Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 7
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Capítulo 7

El doctor Jakob Schmitt se detuvo frente a la furgoneta, mal aparcada. Extendió la mano para quitar una multa del parabrisas y la tiró al suelo. Se alisó el pelo y golpeó la puerta en un patrón rítmico, como si tecleara una contraseña.

La puerta se abrió lentamente. Detrás, Jamal, el hacker , lo recibió en calzoncillos.

—Me has despertado —dijo malhumorado.

El doctor Schmitt entró y una mezcla de aire estancado combinado con el olor a comida rápida lo golpeó de inmediato. Instintivamente, puso sus dedos sobre las fosas nasales para bloquear el hedor. Luego, dejó unos documentos sobre la mesa plegable.

—Toma —indicó.

—¿Y las cervezas? —preguntó el hacker , rascándose el abdomen por encima del borde del calzoncillo.

El doctor Schmitt puso los ojos en blanco y dejó seis cervezas junto a los documentos.

—He venido para decirte que la pareja no ha firmado la autorización —explicó el doctor.

—¿Por qué no?

—Sospecha de algo. Ese hombre no es como los demás.

El hacker sonrió con malicia.

—Ese hombre y su pareja son justo lo que buscamos.

—Se sentó delante del ordenador y tecleó algo.

Una serie de imágenes y texto aparecieron en la pantalla—.

Jerónimo, español, traductor freelance .

Vive en St Katharine Docks. Sin familia en Londres.

Parece otro candidato perfecto. ¿Cuál es el problema?

—Ya te lo he dicho. Ese español sospecha algo. Debemos tener cuidado.

Jamal, el hacker , soltó una risa.

—Vaya… ya nos ha pasado antes.

—Lo sé, pero esta vez siento que es diferente.

—¿Por qué?

—Hay algo en la mirada de ese hombre que no me gusta.

Jamal alzó una ceja.

—No te tiene que gustar.

—Me refiero a su forma de mirar.

—¿Desde cuándo te preocupan las miradas?

—Ese hombre está desesperado. Y cuando alguien está desesperado, es capaz de cualquier cosa. El paciente es lo único que tiene aquí en Londres.

—Ese paciente es ahora mercancía nuestra. ¿No es eso lo que queremos? Que no tenga conexiones. Eso juega a nuestro favor. Hasta un elefante blanco pasaría desapercibido en esta urbe.

—No es eso. Conozco esa mirada. Va a por todas y le importan poco las consecuencias. No le tiene miedo a la muerte. Y si no le tienes miedo a la muerte, no te importa perderlo todo, porque realmente no tienes nada que perder. Eso lo hace peligroso.

Jamal lo miró con sus pequeños ojos oscuros y sonrisa burlona.

—¿Te estás poniendo filosófico? —Acto seguido, se abrió una lata, dio un largo trago y se limpió la espuma de la cerveza con la mano—. Déjalo en mis manos. Limítate a seguir el protocolo.

El doctor Schmitt se reclinó hacia el hacker e hizo un esfuerzo para mantener la calma y la respiración.

—Este es mi último trabajo, Jamal. Después de esto, estoy fuera. ¿Entendido?

El hacker asintió lentamente. Dio su segundo trago de cerveza, que terminó en un eructo.

—Pues terminemos cuanto antes. Empezamos mañana.

—Mañana es domingo.

—Mejor. Menos personal en el hospital para no levantar sospechas.

El doctor Schmitt parecía preocupado.

—Es arriesgado. Si algo sale mal, saltarán las alarmas.

La sonrisa maquiavélica reapareció en el rostro de Jamal y su barba se expandió.

—Encárgate de que no salten. Ahora vete. Tengo cosas que hacer.