Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 8
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Capítulo 8

Eran las dos y media de la madrugada.

Jerónimo intentó reclinarse en la silla buscando una postura más cómoda, pero tras un breve esfuerzo desistió y se puso de pie. Arrastrando los pies, se dirigió hacia el gran ventanal que ofrecía una vista a la calle adyacente a la estación de Paddington.

Abajo, jóvenes deambulaban como zombis mientras otros esperaban el autobús nocturno. Un par de mendigos dormían en unos sacos de dormir improvisados, ajenos al ruido de los coches y de la gente que pasaba.

Respiró hondo y al exhalar sintió una opresión en el pecho.

La luz de la noche bañaba el rostro sereno de Erik, quien yacía con un tubo conectado a la nariz. Solo el monótono pitido de la máquina, que lo mantenía con vida, rompía el silencio de la habitación.

Pasó sus dedos por la fría frente de su pareja y un torbellino de ansiedad lo envolvió. Alzó la vista y se fijó en un vaso de agua sobre la mesita de noche. Se preguntó cómo esperaban que Erik se levantara para beberlo, o cuánto tiempo había estado allí ese vaso.

Junto al vaso, había una pequeña bolsa de papel marrón con los objetos personales que la policía guardó después del accidente.

Aunque pesaba poco en su mano, la bolsa parecía pesar toneladas en su corazón.

Se sentó en la silla, encendió la lámpara de la mesita y comenzó a explorar el contenido.

Sacó el móvil y un reloj digital que contabilizaba los pasos.

El contador marcaba cero, como una cruel burla a la realidad que estaba viviendo.

En el fondo, encontró las llaves del apartamento en St Katharine Docks y recordó el día que Erik le entregó una copia de las llaves, simbolizando su compromiso mutuo.

Lo primero que hizo Jerónimo fue mostrárselas a su amigo Christian, emocionado como un niño con un nuevo juguete.

Una sonrisa se dibujó en sus labios. Sacó el otro llavero, el de su nueva casa, y su sonrisa se desvaneció.

Revisó la billetera de Erik. Aunque ya sabía lo que iba a encontrar, no pudo evitar sentir un nudo en el estómago al ver las tarjetas de crédito, las de varios supermercados y una de la cafetería Costa, llena de sellos para un café gratis.

Con el pulgar, Jerónimo acarició el carné de conducir de Erik con su sonrisa atrapada en el plástico.

Entonces, sacó una foto pequeña y descolorida.

Era una de esas fotos típicas tomadas en un fotomatón.

Ambos aparecían en ella, él sonriendo de manera boba y Erik haciendo una mueca divertida.

Aunque habían pasado varios años, Jerónimo recordaba aquella tarde como si hubiera sido ayer: la cena en el restaurante tibetano y la noche en su estudio en el barrio de Clapham explorando sus cuerpos hasta altas horas de la madrugada.

Algo interrumpió el flujo de sus recuerdos. Era una tarjeta de una tienda de antigüedades cerca de la estación de Paddington: El Baúl de Paddington. En el reverso, había un número de cinco dígitos escritos a mano.

Consultó en su móvil y comprobó que estaba a unos quince minutos a pie del hospital. Se preguntó si esa tienda tendría alguna relación con el misterioso artículo que Erik estaba escribiendo.

Recordó la conversación con él: le había dicho que se retrasó debido a un imprevisto en el trabajo.

Había salido desde el condado de Essex, al este de Londres, con dirección al apartamento en St Katharine Docks; sin embargo, el accidente ocurrió al oeste, en la salida M-40 de la autopista M-25.

Eso explicaría el desvío en la ruta de Erik.

Todo lo que encontraba en la bolsa era un recordatorio de la fragilidad de la existencia, de cómo un segundo podía cambiarlo todo, de cómo todo lo que construyes y atesoras puede desaparecer en un instante. Un torbellino de dolor, impotencia, anhelo y esperanza amenazaba con ahogarlo.

Sintió rabia.

Rabia por la injusticia del destino, por el inoportuno momento del accidente.

Pero junto con esa rabia, también se encontraba el miedo: miedo a la incertidumbre por el estado de Erik, miedo a lo que podría descubrir al hablar con el doctor, y el miedo más profundo de todos, el de enfrentarse a la vida sin él.

Exhausto, Jerónimo se quedó dormido con aquella misteriosa tarjeta aún en sus manos.