Capítulo 6
El suave resplandor de las farolas de la calle se colaba a través de las ventanas de la habitación del hospital, proyectando un tono ámbar que contrastaba con la blancura aséptica del lugar.
Jerónimo se reclinó en una silla que parecía diseñada para cualquier propósito, menos la comodidad.
Sus pies descansaban sobre la cama, donde Erik yacía inconsciente, enredado entre tubos y cables.
Había pasado un rato desde que Christian se había marchado.
El cansancio tiraba de los párpados de Jerónimo, pero cada vez que los cerraba, los ecos de las risas y caricias de Erik lo asaltaban, manteniéndolo en vilo.
De repente, ese silencio fue roto por el ruido sordo de unos golpes en la puerta. Un hombre de figura esbelta, como una espiga de trigo, vestido con una bata blanca inmaculada, se adentró en la habitación. Miró con brevedad a Erik antes de dirigirse a él.
—¿Usted es Jerónimo? —preguntó con un ligero acento germano. Educado, pero distante.
—¿Y usted es…?
—Soy el doctor Jakob Schmitt—respondió extendiendo la mano—. ¿Podría hablar con usted un momento?
Jerónimo asintió, esperanzado.
—Por supuesto.
Juntos caminaron por el pasillo mientras el doctor sostenía con firmeza una tableta electrónica y unos papeles. Tras un breve recorrido, llegaron a una pequeña sala.
—Por favor, tome asiento —dijo el doctor Schmitt señalando una silla.
Jerónimo obedeció, sintiendo el frío metal a través de su ropa. Frente a él, el doctor Schmitt lo observaba con labios estirados que imitaban una sonrisa.
—Lamento la hora —comenzó el doctor—, aunque el hospital no descansa y yo tengo turno de noche.
—¿De qué se trata exactamente?
—Usted es… su pareja, ¿verdad?
—Correcto.
—¿Tienen familia aquí en Londres?
—No, Erik tiene una hermana en Dinamarca, pero no tienen contacto. Aquí en Londres estoy yo solo —contestó Jerónimo sin entender la finalidad de la pregunta—. ¿Qué ocurre?
El doctor paró de rellenar datos en la tableta y levantó una mirada neutra.
—Es meramente protocolario —dijo dejando la tableta a un lado y juntó las manos—. ¿Ya le han informado de las opciones?
—¿Qué opciones?
—Parece que no le han dicho nada aún, ¿verdad?
—No le sigo.
El doctor respiró hondo antes de hablar.
—Verá, su pareja ha sufrido un traumatismo craneoencefálico, una lesión cerebral causada por el impacto del accidente.
La gravedad de esta lesión se mide a menudo por la Escala de Coma de Glasgow.
En el caso de su pareja, la puntuación indica que la lesión es grave.
Esto significa que su cerebro está sufriendo un nivel significativo de estrés, manifestado en hinchazón, hematomas o una combinación de ambos.
El traumatismo grave puede conllevar diversas complicaciones, como acumulación de sangre o líquido cefalorraquídeo en el cerebro.
Dependiendo de la evolución en las próximas horas o días, podríamos considerar diferentes tratamientos, incluyendo cirugía para aliviar la presión en el cerebro o medicamentos específicos.
—El doctor Schmitt deslizó unos documentos hacia Jerónimo—.
Me gustaría que firmara estos papeles dando su consentimiento para la donación de órganos.
Es mero protocolo y evitaría demoras en el proceso.
Jerónimo miró aquellos papeles con cierta distancia.
—¿Qué proceso?
—Es solo protocolo —repitió el doctor, ofreciéndole un bolígrafo—. Esto lo agilizaría todo. Debemos considerar todas las opciones.
Jerónimo sintió cómo el mundo se desmoronaba. Las palabras del doctor resonaban en su mente, pero lo único que podía visualizar eran los momentos que había compartido con Erik.
Todo fluyó frente a sus ojos como un torrente imparable de recuerdos.
La primera mirada, la primera conversación, el primer beso y la primera noche juntos.
Paseos por los rincones de Londres y almuerzos con vistas al río Támesis.
El primer malentendido, la primera pelea y la primera disculpa.
Luego llegaron los planes de vivir juntos y formalizar su relación.
Los recuerdos estaban tan vivos que casi podía tocarlos y olerlos.
Se rascó la barba. Firmar esos documentos era como despedirse de su vida.
—Perdone —interrumpió el doctor, sacándolo de su ensimismamiento—, necesitamos su consentimiento para la donación de órganos. Como le he dicho, es solo un protocolo en caso de…
—No —respondió Jerónimo. Su voz sonó más fuerte de lo que había anticipado—. No firmaré nada.
El doctor Schmitt apretó la mandíbula durante unos segundos. Cuando habló, cada palabra llevaba un peso:
—Su pareja está en coma y posiblemente permanecerá así mientras tenga asistencia vital.
—Despertará en algún momento.
—Los resultados de la tomografía no son muy optimistas.
Jerónimo cruzó los brazos.
—No voy a firmar nada.
—Debería considerarlo.
Jerónimo se levantó y sintió un ligero mareo por su cansancio.
—No tengo nada que considerar.
El doctor respiró hondo.
—Como desee —dijo, estirando los labios, pero no llegó a formar una sonrisa—. Es su decisión.