Capítulo 9
Jerónimo despertó al caer de la silla al suelo cuando intentaba buscar una postura más cómoda.
Despertó de golpe, literalmente. Exhaló un gemido de dolor mientras trataba de levantarse.
Miró a Erik y expulsó el aire con fuerza, como si de alguna manera intentara insuflarle vida.
Entró en el baño y se lavó la cara, evitando mirarse en el espejo.
Regresó al lado de su pareja, le dio un beso en los labios y salió de la habitación para dirigirse a recepción.
Allí preguntó cuándo llegaría el doctor. Eran pasadas las siete de la mañana y la enfermera le indicó que tendría que esperar hasta media mañana. Tenía por delante unas tres horas de agonizante espera.
La enfermera sugirió que podría volver a casa y que lo llamarían por teléfono si era necesario, pero Jerónimo no quería alejarse de Erik.
Decidió salir a la calle a respirar un poco de aire fresco. Llamó a Christian, quien también insistió en que regresara a casa, pero Jerónimo no quería irse muy lejos. Cuando hablase con el doctor, volvería al apartamento a darse una ducha y recoger algunas cosas.
El cielo de Londres estaba encapotado esa mañana.
A su izquierda, la vista se extendía hacia el centro de la ciudad y, a la derecha, a pocos minutos, se encontraba la estación de Paddington.
Ya fuese un día entre semana o un domingo temprano como ese, la calle siempre estaba repleta de personas de todas las nacionalidades y estatus sociales.
Eso era Londres. Gente que esperaba el autobús o se dirigía hacia la estación de Paddington. Turistas con maletas que llegaban a sus hoteles o salían dispuestos a explorar la ciudad temprano.
Buscó con la mirada algún sitio para desayunar. Cruzó la calle hacia la cafetería Costa. Entró y pidió un café doble y un cruasán relleno de crema de almendra. Se sentó junto al gran ventanal que daba a Praed Street.
Afuera, una mujer joven medio tumbada sobre un cartón en la entrada de la cafetería, con el pelo enmarañado y una rosa blanca de plástico en la cabeza, pedía limosna. A su lado, había un cuenco con algunas monedas y un letrero que decía: «Tengo hambre, pero no soy un perro».
Jerónimo apretó con fuerza la taza de café entre sus manos, buscando en su calor un consuelo temporal. El vapor ascendía en espirales, desvaneciéndose en el aire. La confusión y la desesperación lo embargaron nuevamente mientras miraba la bolsa de papel marrón con las pertenencias de Erik.
Estudió la tarjeta que encontró en la billetera. El Baúl de Paddington, decía en elegante caligrafía, y debajo, tienda de antigüedades. En el reverso aparecía un número de cinco dígitos.
Sacó la billetera de Erik y extendió todas las tarjetas sobre la mesa, disponiéndolas como una baraja de cartas, y murmuró para sí mismo: dos tarjetas de crédito y una de débito.
La tarjeta con el número de seguro nacional británico y su homóloga danesa con el número de identificación danés.
El carné de conducir y la tarjeta de transporte Oyster Card.
Una tarjeta del gimnasio al que no iba, el carné de la biblioteca local, una tarjeta del café Costa, dos tarjetas del supermercado, una del Tesco y la otra del Sainsbury, una tarjeta de la tienda Boots y… Jerónimo se detuvo.
Posó sus dedos sobre la tarjeta del café Costa y levantó la mirada despacio.
Había cientos de cafés Costa repartidos por todo Londres.
La empresa era una de las franquicias en el Reino Unido con mayor éxito comercial.
Eran tan comunes como los autobuses rojos de dos plantas.
Erik podría haber coleccionado sellos en todos y cada uno de esos locales.
Era una de esas tarjetas con la que te regalaban un café después de consumir ocho.
Pero había algo en particular con esa franquicia.
Por coincidencias de la vida, uno de los cientos de cafés Costa estaba justo frente al Hospital St Mary.
El hospital más cercano al accidente de tráfico de Erik.
Ese imprevisto en el trabajo. La explicación del desvío de última hora.
Ese misterioso artículo que saldría a la luz muy pronto.
Pasó los dedos por la tarjeta y sintió un hormigueo en la nuca.
Dio golpecitos con ella sobre la mesa mientras recordaba la imagen de Erik, tan viva que parecía que podía tocarla.
Necesitaba respuestas.
Inconscientemente, muy en el fondo de su ser, quería demostrarse que él no tenía la culpa directa del accidente de su pareja. Necesitaba una última confirmación para llegar a la conclusión que le rondaba por la cabeza.
Faltaba casi una hora para que abrieran la tienda y estaba a solo quince minutos caminando. Se acercó al mostrador y canjeó la tarjeta de fidelidad por otro café.
—¿Has visto a este hombre por aquí? —le preguntó Jerónimo a la camarera mostrándole el móvil con una foto de Erik.
Ella se acercó a la pantalla.
—Eh… —respondió con duda.
—Es mi pareja. Ha tenido un accidente de tráfico y está en coma en el hospital —explicó sin saber muy bien por qué le contaba todo eso a una extraña.
Los ojos de la camarera se ensancharon ligeramente al escuchar la noticia y un velo de tristeza nubló su mirada al encontrarse con la de Jerónimo.
