Capítulo 15
El doctor Jakob Schmitt se encontraba en la posición acordada, mirando su reloj constantemente. Le parecía que el tiempo transcurría más lento. Caminaba por el pasillo en dirección contraria a sus colegas.
Un celador sobornado, con aspecto de fontanero con resaca, lo acompañaba como escolta.
El doctor se ajustó el auricular que llevaba.
—¿Has reemplazado la información en el sistema?
—Eso no se pregunta —respondió Jamal—. He añadido los datos que me pediste al historial de la mercancía.
—¿Y has trasladado al periodista entrometido a un área más segura del hospital?
—Deja de cuestionar mi trabajo —dijo el hacker , irritado—. Mis resultados son siempre impecables. ¿Estás en la posición que te mandé?
—Dame la ubicación de nuevo —pidió el doctor. El hacker le indicó el lugar al que debía dirigirse—. ¿Estás seguro?
—Tanto como que dos y dos son cuatro —respondió él.
El doctor empezó a sudar.
—Revisa de nuevo —insistió, mirando cautelosamente el pasillo—. Y date prisa antes de que alguien se dé cuenta. —Luego, dirigiéndose al celador, agregó—: No te pueden ver aquí. Escóndete en el baño y te aviso cuando sea el momento.
El celador asintió y se escondió en el baño.
Pasaron unos minutos.
El doctor Schmitt esperaba la respuesta del hacker , intentando pasar desapercibido en el pasillo del hospital. Esta sería su última operación.
Jakob Schmitt había crecido en un pequeño pueblo al borde de los Alpes austriacos.
A los dieciocho años, se trasladó a Viena para estudiar medicina con una beca del estado.
Más tarde, un programa de especialización lo llevó a Londres.
Tras graduarse con honores, se casó con Elisa, una compañera de estudios.
Juntos, iniciaron su vida profesional en uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad.
Sin embargo, la felicidad se truncó cuando Elisa fue diagnosticada con una enfermedad renal crónica avanzada.
A pesar de los esfuerzos de Jakob, no encontraban un donante compatible.
Su vida se complicó aún más cuando le retiraron su licencia médica por tráfico de influencias.
Desesperado y abandonado por amigos y colegas, se adentró en el oscuro mundo del tráfico de órganos.
Una organización clandestina le proporcionó una licencia falsa y le propuso un trato: a cambio de sus habilidades como cirujano, ellos le proporcionarían un riñón para Elisa.
Con su profundo resentimiento hacia el sistema sanitario y con la vida de su esposa en juego, ¿cómo podía rechazar semejante oferta?
Esta sería su última operación , se repitió.
Después, recibiría el riñón que salvaría a Elisa y abandonarían Inglaterra para empezar una nueva vida en Austria, lejos de los errores y las injusticias del pasado.
El doctor Schmitt escuchó la voz de Jamal de nuevo a través de los auriculares.
—La ubicación es correcta —confirmó el hacker .
El doctor se acercó a la cama y quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
Aquellos breves segundos le parecieron eternos, sumido en un intento de asimilar la escena frente a él.
Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza, como si la brisa fría de la muerte rozara su piel y le diera la bienvenida.
Pensó en Elisa y la idea de un futuro sin ella se hacía ahora insoportablemente tangible.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los dientes chirriaron a punto de reventarse en pedazos.
Cuando finalmente habló, el miedo era palpable en su voz.
—No te va a gustar lo que tengo que decirte.