Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 22
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Capítulo 22

Jerónimo y Christian llegaron a las puertas de la morgue del Hospital St Mary.

A diferencia del día anterior, Jerónimo se sentía más sereno y seguro, aferrándose a aquel mensaje que reafirmaba su esperanza de que Erik seguía vivo en algún lugar.

Sus pensamientos oscilaban de un extremo a otro.

Pronto sería conducido a una de esas cámaras refrigeradas donde le mostrarían que Erik estaba allí, sin vida, y aquel mensaje sería una broma cruel.

Todo era tan absurdo como un sueño febril, donde la realidad y la ficción se entrelazaban en una danza macabra. Jerónimo sacudió su cabeza, tratando de alejar esos pensamientos. Aunque estaba preocupado por la advertencia de aquel misterioso correo.

Christian caminaba unos pasos delante de él, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Su actitud era reservada y alerta, como si se adentrara en un campo lleno de minas y, en algún momento, pudiera explotarle una en la cara. Se detuvo justo antes de entrar y se giró hacia Jerónimo.

—No quiero que hagas preguntas, ¿entiendes? Solo observa y mantente en silencio. Sé cómo tratar a esta gente. Así que diga lo que diga, quiero que confíes en mí, como siempre lo has hecho. ¿De acuerdo, jovencito?

Jerónimo asintió.

La morgue tenía un olor muy distintivo. Los hospitales olían a enfermedad y medicamentos; la morgue olía simplemente a muerte. El olor a fenol era fuerte, penetrante y algo dulzón. Inhalar sus vapores podía ser dañino y causar irritación en las vías respiratorias y en los ojos.

Al acercarse a seguridad, Christian pasó con la confianza de quien entra en su propia casa.

Jerónimo recordó el altercado con el guardia el día anterior, aunque ahora no estaba allí.

Hoy, el pasillo estaba ocupado por personal médico y administrativo que se movía en diferentes direcciones.

En la recepción, una mujer de mediana edad con una expresión severa y cabello gris lacio los observaba.

—Quisiera hablar con el director de la morgue, el señor Smith —dijo Christian, mostrando una placa con una insignia y su foto.

La reacción de sorpresa en el rostro de Jerónimo era equiparable a la de la recepcionista. Se preguntó de dónde había sacado Christian aquella falsa placa.

Antes de que la recepcionista pudiera responder, Christian añadió:

—Investigador privado. Asunto de máxima urgencia y sobre todo —hizo una pequeña pausa y se inclinó hacia delante—, de máxima discreción.

Ella se echó un poco hacia atrás. Luego, con gesto resuelto, realizó una llamada desde el mismo teléfono que el guardia usó el día anterior para llamar a los de seguridad que, a su vez, mandaron directamente a la policía.

El ambiente se tensó, haciendo que los nervios del estómago se tensaran y el pulso de Jerónimo se acelerara. Estaba a punto de enfrentarse a la realidad sobre la desaparición de Erik, y aunque temía lo que pudiera descubrir, estaba decidido a llegar al final.

La recepcionista les dio permiso para entrar.

Siguiendo sus indicaciones, Jerónimo y Christian descendieron las escaleras hacia un sótano. Avanzaron a paso ligero hasta llegar a una sala de la cual emanaba música jazz de fondo.

La puerta se abrió para revelar una sala de autopsias, iluminada tenue y fríamente por tubos fluorescentes.

Las mesas de acero reflejaban la luz y, en una de ellas, Jerónimo observó al director de la morgue, el señor Smith.

Pero, para su sorpresa, el director no estaba examinando un cuerpo, sino practicando su técnica de putt con una bola de golf.

Alzó la mirada, sin aparentar sorpresa. La recepcionista ya le habría informado de su visita.

—Tú te quedas aquí en la puerta —le susurró Christian a Jerónimo.

Se acercó al director Smith presentándole aquella placa que Jerónimo no sabía de dónde podía haber sacado.

Christian y el director hablaron entre ellos mientras Jerónimo notó que él inconscientemente apretaba la mandíbula.

El director Smith era un hombre alto y delgado con una bata de médico bien almidonada. Tenía una cara de rasgos angulares marcada y pálida por las largas horas en la morgue.

Christian levantó la mano para que Jerónimo se acercara.

Alrededor, estanterías con puertas de vidrio albergaban instrumentos quirúrgicos y diversos equipos, todo meticulosamente organizado y etiquetado.

—El proceso es muy simple —explicó el director Smith con un tono monótono, jugueteando con la bola de golf—. Llamamos al familiar para la identificación del cuerpo una vez que está todo preparado. No nos han dado tiempo.

—Veo que no —observó Christian, dirigiendo una mirada a los artículos de golf.

El director Smith continuó:

—Una vez identificado el cuerpo, llamamos a la funeraria, según los deseos del interesado, y ellos toman el relevo.

Jerónimo seguía de cerca a ambos, tratando de no perder detalle.

—Quisiera añadir —interrumpió Christian—, que si las cosas se hubieran hecho correctamente desde el principio, los interesados no estarían aquí haciéndole perder su tiempo.

—Ciertamente, es una situación un tanto peculiar —admitió el director Smith, guardando la pelota en un bolsillo de la bata—. Por favor, pasen por aquí. La sala de visualizaciones no está preparada, así que le doy acceso al depósito de cadáveres. Pero no quiero ni fotos ni videos.

Ambos asintieron.

Con un nudo en la garganta, Jerónimo preguntó:

—Entonces, ¿Erik está aquí? —Su voz se fue desplomando con cada palabra, como un castillo de arena que había construido en la mente y que ahora se desmoronaba azotado por una ola.