Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 17
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Capítulo 17

Sentado en el pasillo del hospital, Jerónimo sujetaba un vaso de plástico a medio llenar, mirando las ondas que se formaban en el agua cada vez que su mano temblaba.

Las lágrimas no llegaron, al menos no todavía. En su lugar, el shock cubrió todo su ser, como una capa de hielo que congelaba su piel y sus emociones. El ansiolítico que el doctor Bailey le había suministrado debía estar haciendo efecto, pero no lo suficiente.

—¿Necesita más agua? —Una voz de mujer rompió el silencio.

Jerónimo levantó la vista y encontró a una enfermera de pie frente a él, con un moño apretado en la nuca y salpicado de hilos grises. Una piedra amatista colgaba de su cuello, brillando bajo la luz fluorescente del pasillo.

—No, gracias —contestó Jerónimo.

—¿Puedo sentarme?

—Claro —asintió.

—Me llamo Amelia Thompson —se presentó la enfermera con un leve acento australiano—. Trabajo aquí desde hace veinte años. Somos criaturas de hábitos, ¿sabe? Nunca he solicitado un traslado. Me gusta estar cerca de casa y, después de tanto tiempo, una se acostumbra.

Las palabras de Amelia sonaban distantes para Jerónimo, quien, envuelto en sus pensamientos, soltó:

—Es absurdo —dijo mirando la nada—. Siento que Erik sigue vivo.

La enfermera Amelia lo observó con ojos llenos de una comprensión que él mismo no se encontraba capaz de tener en ese instante.

—No es absurdo —dijo ella acariciando el colgante—. Es completamente normal sentirse así.

El silencio se impuso durante unos segundos.

—Anoche, el doctor Schmitt pasó por la habitación y, de alguna manera, sentí un mal presagio cuando empezó a hablar de la donación de órganos.

—¿Durante la noche? —preguntó ella, extrañada.

Jerónimo parpadeó, intentando recordar la conversación.

—Me habló sobre las diferentes opciones en caso de que Erik falleciera. Me pidió firmar unos documentos para donar los órganos. Me explicó que era un procedimiento rutinario.

La enfermera dejó de acariciar la amatista.

—Habrán cambiado el protocolo. Los doctores hacen turno de noche en urgencias, no aquí. Y la donación de órganos es un proceso riguroso que requiere de testigos, que yo sepa.

Jerónimo levantó la mirada hacia la enfermera, tomando un momento para recapacitar fríamente sobre la situación.

El cuerpo de Erik reposaba en la morgue y le pedían que fuera paciente hasta que lo llamaran, pero algo en su interior se negaba a aceptar la realidad.

Los sistemas informáticos de un hospital eran vitales para el funcionamiento eficiente y para garantizar la seguridad de sus pacientes.

El hospital había admitido fallos en el sistema informático, obligándoles a reiniciar y reorganizar la información.

Quizás se trató de un error en la comunicación entre departamentos.

O podría haber sido un fallo en la transferencia de datos.

Incluso, podría ser un simple error humano al interpretar la información.

O peor aún, un ciberataque. ¿Y si todo fuera un error mayor del que le estaban contando?

Comenzó a dudar que el personal hubiera sido informado completamente de la situación.

Podía seguir el consejo del doctor Bailey: esperar a que lo llamaran de la morgue o llamar a su viejo amigo Christian. Pero eso no es lo que decidió hacer.

Sin más, se puso de pie.

—Vuelvo a casa —le mintió a la enfermera.

—Quizá sea lo mejor —asintió ella.

Jerónimo se terminó el agua y tiró el vaso de plástico a la papelera. Comenzó a caminar, pero no hacia su casa. Se dirigía a la morgue. Necesitaba ver con sus propios ojos a Erik. Por absurdo que pareciese, Jerónimo sentía que Erik seguía vivo.