Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 14
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Capítulo 14

El Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía se encontraba a poco más de cuatro kilómetros hacia el este del centro de Londres, situado en Queen Square y a escasos minutos a pie del British Museum.

Era un domingo por la mañana. Aunque las calles estaban menos concurridas que en días laborables, Londres, en su esencia, nunca descansaba.

Jerónimo, con el rostro marcado por la preocupación, tomó la línea de metro Central Line desde la estación de Lancaster hasta la estación Holborn.

Al salir a la calle, se sintió como un pez fuera del agua, sorteando turistas desorientados que parecían haber olvidado cómo andar en línea recta y taxis que zumbaban a su alrededor como moscas.

Cada minuto le parecía eterno y cada pequeño inconveniente se magnificaba.

El hospital era uno de los centros médicos más prestigiosos de su tipo.

Su imponente fachada georgiana, de ladrillos rojos oscuros y ventanas enmarcadas en blanco, se alzaba como un testamento al poder del imperio británico.

El edificio daba al Queen Square Gardens, un pequeño remanso de paz rodeado de árboles que protegían del incesante ruido de la ciudad.

Entró al vestíbulo.

Dentro, la luminosidad natural que se filtraba por el techo de cristal iluminaba un recinto adornado con placas y cuadros que conmemoraban logros médicos.

A la derecha, Jerónimo observó un mostrador de recepción de mármol blanco.

Detrás, un enfermero mayor, con una postura encorvada y unas gafas de montura de carey tan gruesas que podrían ser dos lupas descansaban en la punta de la nariz.

—Vengo del Hospital St Mary —le dijo Jerónimo con urgencia—. Me informaron que trasladaron aquí a mi pareja, Erik Vinterberg. Necesito verlo.

El enfermero lo escudriñó de arriba abajo.

—¿Tiene algún documento o identificación que pueda facilitar la búsqueda?

Jerónimo rebuscó en la mochila.

—Aquí tiene su carné de conducir.

—¿Es familia directa?

—Ya se lo he dicho. Pareja —respondió Jerónimo marcando la última palabra.

El enfermero tomó el carné, tecleó y negó con la cabeza.

—No.

—¿No qué?

—No tenemos a ningún Erik Vinterberg aquí.

La noticia golpeó a Jerónimo como una tonelada de ladrillos.

—¿Cómo es posible?

—Porque estará en el hospital equivocado —respondió el enfermero con indiferencia.

—No me voy hasta que no encuentre a Erik.

El enfermero se quitó las gafas.

—¿Quiere que llame a seguridad?

—Quiero que llame a su superior —respondió él, cruzando los brazos y manteniendo la mirada.

El enfermero lo evaluó. Tras un breve silencio, señaló un banco.

—Siéntese —indicó con la mano que sostenía las gafas.

Jerónimo se sentó, sintiendo como si su corazón estuviera siendo apretado por un puño invisible.

Unos minutos después, una joven doctora se acercó al mostrador.

Su apariencia informal era la antítesis del entorno en el que se encontraba.

Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y zapatillas deportivas que parecían más adecuadas para un gimnasio que para un hospital.

El enfermero señaló a Jerónimo sin decir nada con una expresión que mezclaba fastidio y resignación.

—Mi pareja, Erik Vinterberg, tuvo un accidente de tráfico y sufrió un traumatismo craneoencefálico —explicó Jerónimo—. Fue ingresado en el Hospital St Mary, pero me dijeron que lo habían trasladado aquí.

—Eso dice —añadió el enfermero.

—Eso me dijeron —repitió Jerónimo—. No me iré hasta que sepa dónde está.

—¿Qué razón le dieron? —preguntó la doctora.

—Falta de personal especializado.

Ella pareció sorprendida por esa respuesta.

—¿Le dijeron que se presentara aquí?

—No, pero no puedo esperar sin hacer nada. Necesito saber dónde está Erik.

—Entiendo su preocupación —asintió la doctora—. Voy a averiguarlo. —Luego se dirigió al enfermero—: Póngame con el Hospital St Mary, por favor.

Después de unos largos y tensos minutos en los que la doctora escuchaba al otro lado del teléfono, colgó y miró a Jerónimo.

—Parece que hubo un malentendido. Erik no fue trasladado aquí. Aún está en el Hospital St Mary.

Un torrente de emociones inundó a Jerónimo: alivio, enojo, incredulidad; cada una luchando por ser la emoción dominante.

—¿Cómo pueden cometer un error así?

—Tiene toda la razón —dijo la doctora con sinceridad—. Lamento la confusión y el estrés que ha causado. Por favor, vuelva al Hospital St Mary. Asegúrese de informarles sobre este malentendido y haremos todo lo posible para corregir la situación.

—¿Le mencionaron el estado de mi pareja? —preguntó Jerónimo, ansioso.

La doctora vaciló un momento y su rostro adquirió seriedad.

—Creo que lo mejor es que vaya al Hospital St Mary lo más pronto posible. —Hizo una pequeña pausa—. Ellos podrán proporcionarle toda la información. Dese prisa.

Jerónimo salió del hospital tan rápido como pudo. Su cuerpo se movía en piloto automático mientras su mente intentaba dar una explicación a la situación.