Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 23
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Capítulo 23

Al lado de la sala de autopsias se hallaba el depósito de cadáveres, un espacio notablemente más reducido y sombrío.

Las luces tenues y la baja temperatura daban un aire de quietud.

Las paredes estaban equipadas con cajones de acero inoxidable, todos de tamaño uniforme, donde se guardaban los cuerpos en espera de identificación o autopsia.

Las puertas de los cajones llevaban una pequeña etiqueta blanca en la esquina superior derecha.

Jerónimo rozó uno de los cajones, frío al tacto.

Además, había una sala de refrigeración contigua para aquellos cuerpos aguardando el entierro, donde el aire, aún más frío, estaba saturado con el hedor inconfundible de muerte y descomposición. El olor penetrante a fenol era espeso y pesado, convirtiéndose en una presencia casi física.

—Este es Tim, el técnico de la morgue —presentó el director Smith—. Estaré en mi oficina si me necesitan, pero por favor, la próxima vez avisen antes de venir.

Tim era un hombre joven de brazos musculosos y manos callosas que contrastaban con su cara amigable y expresión tranquila. Esperó a que el director Smith abandonara la sala antes de comenzar a hablar.

—Que yo sepa, no ha llegado ningún cuerpo esta mañana. A menos que haya sido después de mi llegada.

—Según nuestra información, el cuerpo de Erik Vinterberg fue trasladado aquí ayer domingo —informó Christian.

Tim pareció inseguro por un momento.

—Nosotros todavía estamos esperando ese cuerpo. He llamado al hospital, pero…

—¿Pero qué? —rompió el silencio Jerónimo y un gesto de Christian le pidió que no interviniera.

—Supongo que habrá alguna forma de verificarlo —sugirió su amigo con tono calmado.

Tim asintió.

—Lo he comprobado; sin embargo, no aparece ningún Erik Vinterberg en los registros.

Desesperado, Jerónimo buscó respuestas en el techo.

—Esto es increíble —dijo como si le hablara a un dios.

—Nos ha pasado antes —se adelantó el técnico justificando la situación—. Es un simple error administrativo. Tenemos menos personal operativo los fines de semana. Alguien pudo haber olvidado escanear el código de barras o introducir el nombre en el sistema, pero si nos hubieran dado algo de tiempo…

—Tiempo es lo que no tengo —respondió Jerónimo tajante.

—¿El nombre? —repitió Christian—. Explícate, por favor, ¿cuándo ingresó el último cuerpo?

—El hospital confirmó que Erik no está allí —explicó Tim—. Debieron traerlo ayer, pero no se registró. Como mencioné, parece un error administrativo.

—Entonces, Erik está aquí —concluyó Jerónimo, observando las paredes con los frigoríficos como rejillas de una colmena.

—Sí, está aquí, pero no tengo claro dónde exactamente.

—Eso tiene fácil solución —dijo Christian.

Tragando con dificultad, Jerónimo miró a su amigo.

—¿Desayunaron? —preguntó Tim.

Christian negó con la cabeza, mientras Jerónimo, con una mano en su estómago, evitó responder.

Tim les ofreció a ambos un pañuelo impregnado con un olor fuerte, similar a la lejía.

—Esto les ayudará.

—¿Quieres esperar fuera y lo hago yo? —propuso Christian a Jerónimo.

A pesar de su negativa, la expresión en su rostro decía todo lo contrario. Sus ojos revelaban un tormento interior que las palabras no podían expresar.

Christian se acercó al primer frigorífico.

Jerónimo, al lado de su amigo, cerró los ojos por un instante y respiró hondo, intentando controlar la emoción que amenazaba con desbordarse.

Después de una breve pausa, Christian extendió la mano y abrió la puerta.

Un frío aún más intenso surgió del interior mientras deslizaba lentamente la bandeja que albergaba un cuerpo.

El aire, saturado con el aroma inconfundible de fenol, se hinchaba como la expectación palpable.

Una forma humana yacía cubierta por una sábana de algodón blanca.

Jerónimo no se atrevió a mirar abajo y se concentró en el rostro de Christian, que era una máscara de seriedad cuando levantó la sábana para revelar el difunto.

—No es Erik —confirmó y a Jerónimo se le escapó un suspiro de alivio, aunque aún tenía un nudo en el estómago.

Tim observaba en silencio desde la distancia.

Christian cerró la bandeja y se dirigió a la siguiente.

Jerónimo tomó un momento para reunir fuerzas antes de que su amigo abriera la puerta del segundo frigorífico.

Levantó la tela, revelando el rostro de un hombre que tampoco era Erik.

Un cúmulo de alivio y miedo asaltó a Jerónimo simultáneamente. Por una parte, aliviado de que no fuese Erik, pero aterrorizado por lo que podría descubrir a continuación.

La acidez del café que había bebido le quemaba la garganta.

Este ritual se repitió una y otra vez, cada vez con la misma tensión, la misma esperanza y el mismo miedo.

El tercer cuerpo resultó ser una mujer de edad avanzada, el cuarto un hombre joven con una barba espesa y el quinto un anciano con la piel tan delgada y translúcida que parecía de papel.

Con cada cuerpo que examinaban, el aire gélido que se liberaba de las unidades de refrigeración se colaba por su ropa, susurrándole la cruda realidad de la muerte.

Cada cuerpo que veía era más espantoso que el anterior, cada uno le daba la sensación de tener una piedra en el estómago que se hacía cada vez más grande y, al mismo tiempo, renovaba su esperanza de no encontrar a Erik metido en una de esas tumbas de frío.

Faltaba la última puerta que abrir.

La boca se le llenó de bilis.

Al abrir la sexta puerta, un hilo de pánico se enroscó en su pecho.

Christian retiró la sábana blanca para revelar un rostro vagamente familiar y Jerónimo sintió que no solo sus piernas temblaban, sino también los cimientos de su vida empezaban a desmoronarse.

Se agarró al brazo de su amigo para no caer al suelo y, con un jadeo apresurado, se apartó, luchando por mantener el equilibrio.

—Tampoco es Erik —confirmó Christian.

El terror que había estado hirviendo a fuego lento en las venas de Jerónimo estalló en plena ebullición. La marea creciente de náuseas se volvió insoportable. Se tambaleó hacia la papelera más cercana, vomitando café, baba y bilis.

El técnico Tim lo agarró y lo ayudó a sentarse en una silla plegable.

Christian se arrodilló a su lado.

El mundo de Jerónimo daba vueltas y su estómago se retorcía de malestar.

—¿Dónde está Erik? —murmuró, más para sí mismo.

Una nueva oleada de náuseas lo embistió y vomitó más bilis, apretando los puños con tal fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—No lo sé —respondió Christian—. Pero definitivamente no está aquí.

Su búsqueda en la morgue había terminado y Erik seguía desaparecido.