Capítulo 12
Al regresar al hospital, Jerónimo sintió una especie de sexto sentido que lo impulsó a detenerse frente a una furgoneta mal aparcada en la entrada. Era blanca, con los bordes desgastados y una fina capa de polvo, dándole un aire de abandono.
Aunque no había nada particularmente llamativo sobre el vehículo, unas pequeñas antenas y placas solares en el techo captaron su atención. Una inquietante sensación, como una brisa helada, le recorrió la espalda.
Jerónimo se quedó unos momentos, escuchando con atención cualquier ruido proveniente del interior, pero todo estaba en silencio. Intentó mirar, aunque las ventanas tintadas le impidieron ver lo que había dentro.
Una sensación inexplicable lo invadió y lo impulsó a acercarse más al vehículo.
Golpeó la puerta lateral en espera de alguna respuesta, pero nada perturbó el silencio.
Sacudió la cabeza para deshacerse de esa sensación de inquietud.
Supuso que su preocupación por la situación de Erik le estaba afectando.
Lanzó una última mirada hacia la furgoneta y consideró que, tal vez, los ocupantes se habían bajado por un breve instante y regresarían pronto.
Estaba seguro de que, en algún momento del día, un controlador de estacionamiento pasaría y multaría al dueño de la furgoneta.
Respiró hondo, aspirando el aire fresco de la mañana, y regresó al hospital.
Subió las escaleras a pie y se acercó al mostrador de recepción.
Aunque el hospital aún no lo había llamado, deseaba saber la hora exacta en que el médico pasaría a ver a Erik.
Al llegar a la recepción, Jerónimo se encontró con una joven enfermera detrás del mostrador, absorta en su sándwich de atún y con la mirada pegada a la pantalla del ordenador. Un bolígrafo multicolor, enredado en su moño, destellaba con cada movimiento que hacía.
—Disculpe —dijo Jerónimo, nervioso—, estoy con mi pareja, Erik Vinterberg. ¿Ha pasado ya el doctor?
La joven enfermera dejó el sándwich a un lado mientras procesaba la información.
—Deme un momento, por favor —respondió ella, moviendo los dedos con rapidez sobre el teclado—. Llevamos todo el día con fallos informáticos y el sistema va más lento que una tortuga. Vamos a ver.
Antes de que pudiera continuar, una pareja mayor captó la atención de Jerónimo.
Parecían vestidos para la misa del domingo. Sin embargo, cuando la mujer apoyó la cabeza en el hombro de su marido y este cerró los ojos desconsolado, Jerónimo sintió un nudo en la garganta, intuyendo que aquella pareja había recibido noticias muy tristes.
La voz de la enfermera lo sacó de sus pensamientos:
—Erik Vinterberg fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos hace aproximadamente una hora debido a un cambio en su estado.
—¿Por qué no me avisaron de ese traslado?
—No sé. Lo siento mucho.
—¿Cómo está? —insistió Jerónimo.
—Está de camino.
—¿De camino a dónde?
—Aquí pone que ha sido trasladado a otro hospital —explicó la enfermera.
Jerónimo frunció el ceño, confundido.
—¿Pero cómo es eso posible?
—Eso es lo que me dice el sistema —respondió ella, señalando la pantalla—. ¿Quiere esperar a ver al doctor? Se ha retrasado, pero debería llegar en cualquier momento.
La intranquilidad se adueñó de Jerónimo.
—No quiero esperar más. Quiero ver a Erik y lo quiero ver ahora.
La enfermera cogió el teléfono mientras se limpiaba unas migajas con la servilleta. Tras un breve intercambio, colgó y dijo:
—Están reactivando el sistema y no puedo ofrecerle más detalles en este momento. Es cuestión de poco tiempo.
—¿De qué poco estamos hablando?
—No le sabría decir con seguridad. No hay razón para alarmarse. Espere aquí a que pase el doctor.
—¿Podría hablar con alguien a cargo? —exigió Jerónimo.
La enfermera suspiró con resignación.
—Se lo estoy diciendo.
—Yo también se lo estoy diciendo.
Ella movió ligeramente la cabeza.
—Está bien —dijo con tono de derrota—. Tome asiento. Avisaré al encargado de planta.
—Gracias —respondió él en voz baja, aunque no estaba seguro de que la enfermera lo hubiera escuchado.
Jerónimo se apartó del mostrador, pero no se sentó. En lugar de eso, empezó a caminar de un lado a otro.
Desde el fondo del corredor, un enfermero de bata blanca y rasgos asiáticos se acercó con paso ligero.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó con voz amable.
—Han trasladado a mi pareja, Erik Vinterberg, pero su compañera no me puede dar más detalles.
El encargado de planta asintió.
—Hemos tenido problemas con el sistema. Lo estamos reiniciando y no tenemos acceso a toda la información. Permítame un momento.
Acto seguido, se movió detrás del mostrador y comenzó a teclear rápidamente en el ordenador. Después de unos segundos, invitó a la enfermera a acercarse para que pudiera ver la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó Jerónimo, cada vez más preocupado.
—Erik Vinterberg ha sido trasladado a otro hospital —explicó el enfermero con calma—. Le aseguro que no hay motivo para alarmarse. Es lo mejor para él.
—¿Por qué no fui informado?
—Eso no lo sé —se disculpó el enfermero—.
Pero en casos de traumatismo craneoencefálico severo, es crucial que el paciente reciba la atención más especializada posible.
Lamentablemente, carecemos del personal experto para tratar complicaciones avanzadas o realizar intervenciones neuroquirúrgicas de alta especialidad. ¿Entiende?
Jerónimo tomó una profunda bocanada de aire.
—Entiendo.
—Es lo mejor para él —añadió el enfermero, tratando de tranquilizarlo.
Jerónimo hizo una pausa, absorbiendo la información.
—Dígame otra vez a qué hospital han llevado a mi pareja.
—Cerca de aquí. El Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía en Queen Square. ¿Sabe cómo llegar?
Jerónimo asintió y, sin decir palabra, salió del hospital.
A medida que avanzaba, sus pasos se aceleraban y un presentimiento inquietante se apoderó de él. En cuanto viera a Erik otra vez, se sentiría más tranquilo.