Capítulo 19
El coche patrulla se deslizó por el garaje de la comisaría de policía. Los oficiales, con expresiones tan impenetrables como el hormigón que los rodeaba, salieron del vehículo, escoltando a Jerónimo. Sus manos permanecían esposadas y su mirada estaba fija en el suelo.
Lo condujeron por un pasillo frío y desolado hasta la recepción.
Uno de los agentes dejó una bolsa con los objetos personales de Jerónimo sobre el mostrador.
Al otro lado, un guardia comía una bolsa de patatas fritas mientras le pasaba una carpeta a su compañero de forma mecánica.
Uno de los agentes que escoltaba a Jerónimo la tomó, buscó un bolígrafo en el mostrador, firmó los papeles y se la devolvió al guardia.
—Pónganlo en la celda tres —ordenó este, limpiándose la boca con la manga.
Jerónimo sintió un pinchazo en el estómago, pero guardó silencio. Ya se había metido en un gran lío él solito. Al fondo, escuchaba el ruido de teléfonos sonando y, mientras avanzaban, notó el zumbido de las radios de los walkie-talkies que llevaban los oficiales.
Pasaron junto a una mujer con la cara pintarrajeada y aspecto cansado que mascaba un chicle aburrida.
Se detuvieron frente a una puerta de metal que recordaba a la caja de seguridad de un banco suizo.
En la parte superior, había una pequeña ventana protegida con barras de acero. Uno de los policías abrió la celda.
Jerónimo echó un vistazo rápido a su interior: un banco de cemento pegado a una pared, un lavabo, un inodoro en una esquina y una estrecha ventana alta que apenas dejaba entrar algo de luz. Un fuerte olor a desinfectante llenaba el aire.
Con un empujón suave, pero decidido, Jerónimo fue introducido en la celda. Acto seguido, le quitaron las esposas.
—Ahora te calmas que dentro de un rato vendrá mi compañero —dijo el policía con una voz carente de inflexión emocional.
—¿Un rato como cuánto? —Antes de terminar la pregunta, Jerónimo se mordió el labio inferior.
Sin dar ninguna respuesta, el policía cerró la puerta con un chirrido.
Permaneció de pie, sintiendo cómo el golpe de ira que había tenido dejaba paso a un abrumador vacío, ahora teñido de miedo y preocupación.
Se sentó en el banco de cemento y observó cómo sus manos temblaban ligeramente.
En la soledad de esa celda, la cruda realidad se asentó en Jerónimo: Erik se había ido y él, por primera vez en mucho tiempo, estaba completamente solo.
Cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, no fue consciente de cuándo se quedó dormido, ni de cuánto tiempo había pasado.
Se despertó al notar una luz que se filtraba por las rendijas de la puerta de metal. Alguien lo observaba desde el otro lado de las barras de acero de la celda. Luego, el chirrido de estas rompió el silencio, abriéndose la puerta y un oficial de guardia entró y lo miró con indiferencia.
—Tiene derecho a una llamada —le dijo tendiéndole un móvil.
Jerónimo extendió despacio la mano. La pantalla iluminada mostraba las 5:17 de la mañana. Marcó un número que conocía de memoria.
—Christian. —Las palabras se quedaron atascadas en la garganta.
—¿Jero? Jerónimo, ¿estás bien? —La voz de su amigo sonaba preocupada.
—Estoy en la comisaría —balbuceó.
Hubo un silencio del otro lado de la línea antes de que Christian respondiera.
—Pásame al policía a cargo.
Jerónimo le extendió el móvil al oficial, quien se retiró al pasillo para hablar con Christian.
Aunque intentó escuchar, las palabras le resultaron ininteligibles.
Cuando el oficial regresó, traía una bandeja con comida, pero Jerónimo la ignoró; no tenía hambre. Se quedó sentado en su rincón, abrazándose las rodillas. El alba comenzaba a filtrar su luz por la ventana, pero su mente estaba en otro lugar, en otro tiempo.
La puerta de la celda se abrió de nuevo.
—Acompáñeme —le indicó un policía joven y delgado que aún mostraba secuelas de un acné adolescente.
Jerónimo hizo lo que le pidió.
La comisaría bullía de actividad. Al final del pasillo, Christian y un hombre moreno de aspecto serio y con una cartera llena de documentos hablaban con el policía a cargo.
El abrazo de Christian fue reconfortante, aunque Jerónimo se encontraba tan agotado que apenas pudo responder al gesto.
—Jovencito, ¿en qué lío te has metido? —le reprochó Christian, mirándole fijamente—. Nunca debería haberte dejado solo. Tenías que haberme llamado. Este es Henry, ¿te acuerdas? Estuvo en la cena de mi cumpleaños.
Un hombre moreno de aspecto serio se acercó. Vestía un traje a medida y llevaba gafas de montura dorada.
Un oficial se acercó con una bolsa de papel marrón que contenía las pertenencias de Jerónimo.
Henry le pasó a Jerónimo unos documentos con jerga legal y le indicó dónde firmar.
—Pueden irse—dijo, recogiendo los papeles firmados—. Yo me quedaré para terminar algunos trámites. Christian, si surge algo, te llamo.
Salieron de la comisaría, pero Jerónimo, en su interior, seguía atrapado.
—Chris —le dijo agarrando a su amigo del brazo—, Erik ha muerto.