Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 10
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Capítulo 10

La estación de Paddington, en el corazón de la ciudad, era una de las más importantes de Londres.

Jerónimo sacó su móvil y, mediante la aplicación del mapa de Google, buscó la dirección que aparecía en la tarjeta. Estaba a solo quince minutos a pie.

Caminó entre calles repletas de hoteles y, más adelante, llegó al borde del Hyde Park.

A medida que avanzaba, elegantes fachadas contrastaban con los modernos edificios de acero y cristal.

En las ventanas de las casas, geranios en flor y hiedras trepadoras adornaban los alféizares y, de vez en cuando, se podía ver una bicicleta apoyada contra una pared.

Siguiendo las indicaciones de su móvil, se adentró en una callejuela adoquinada que parecía haberse detenido en el tiempo.

Al final de la calle, encontró la tienda de antigüedades bajo la sombra de un viejo árbol, en un edificio de ladrillo de la época victoriana.

Un letrero de madera anunciaba: El Baúl de Paddington en letras doradas.

Las ventanas de vidrio biselado mostraban los tesoros de épocas pasadas, atrayendo a curiosos y turistas.

Jerónimo, algo escéptico, se preguntó cuántos de esos objetos eran genuinamente antiguos y cuántos meras imitaciones para atraer a los visitantes.

Al empujar la puerta, una campanilla sonó en señal de bienvenida y una corriente misteriosa lo envolvió, como si hubiese retrocedido en el tiempo.

El interior olía a madera antigua y a baúl cerrado, acorde con el nombre de la tienda.

La tenue luz que se filtraba a través de cortinas de encaje daba al lugar un ambiente suave y acogedor.

Aunque era un espacio pequeño, la tienda estaba repleta de objetos que contaban historias de tiempos pasados.

Desde cámaras antiguas hasta gramófonos de principios del siglo veinte, cada pieza era un fragmento de otro tiempo.

El dependiente, un anciano paticorto y de andares inquietos, se acercó a Jerónimo dándole los buenos días.

—Eres el primer cliente de la mañana —dijo con tono dulzón y gesto amable. Su cabello blanco como la nieve y una barba larga le daban un aire de sabio de cuentos de hadas.

—Espero no ser el último.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el dependiente, observando el semblante confuso de Jerónimo.

—Tengo esta tarjeta de mi pareja… ¿Podrías darme información al respecto?

—Déjame ver —dijo cogiéndola—. Es un encargo. ¿Ves? Aquí tiene el número. Voy a consultarlo.

El dependiente dio la vuelta al mostrador y abrió un viejo libro de entradas. Pasó el dedo por una columna hasta detenerse.

—Aquí está —dijo—. ¿Cómo te lo vas a llevar?

Jerónimo parpadeó.

—¿Llevar qué?

—El pedido, ¿qué va a ser si no?

—No sabía que era un pedido.

El viejo dependiente se rascó la barba.

—¿No te dijo nada tu pareja?

Jerónimo respiró hondo.

—Mi pareja tuvo un accidente de tráfico bastante grave. Está en coma en el Hospital St Mary. En su billetera hallé esa tarjeta y sentí curiosidad…

—Cuánto lo siento —dijo el dependiente. Se acercó a Jerónimo y luego señaló un escritorio—. Ahí tienes el encargo.

Jerónimo observó el mueble.

—¿Eso?

—Sí, señor. Un mueble exquisito, de finales del siglo diecinueve. Se nota que tu pareja tiene buen gusto. Un coleccionista nos lo trajo hace unos meses. Mencionó que perteneció a un famoso escritor. ¿Has oído hablar de Arthur Conan Doyle?

—Por favor, dime la verdad. No soy un turista y tampoco estoy de humor.

El viejo dependiente carraspeó.

—Todo es cierto, excepto lo de Conan Doyle. Eso es mera especulación.

—Es decir, mentira —le corrigió Jerónimo.

El dependiente apretó los labios y su barba blanca se encogió por momentos.

—Yo lo llamaría especulación.

—Yo no —respondió sin quitar los ojos del escritorio—. Es precioso.

Jerónimo acarició la superficie del mueble, sintiendo las sutiles imperfecciones bajo la punta de sus dedos.

Era una joya de la época victoriana, confeccionada en madera de roble macizo.

Se detuvo a estudiar los intrincados dibujos en los bordes y en las patas.

Sobre todo, el tablero de escritura revestido en cuero verde, desgastado por el tiempo, llamó su atención.

Al abrir uno de los cajones, un aroma añejo y envolvente lo embriagó.

La emoción inicial de ver aquel regalo se vio opacada por una devastadora comprensión. El retraso, el inesperado desvío a la zona de Paddington y esa misteriosa tarjeta con un número de encargo en el reverso.

De repente, todo encajó.

Ahora entendía el secretismo de su pareja.

Erik salió del condado de Essex con la intención de recoger ese escritorio de época y se daría prisa por llegar lo antes posible al apartamento.

Era un regalo, una sorpresa.

Pero la impaciencia y el cabreo que había sentido Jerónimo esperando a Erik, se transformaron ahora en un cuchillo que se retorcía en su estómago.

—El escritorio, joven, aún no está pagado —dijo el dependiente despertándolo de su tortura emocional—, pero estoy seguro de que tu pareja…

—¿Cómo dice?

—Son 4 800 libras, aunque dadas las circunstancias podría hacerte un descuento.

—¿Un descuento de cuánto?

—Te lo dejaría en 4 150 libras —dijo el viejo dependiente, moviendo los dedos expectante.

La ilusión de Jerónimo se desinfló como un globo.

—No puedo pagarlo. Soy un traductor en paro. No dispongo de esa cantidad de dinero.

El viejo dependiente dio la vuelta y volvió al mostrador.

—Vaya. No sé qué decirte —dijo, cerrando el libro de encargos.

—No tienes que decir nada. Simplemente, no lo puedo comprar. No te molesto más. Gracias por todo.

Jerónimo salió de la tienda arrastrando el alma. La culpa estrangulaba su conciencia y la tristeza le partía el corazón. Ahora sabía la verdad del retraso de Erik y le hacía sentir el hombre más malvado del mundo.