—Oh, cuánto lo siento… Sí —confirmó ella—. Estoy segura de que lo he visto más de una vez por aquí en mi turno de las mañanas. Es un hombre muy guapo.
Jerónimo tuvo una punzada en el estómago. Guardó el móvil y en ese momento su cerebro empezó a crear conexiones.
Erik lo había llamado para decirle que había tenido un contratiempo en el trabajo y llegaría al apartamento con retraso para la mudanza. Ahora sabía que había frecuentado esa zona de la ciudad. Eso explicaría el desvío de última hora producto de un imprevisto laboral.
Palpó la tarjeta de la tienda de antigüedades.
Con el segundo café en la mano para llevar, y listo para salir, un olor fétido le hizo reaccionar. Se dio la vuelta y detrás estaba la mendiga haciendo cola.
Ella se ajustó la rosa de plástico en el cabello mientras esperaba su turno. Aunque su olor desagradable alejó a algunos clientes, Jerónimo no pudo evitar observarla.
La mendiga se acercó a la barra y vació un montón de monedas sobre el mostrador.
—Un café con leche sin azúcar —pidió con un fuerte acento eslavo.
—¿Puede repetir? —preguntó la camarera.
La mendiga levantó la mirada lentamente y repitió:
—Café. Con. Leche. Sin. Azúcar.
—¿Se queda o se lo lleva?
—Siempre me hacéis la misma pregunta. ¿Quieres saber a dónde?
La joven camarera mantuvo la sonrisa congelada mientras su compañero preparaba el café con prisa.
La mendiga contaba sus monedas.
—¿Cuánto es? —preguntó.
—Dos libras con cuarenta y cinco peniques —respondió la joven camarera.
—¿Cuánto has dicho?
—Ha dicho dos libras con cuarenta y cinco peniques —intervino un cliente que estaba detrás de la mendiga, haciendo gestos con las manos debido al olor.
Ella entrecerró los ojos y lo miró de arriba abajo.
El joven retrocedió, poniéndose al lado de su novia.
Una familia de turistas portugueses entró en ese momento, mostrando su desagrado por el olor y lanzando miradas hacia la mendiga.
Jerónimo observó con desaprobación.
Ella, indiferente al murmullo que había causado, volvió a contar sus monedas.
—Se te va a enfriar el café —comentó otro cliente con sarcasmo.
La tensión creció.
Movido por una mezcla de compasión y frustración, Jerónimo cogió un sándwich del refrigerador y un zumo de naranja, y los puso en el mostrador.
—Aquí tiene. Cóbreme —dijo Jerónimo extendiendo un billete de diez libras y le ofreció la comida a la mendiga.
Sin esperar respuesta, regresó a su mesa para recoger sus cosas.
Nadie dijo nada.
La mendiga tomó el sándwich, el zumo y el café y salió. En la acera, se acomodó en el cartón y comenzó a comer. Tras devorar el sándwich y beber el zumo, se tomó un momento para disfrutar del café mientras sus dedos tamborileaban sobre un bloc de notas.
Jerónimo se acercó con curiosidad y se presentó.
—Hacen los cafés muy aguados por el precio que pagas —comentó ella mientras guardaba el bloc de notas.
—¿Qué escribes? —le preguntó Jerónimo.
—Es un secreto —respondió ella en un susurro.
—¿Un secreto? —repitió él. La mendiga asintió, concentrada en el café. Jerónimo se agachó—. ¿Eres rusa?
Ella bajó aún más la voz.
—Soy de Bielorrusia. Aleksei saldrá pronto del hospital —murmuró y, luego, repitió la misma frase en ruso.
—¿Quién es Aleksei?
La mendiga asintió varias veces y se limpió la boca con la manga.
—Mi marido Aleksei —respondió, llevando un dedo a sus labios en señal de silencio—. No digas nada.
La situación conmovió a Jerónimo.
—¿Y cómo te llamas tú?
—Ljudmila.
—Encantado —dijo él.
Era desgarrador ver a esa mujer en la calle pidiendo limosna, esperando que su marido saliera del hospital.
Jerónimo pensó que las personas se enfrentaban a la pérdida de distintas maneras.
Algunos la aceptaban, otros no. Había quienes creaban historias, a medio camino entre la realidad y la locura, como un mecanismo para sobrellevar el dolor.
Alzó la vista hacia el hospital, buscando la ventana de la habitación de Erik.
Pronto, el doctor llegaría con noticias, ya fuesen buenas o no tanto.
La ansiedad le retorcía el estómago y, casi sin darse cuenta y por inercia, dio unos pasos de vuelta al hospital.
Pero cambió de dirección y continuó su camino hacia la tienda de antigüedades, buscando la respuesta a la urgencia de Erik para cambiar de ruta la tarde del accidente.
Se preguntó si ese desvío había sido la razón de su retraso, justo cuando debían preparar juntos la mudanza en casa.
Justo cuando Jerónimo estaba enfadado esperando el regreso de Erik con la furgoneta de alquiler. Y justo en ese instante su vida cambió.
Pronto regresaría al hospital. Erik era un hombre fuerte. Se pondría bien. Y cuando despertase, Jerónimo sería la primera persona que vería.
Aceleró el paso en dirección a la tienda de antigüedades.