Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 20
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Capítulo 20

Era una espléndida mañana de lunes. El sol irradiaba con fuerza en el bullicio de las calles de Londres, que parecía expandirse como la espuma de un buen café.

Jerónimo y Christian habían llorado abrazados el uno al otro, como un náufrago se agarra a un salvavidas. Una vez calmados y varios pañuelos de papel más tarde, Jerónimo le contó a su amigo sobre la confusión del traslado de Erik, la devastadora noticia de su muerte y su arresto en la morgue.

Dieron un largo paseo en silencio de vuelta al Hospital St Mary.

Los dos estaban más tranquilos. Jerónimo alzó la vista hacia el cielo azul claro, parpadeando contra la luz cegadora del sol.

Cerró los ojos y el viento le despeinó y, por un instante, sintió como si fuera la mano de Erik jugando con su pelo.

Había una vastedad en ese momento, una aguda conciencia de la enormidad de la tarea que tenía ante sí. Erik está muerto , se dijo y una sacudida de ansiedad le atravesó el pecho, súbita como un rayo. Metió la mano en la bolsa de papel y sacó una pequeña pastilla.

Christian se sonó la nariz y lo observó con los ojos todavía rojos.

—¿Eso qué es? —le preguntó.

—Me lo dio el doctor. Un ansiolítico. Se supone que me calma.

—Pues menos mal que te calma —comentó Christian con un tono de voz triste.

—Ya sé que lo que hice fue imperdonable.

Su amigo extendió su mano y cubrió la de Jerónimo con una presión firme, pero tierna.

—No te voy a dar ninguno de mis sermones. Solo te pediría que me hicieras un poquito más de caso, por una vez —le dijo, apretando la mano de Jerónimo, que asintió mientras se tragaba la pastilla.

—No me dejaron ver a Erik.

—Y lo verás —le aseguró Christian—. Haremos el funeral que a él le hubiera gustado.

—Erik no pensaba en funerales cuando estaba vivo.

Su amigo no dijo nada. Caminaron en silencio durante unos minutos.

Los rayos de luz se filtraban entre los edificios y pintaban sombras largas en el asfalto.

El ajetreo de la ciudad, las risas y el murmullo del tráfico se elevaban en el aire, como las notas de una sinfonía inacabada, un contrapunto al caos interno que Jerónimo estaba viviendo.

—¿Qué pasará cuando lo veas? —preguntó Christian, rompiendo el silencio entre ellos.

—No lo sé —respondió él—. Lo que sí sé es lo que me está pasando por no verlo. Me estoy volviendo loco.

Christian sacudió la cabeza.

—No te estás volviendo loco. Estás de duelo.

—Pues es lo más parecido a la locura.

—Vamos a ver a Erik, pero primero quiero que desayunes algo. Aunque sea un café. ¿Trato hecho?

—Vale.

Su amigo se detuvo y examinó a Jerónimo de pies a cabeza.

—También necesitarías una ducha.

—Eso puede esperar —replicó él.

Christian sacó del bolsillo de su chaqueta un vaporizador de perfume y roció a Jerónimo, que retrocedió un paso.

—No te muevas —le ordenó—. Es un Christian’s No. 1. Un perfume de los caros. Nuez moscada, sándalo y tonka.

—¿Tonka?

—La haba tonka. Una semilla que proviene del árbol Dipteryx odorata, originario de América del Sur —explicó Christian mientras se rociaba la muñeca con el perfume y apreciaba su olor—. Tiene un aroma dulce y almendrado. También tiene clase y, además, buen gusto con la elección del nombre.

—¿«Christian»?

—Exacto. Hecho a mi medida —dijo su amigo con una sonrisa en los labios que se fue desdibujando mientras contemplaba a Jerónimo.

Su mano se encontró de nuevo con la de Jerónimo—.

Estoy tan devastado como tú, jovencito. Venga, vamos a tomar algo primero.

Luego te acompañaré al hospital y haremos las cosas como es debido.

Mientras caminaban, la ciudad zumbaba a su alrededor, ajena al dolor y la incertidumbre que Jerónimo llevaba consigo bajo el brillante sol de un lunes por la mañana.