo tenía que haber dejado solo.
—No me refiero a eso.
—Chris, Erik estaba trabajando en un artículo que estaba a punto de ser publicado —contó Jerónimo—. Frecuentaba esta zona de Londres.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijeron en el café Costa, enfrente del Hospital St Mary.
—Jero, Erik estaba en coma la última vez que lo viste. No pudo haber enviado ese correo.
—Tiene que ser Erik —insistió Jerónimo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Por la dirección de correo: [email protected] .
Ni siquiera me acordaba de ese nombre. Es más, no es lo primero que me viene a la memoria de aquella noche, pero ahora entiendo el significado de la dirección de correo.
Solo yo puedo saberlo. Bueno, yo y Erik que estuvimos ahí esa noche.
—Jerónimo alzó la voz con cada palabra—.
Chris, Aloo Tama es el nombre de un restaurante tibetano en el barrio Clapham cerca de mi antiguo estudio.
Esa noche, estaba demasiado nervioso como para prestar atención al nombre del restaurante, por eso no me acordé cuando recibí el correo.
Pero ahora tiene sentido. En ese restaurante cenamos juntos en nuestra primera cita oficial. Tiene que ser Erik. Está vivo.
Las nubes en el cielo se agolpaban, presagiando una tormenta. Christian se quedó pensativo, procesando la información que Jerónimo le había revelado.
—¿Y el número cuatro?
—Ese número me hace aún más seguro de que solo pudo ser él. El número cuatro es el número de veces que esa noche… —Jerónimo se mordió la lengua—. Eso es más privado. Chris, te lo repito. Solo Erik puede haber mandado ese correo.
La idea de que su pareja pudiera estar viva envolvía a Jerónimo en un remolino de emociones.
Christian parecía más escéptico, pero cedió.
—Quizás… Está bien, ven —le propuso Christian.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.
—¿A dónde vamos? —preguntó Jerónimo caminando al lado de su amigo.
—Vamos a hacerle una visita a Philip.
—¿Lo sigues viendo?
Christian no escondió su sonrisa.
—Jovencito, yo también tengo una vida privada. Es ingeniero informático. ¿O no te acuerdas de la inesperada visita que nos hiciste mientras cenábamos en la torre Shard? Podría ayudarnos a rastrear el origen de ese correo.
—Philip puede ser un poco pedante… —dijo Jerónimo, pero paró antes de terminar la frase cuando Christian le lanzó una mirada de reproche—, pero si te gusta, es tu vida privada.
La lluvia se hizo más intensa y levantó un olor acre a ciudad grande.