Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 21
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Capítulo 21

Para un británico, un pub era más que un simple bar o lugar de entretenimiento; era una institución cultural, un elemento esencial de la vida diaria.

Era un punto de encuentro donde los vecinos se reunían después del trabajo, las familias celebraban ocasiones especiales y los visitantes se sumergían en la cultura y la historia local con una pinta de cerveza en la mano.

El pub Sawyer's Arms se encontraba situado enfrente de la estación de Paddington, a escasos minutos del Hospital St Mary.

Por su proximidad a la estación, durante los últimos cuarenta años se había convertido en destino popular para viajeros y visitantes de Londres.

En la parte superior, el nombre del pub resaltaba en letras blancas.

Christian abrió la puerta y dejó pasar a Jerónimo primero.

Una vez dentro, la iluminación suave y cálida les dio la bienvenida.

El pub tenía paredes adornadas con paneles de madera tallada que armonizaban con sillas tapizadas en terciopelo azul marino.

Las mesas, hechas de caoba envejecida, invitaban a los visitantes a sentarse, disfrutar de una cerveza y probar algo de la gastronomía local.

Para los aficionados al deporte, el pub disponía de grandes pantallas de televisión donde se transmitían partidos de fútbol y rugby en directo cualquier día de la semana.

Al fondo del local, un bar brillante y bien surtido se exhibía con decenas de botellas de licores de diversos colores, dispuestas en estantes que se extendían hasta el techo.

Jerónimo siguió a Christian, quien subió por las estrechas escaleras hasta la primera planta. Se acomodaron en una mesa cerca de la ventana que daba a la calle. Eran los primeros clientes del día.

—¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó Christian.

—No me acuerdo. No tengo hambre.

—Tú siempre tienes hambre. Quiero que cojas fuerzas. Será un día largo y no te voy a dejar solo. Venga, haz un esfuerzo. ¿Qué tal un full English ?

Jerónimo sentía su cuerpo entumecido y su mente todavía en estado de shock . Era incapaz de aceptar la realidad. Miró la hora.

—Apenas pasan de las diez de la mañana.

—Una hora estupenda para desayunar —comentó Christian.

Jerónimo tragó saliva.

—¿Mejor compartimos uno entre tú y yo? No tengo hambre, de verdad —dijo él sin mucha energía en la voz.

Christian asintió apretando los labios.

—Yo estoy igual —añadió después de unos segundos—. ¿Un café?

—Mejor que sea doble.

—Claro.

El full English era un plato tradicional británico con variantes locales dependiendo de la zona del país.

El plato consistía en nueve ingredientes: huevos (fritos o pasados por agua), beicon, salchichas, judías en salsa de tomate, champiñones, tomates partidos por la mitad y fritos, tostadas de pan blanco o de centeno untadas en mantequilla, hash browns (patatas ralladas y fritas con forma de croqueta) y pudín negro, que era similar a la morcilla española, también servida frita.

La bebida, ya fuese té o café, se elegía según las preferencias de cada persona.

Antiguamente, debido a su alta carga calórica, este plato era consumido por trabajadores del campo antes del amanecer, herencia de una época en que los duros trabajos físicos exigían un desayuno sustancioso para comenzar el día.

Mientras Christian se acercaba a la barra para pedir, Jerónimo abrió la bolsa de papel y organizó sus cosas.

Guardó la billetera y los ansiolíticos que le había recetado el doctor Bailey, de los cuales solo le quedaban dos.

Encendió el móvil, que de inmediato vibró con una alerta de un correo electrónico.

Y vibró una segunda vez.

Y una tercera.

Y también una cuarta y una quinta vez, como si algo o alguien intentara escapar de su interior. La bandeja de entrada estaba colapsada con mensajes del mismo remitente:

[email protected]

Jerónimo sintió una punzada en el estómago, esa sensación de angustia y sorpresa que uno siente cuando recibe noticias inesperadas. Con cautela, abrió el último correo. El mensaje era breve, en danés y cortante, como el filo de un cuchillo:

« Jero, du er i fare. Skynd dig hjem til Essex, Erik ».

«Jero, estás en peligro. Vuelve a casa en Essex, Erik».

Tardó unos segundos en procesar la información y cuando lo hizo, un frío repentino recorrió su cuerpo, empezando por la nuca y bajando como una avalancha por su espalda y su corazón latió con fuerza contra su pecho.

Miró a su alrededor sintiendo que alguien lo vigilaba. Releyó el mensaje en voz alta como si así pudiera comprobar que era real lo que estaba pasando.

—Jero, estás en peligro. Vuelve a casa en Essex, Erik.

Sus ojos pegados a la pantalla se secaron. Parpadeó lentamente. No podía ser cierto , se dijo. Erik estaba muerto. El doctor Bailey le había comunicado el fallecimiento y su posterior traslado a la morgue del hospital.

Revisó cada correo, uno tras otro, todos idénticos, todos enviados a la misma hora y el mismo día: ayer domingo, mientras estaba demasiado ocupado jugando al escondite, yendo de un hospital a otro buscando a Erik.

Una montaña rusa de emociones lo embistió: el miedo, la confusión y la incredulidad. Se rascó la barba y pasó la mano por el pelo, agarrándolo fuerte como si pudiera extraer respuestas de su propio cerebro. La idea de que Erik estuviera vivo sumió a Jerónimo en un mar de esperanza y confusión.

La voz de Christian lo sacó de su trance.

—No tenían pan de centeno —dijo su amigo al sentarse con el plato frente a él y los dos cafés.

Jerónimo le mostró la pantalla del móvil para que Christian leyera el mensaje. El rostro de su amigo se ensombreció.

—Es Erik —dijo Jerónimo enfatizando cada sílaba—. Está vivo.

—¿Cuándo lo recibiste? —preguntó Christian releyendo el mensaje.

—Ayer, después de que el hospital me informó del traslado de Erik a la morgue. Es él, ¿verdad?

Christian hizo una pausa antes de responder. La incredulidad se reflejó en su rostro.

—Recuerda que la última vez que viste a Erik estaba en coma tras un accidente de tráfico.

—¿Y si despertó?

Christian negó ligeramente con la cabeza.

—No tiene lógica, Jero.

Jerónimo se tomó el café doble de un trago, se levantó de la mesa y se puso la cazadora. Necesitaba respuestas.

—Tengo que ver a Erik con mis propios ojos.

Christian asintió.

—¿Te dijeron que estaba en la morgue?

—Me lo confirmó el doctor Bailey.

—Pues entonces no vamos a ir al hospital, vamos directamente a la morgue y esta vez vamos a entrar sí o sí. —Christian se levantó con cautela, como si hubiera activado un sensor de alerta interior. Tomó a Jerónimo del brazo y le dijo—: No te separes de mí.

La seriedad en la voz de Christian lo puso aún más nervioso. Asintió en respuesta y salieron del pub sin haber probado el desayuno. En unos minutos llegarían a la morgue.