Capítulo 18
La morgue se erigía como una extensión oculta detrás del Hospital St Mary, un muro de cemento gris que evocaba los cielos lluviosos.
Era domingo y el exterior del edificio estaba tan muerto como el interior.
El acceso al público estaba restringido.
Entrar en la morgue era una idea tan absurda como desesperada.
Para acceder, Jerónimo no solo tenía que verificar su identidad, sino también establecer su relación con Erik si no era un familiar directo.
Además, debía ser acompañado por alguien del personal, ya fuera un doctor, trabajador social o incluso el capellán del hospital.
Dentro del edificio, el vestíbulo frío y estéril le dio la bienvenida. Las luces fluorescentes bañaban las paredes blancas con una tonalidad azulada, y el aire estaba impregnado con un aroma que mezclaba productos de limpieza con algo menos reconocible.
—Identificación por favor —solicitó el guardia de seguridad con voz monótona, mientras arrastraba los pies con un café de máquina en la mano hacia su puesto.
Despeinado y con un uniforme que parecía haber pasado demasiadas horas en la secadora, el hombre se sentó detrás de su mostrador, dando pequeños soplos al café caliente.
—Estoy aquí por Erik Vinterberg. Mi pareja. Necesito verlo —declaró Jerónimo.
El guardia dejó su café a un lado.
—Usted no puede estar aquí —respondió cruzando los brazos.
Jerónimo insistió:
—Escuche, me acaban de informar que Erik está aquí. Necesito verlo y necesito verlo ahora. ¿Entiende?
La mirada del guardia se suavizó.
—Siento muchísimo su pérdida.
—Solo será un momento —rogó Jerónimo.
El guardia suspiró.
—De verdad que lo siento, pero hoy es domingo. No hay personal aquí que pueda autorizarle el acceso.
—No voy a esperar hasta mañana. —La voz de Jerónimo empezó a elevarse con cada palabra—. Ya ha habido demasiados errores informáticos y se me acabó la paciencia. Hable con quien tenga que hablar, pero no me iré sin ver a Erik.
—No sé de qué me habla, pero de verdad que lo siento mucho. Entienda que hoy es imposible.
—Se lo explicaré de nuevo: no estoy aquí para entender nada. Estoy aquí para que me entiendan a mí. Quiero ver a Erik. Ahora. —Las manos de Jerónimo temblaban mientras las cerraba en puños.
El guardia se frotó la frente.
—Mire. Vaya a casa. Tome una ducha y trate de descansar. Regrese mañana a primera hora de la mañana y podremos ayudarle.
—No sea condescendiente. ¿Es que no me oye? Haga lo que tenga que hacer, pero no me iré de aquí sin ver a Erik.
—Le pido que se calme —le dijo el guardia.
Sin embargo, Jerónimo no podía calmarse. Un fuego ardía en su pecho de ira y desesperación que amenazaba con consumirlo. Las imágenes de Erik pasaban por su mente: riendo, durmiendo, con los ojos llenos de vida. Cada recuerdo era una punzada en su corazón.
De repente, agarró al guardia por la solapa. La furia lo cegaba.
—QUIERO. VER. A. ERIK.
Lo soltó con tal ímpetu que el rostro del guardia palideció. Retrocedió y cogió el teléfono.
—Protocolo Delta. Vengan lo antes posible. Repito, protocolo Delta.
—¿Qué ha dicho? ¿Con quién está hablando? —Jerónimo le arrebató el teléfono—. Escúcheme. Quiero ver a mi pareja Erik y no me voy a ir hasta verlo.
En vez de colgar, Jerónimo lanzó el teléfono contra la pared y pegó una patada a la papelera, esparciendo restos de comida y envoltorios.
Su respiración era rápida y sus manos temblaban.
—¡Necesito ver a Erik! —Golpeó con los puños el mostrador.
El guardia, asustado, retrocedió aún más.
Las puertas se abrieron de golpe y tres agentes de policía entraron.
—Ponga las manos donde podamos verlas y cálmese —ordenó una mujer policía.
—Esto es ridículo —protestó Jerónimo.
—Haga lo que le digo —insistió la agente.
—Quiero comprobar si mi pareja está realmente aquí. —Su voz empezó a perder fuerza.
—Le he dicho que ponga las manos donde podamos verlas —repitió mientras se iban acercando a Jerónimo.
Antes de que pudiera añadir más, dos agentes lo sujetaron y la mujer le esposó.
—Está bajo arresto por alteración del orden público y resistencia a la autoridad. Tiene derecho a permanecer en silencio…
—Esto es ridículo. Ridículo —repetía Jerónimo, aunque en ese momento se dio cuenta de la gravedad de la situación y la ira se transformó en vergüenza. La realidad cayó sobre él como una piedra pesada y fría.
Los policías lo registraron y confiscaron todas sus pertenencias. Luego, lo sacaron del edificio esposado. Mientras lo introducían en el asiento trasero del coche patrulla, uno de ellos se giró hacia él:
—Lo llevamos a comisaría.
Jerónimo no dijo nada.
Sus ojos se clavaron en la puerta de la morgue.
Erik… , pensó.
Había perdido la cabeza y se daba asco por ello. Y justo entonces, en ese mismo instante, las lágrimas escaparon de sus ojos como si cada gota fuese una pieza de la vida que había perdido. Fue un llanto silencioso.