Capítulo 16
Tras una marcha acelerada que dejó sus músculos tensos y gotas de sudor en su frente, Jerónimo llegó al Hospital St Mary. Apoyó ambas manos sobre el mostrador y se inclinó hacia la joven enfermera.
—Estoy de vuelta. ¿Te acuerdas de mí? —Los ojos de Jerónimo buscaron los de ella—. ¿Te acuerdas de que me dijiste que Erik había sido trasladado al hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía en Queen Square? Pues te equivocaste tú y tu sistema.
—Sí —la enfermera titubeó—, nos acaban de llamar.
—Hace veinticuatro minutos, para ser exacto. Estaba allí cuando os llamaron. Así que, con tu permiso o sin él, iré a ver a Erik ahora.
Antes de que la enfermera pudiera responder, Jerónimo se había dado la vuelta avanzando por el pasillo del hospital a grandes pasos.
Se secó el sudor de la frente con un gesto rápido y siguió las placas de las habitaciones hasta que finalmente llegó a la de Erik.
Paró en seco y tomó aliento antes de abrir la puerta.
Pero al hacerlo, se encontró con una realidad que rozaba el absurdo: la habitación estaba vacía como si Erik jamás hubiera existido.
En la cama, donde debería reposar rodeado de máquinas, monitores y cables, no había rastro de su presencia.
Su estómago se contrajo y la confusión se apoderó de su mente. Desorientado, comprobó el número de la habitación. No estaba equivocado. Allí había dejado a Erik hacía unas horas.
El pánico lo embargó.
Una oleada de adrenalina pura recorrió su cuerpo.
El corazón martilleaba en su pecho con tanta fuerza que cada latido parecía querer romper su caja torácica.
El aire se sintió denso y casi irrespirable.
Alguien en este maldito hospital iba a decirle lo que había pasado, o tendrían que enfrentarse a una versión de Jerónimo que ni siquiera él mismo sabía que existía.
Una voz grave sonó detrás de él.
—Su pareja no está aquí. Eso es lo que intentaba explicarle la enfermera en recepción.
Jerónimo apoyó la mano en el marco de la puerta y giró despacio.
Frente a él había un hombre de mediana edad, con evidentes signos de cansancio y un estetoscopio alrededor de su cuello, como una pesada medalla al servicio.
—¿Cómo dice? —preguntó Jerónimo confuso.
—Soy el doctor John Bailey —se presentó y abrió la mano invitándolo a que lo acompañara—. Por favor, sígame y le explicaré todo.
Con un nudo en el estómago, Jerónimo siguió al doctor por el pasillo.
Sintió los gemelos tensos de la caminata que había dado para llegar al hospital lo antes posible.
Sintió el cansancio de haber dormido un par de horas en una silla de hospital.
Sintió el pecho y los brazos doloridos por haber estado cargando y descargando cajas.
Pero lo que realmente le dominaba era el sentimiento de miedo.
Llegaron a una habitación que no era más grande que una despensa de comida. El doctor cerró la puerta detrás de él y le indicó a Jerónimo que se sentara. Este obedeció, observando los movimientos del doctor con suma atención.
Las luces fluorescentes parpadeaban suavemente, bañando la sala con un brillo clínico. No había mesa entre ellos, solo el espacio reducido de la habitación y un silencio que parecía eterno.
Cada latido del corazón de Jerónimo resonaba en sus oídos.
—Quiero ver a Erik.
—Su pareja no está aquí —respondió el doctor con cautela.
—¿Cómo que no? —interrumpió Jerónimo con voz desesperada.
El doctor levantó la mano en un intento por tranquilizarlo.
—Permítame explicarle. Hemos tenido problemas con nuestro sistema informático y eso generó la confusión. La verdad, no soy experto en ese ámbito.
—¿No me va a decir que Erik sí fue trasladado al hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía? Porque allí me dijeron otra cosa —volvió a interrumpir Jerónimo.
El doctor pausó un momento, buscando las palabras adecuadas.
—Su pareja fue trasladada, pero a otra área de este mismo hospital.
—Dígame dónde está Erik y deje de jugar a las adivinanzas.
El doctor respiró y, al exhalar, las palabras cayeron como una losa en el pecho de Jerónimo, robándole el aliento.
—Lamento tener que informarle que Erik ha fallecido. Lo siento muchísimo.
Las palabras del doctor sonaban distantes y lentas para Jerónimo, como si las escuchara bajo el agua. El tiempo se detuvo para él y sintió como si un vórtice oscuro lo hubiera arrastrado hacia un abismo insondable.
Erik ha fallecido .
Su estómago se revolvió. Un aluvión de náuseas y desesperación luchaban por encontrar salida. Las paredes de la habitación parecían acercarse, encogiéndose hasta que casi podía sentir su presión física sobre él.
—¿Qué… qué está diciendo? —tartamudeó, buscando las palabras—. Me dijeron que había un error en el sistema, no que Erik estaba… que él estaba…
La incredulidad en su voz era palpable. Con las manos se apretaba las rodillas, buscando un agarre a la realidad.
El médico continuó con tono profesional, pero cargado de empatía.
—He revisado el informe. Erik sufrió un paro cardíaco hace un par de horas. Mis compañeros intentaron todo, sin embargo, no pudieron reanimarlo. Hemos trasladado su cuerpo a la morgue del hospital. Puede verlo cuando esté listo.
—¿Cómo… cómo es posible?
Jerónimo tragó saliva, sintiendo que su corazón se hundía aún más, si es que eso era posible. El aire se volvió pesado y su boca se secó, como si de repente estuviera respirando arena en lugar de aire.
—En este momento —continuó el doctor Bailey—, el equipo de la morgue necesita hacer su trabajo. Tienen que realizar una serie de procedimientos post mortem , que incluyen la preparación del cuerpo, la documentación necesaria y, en algunos casos, una autopsia.
—Quiero verlo ahora —susurró Jerónimo.
El doctor lo observó, manteniendo su expresión calmada.
—Por lo general, este proceso puede llevar algunas horas, a veces incluso un día entero. Le prometo que haremos todo lo necesario para que pueda despedirse de su pareja tan pronto como sea posible.
—No puedo esperar.
—Lo siento muchísimo —reiteró el doctor con mirada sincera—. Entiendo que esto es inesperado y extremadamente doloroso para usted. Si necesita asesoramiento o apoyo, contamos con un equipo especializado aquí en el hospital.
—¿No me está escuchando? —Jerónimo alzó la voz, dejando traslucir su dolor—. He dicho que quiero ver a Erik.
El doctor intentó apaciguar la situación.
—Entiendo su dolor. ¿Quiere hablar con algún amigo o pariente?
Jerónimo negó con la cabeza, su mirada clavada en el suelo y luego, como impulsado por un resorte, se puso de pie, luchando contra un repentino mareo.
—No. —Su voz salió de lo más profundo de su ser—. Quiero ver a Erik y lo quiero ver ahora. —El doctor lo observó, manteniendo su expresión calmada—. ¿No me está escuchando? He dicho que quiero ver a Erik y lo quiero ver ahora.