Capítulo 11
Elisa Vogel, la esposa del doctor Jakob Schmitt, ingresó en el hospital hace unos meses utilizando solo su apellido de soltera. A pesar de estar casada, se referían a ella simplemente como Ms. Vogel o señorita Vogel, ya que nadie tenía que saber que estaba casada con el doctor Schmitt.
Padecía una enfermedad renal crónica avanzada que requería diálisis para mantenerla con vida.
Los riñones de Elisa ya no podían eliminar de manera eficaz los desechos y el exceso de líquidos de su cuerpo.
Esta insuficiencia la dejaba constantemente agotada y débil.
Aunque la diálisis era su única opción de supervivencia, el tratamiento, lejos de ser un alivio completo, la dejaba aún más debilitada.
Además, el procedimiento implicaba sus propios riesgos y complicaciones.
Lo que había comenzado siendo sesiones de diálisis semanales, con el tiempo se intensificó, pasando a requerir el tratamiento tres veces por semana.
La situación se había vuelto tan crítica que Elisa debía permanecer hospitalizada para someterse a diálisis en días alternos.
Cada una de estas sesiones podía extenderse hasta cuatro horas.
Dada la seriedad de su condición y el riguroso régimen del tratamiento, necesitaba la atención constante del personal sanitario.
Estaban alerta para actuar ante cualquier complicación imprevista.
La esperanza de un trasplante de riñón, que nunca parecía llegar, se volvía cada vez más crucial.
El cuerpo de Elisa, delgado y frágil, se asemejaba más al de una anciana que al de una mujer que apenas había superado los cuarenta.
Su piel, que en algún momento irradiaba juventud, ahora estaba pálida y sin vida, reflejando su estado físico.
Los ojos azules, que en otro tiempo brillaban con alegría, ahora se mostraban acuosos y cansados.
—Hola, doctor Schmitt —saludó Elisa con una sonrisa cómplice en su rostro marcado por el cansancio.
El doctor Jakob Schmitt mantuvo la seriedad profesional.
—¿Cómo se encuentra?
La cara de Elisa copió la expresión seria del doctor.
—Igual.
—¿Algún progreso? —preguntó mirando el informe de la paciente.
Elisa soltó una risa suave que más parecía un suspiro.
—No lo llamaría progreso. Más bien retroceso.
El doctor Schmitt alzó la mirada. Sus ojos se suavizaron al encontrarse con los de Elisa.
—Poder verte y hablar contigo cada día es una victoria —susurró, y un silencio se interpuso entre ellos. Luego, carraspeó y retomó su tono profesional—. Seguirá con el mismo tratamiento que ha seguido y…
—¿Hasta cuándo? —lo interrumpió ella.
—¿Cómo que hasta cuándo? Hasta que entre en quirófano y reciba el trasplante que está esperando —contestó, cerrando la puerta de la habitación para mantener la conversación en privado y en alemán—. Hago todo lo posible, Elisa. Cada día que pasa es un día más cerca de conseguirte ese riñón.
Ella negó con la cabeza, y su pelo fino y rubio se agitó.
—¿No sería mejor si… si simplemente abandonáramos toda esperanza? Podrías volver a Austria, empezar una nueva vida.
El doctor Schmitt se puso rígido.
—No te dejaré morir.
—Pero ya estoy muerta, Jakob —dijo Elisa con un hilo de voz—. Siento que estoy muerta. Siento que ya no estoy aquí. Estoy cansada, tan cansada.
—Siempre hay esperanza —replicó el doctor Schmitt, aunque su voz tembló—. No podemos rendirnos.
—¿Y si el trasplante nunca llega?
—Pero sabemos que llegará.
—¿Y si soy yo la que no llego?
Los hombros del doctor cayeron por momentos. Agarró la mano de su mujer, apretándola con fuerza como si no quisiera que escapase.
—Pronto tendrás tu riñón.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó ella con ojos de asombro.
—Porque te lo prometí —respondió lleno de esperanza—. Haría cualquier cosa por ti, lo sabes.
Elisa lo miró intensamente.
—Jakob, ¿qué está pasando?
Él apartó un mechón de cabello de su frente.
—No preguntes más —dijo, levantándose—. Tienes que descansar. Yo debo irme.
—Jakob…
—Haré un pequeño ajuste en el tratamiento, pero prométeme que seguirás luchando.
Elisa intentó hablar una vez más, aunque no pudo. Desvió la mirada antes de responder.
—Promete tú que serás fuerte también —dijo ella.
Con esas palabras, el doctor Schmitt sintió que su corazón se partía un poco más. Abrió la puerta, retomando la distancia entre doctor y paciente. Nadie debía conocer la verdadera relación entre ellos.
Pronto , se dijo el doctor Schmitt, todo cambiará muy pronto .