Capítulo 5
Jerónimo estaba sentado en una silla rígida e incómoda junto a una cama de hospital. En esa cama, yacía Erik, inerte. De complexión vikinga, era un poco más alto que él. Sus enormes pies talla cuarenta y seis sobresalían en el borde.
El sonido mecánico de su respiración, asistida por una máquina, evocaba el murmullo de un océano distante. Un sonido que lo envolvía, arrastrándolo hacia sus profundidades y sumiéndolo en un abismo de emociones.
Se pasó las manos por la cara, buscando refugio en la oscuridad de su propio ser.
Poco a poco, la postura erguida que había mantenido empezó a ceder bajo el peso de la preocupación y la confusión, encorvando sus hombros mientras contemplaba a su pareja envuelta en una maraña de cables y tubos.
Erik estaba enganchado a una máquina que lo mantenía con vida, mientras que Jerónimo estaba enganchado a Erik, quien era su razón de vivir.
La confusión inicial dio paso al miedo, y el miedo se transformó en impotencia y desesperación. Tuvo el impulso de levantarse, de gritar y buscar respuestas, aunque la realidad era que estas no existían.
Erik le había dicho que se le había echado el tiempo encima terminando un artículo.
Pero la policía confirmó que el accidente ocurrió lejos de la ruta directa al apartamento en St Katharine Docks.
Un desvío que añadía media hora al trayecto de vuelta.
Hubo algo que no le contó. Y seguramente no tendría la mayor importancia.
Erik no era un mentiroso. Jerónimo lo sabía bien.
Prefería omitir detalles antes que falsear la verdad.
Pero había una cosa cierta: Jerónimo le había metido prisa a Erik.
Mucha prisa. Si hubiera sido más paciente, quizás, solo quizás, Erik no estaría en esa cama de hospital luchando por su vida.
Alguien tocó a la puerta. Parecía más un roce que un golpe seco. Su amigo Christian asomó la cabeza, se acercó hasta Jerónimo y le dio un fuerte abrazo. El olor a perfume aristócrata y el tacto suave de un traje hecho a medida envolvieron a Jerónimo.
No hubo palabras.
No hacía falta.
El silencio reinó en la habitación durante unos minutos, solo interrumpido por el pitido constante de la máquina y los sonidos distantes de pasos y voces, que ocasionalmente llegaban desde el pasillo.
Jerónimo quiso explotar, gritar, dejar salir toda esa angustia acumulada, pero no pudo.
No es que no se sintiera seguro con su amigo al lado. Simplemente, se sentía como una botella de Coca Cola y que, de tanto agitarla, era imposible abrir. Un tapón que no podía destapar. Así se sentía en esos momentos.
— Min kære Jero … Mi querido Jero… —susurró Christian—. Acabo de hablar con uno de los doctores y me ha informado de todo. Hay que esperar. Ser positivo.
Jerónimo tragó saliva antes de responder.
—Todo esto… todo… es mi culpa.
Christian observó a Jerónimo con preocupación evidente en sus ojos azules mientras apartaba un mechón que caía rebelde sobre la frente de su amigo.
Se conocieron diez años atrás, en la misa danesa de los domingos en Londres.
Era un encuentro más social que religioso para los expatriados de Dinamarca.
Christian, nacido en Copenhague, pero criado en Inglaterra desde su adolescencia, fusionaba su genética vikinga con la elegancia de un caballero londinense.
Tras una carrera como tripulante de cabina para la compañía aérea British Airways y en vuelos privados, donde desarrolló el arte de la discreción y el silencio, se jubiló a una edad temprana.
A los cincuenta y cinco años, se compró una casa en la campiña inglesa cerca de Oxford, alternando la tranquilidad del campo con visitas a la capital.
—¿Por qué dices que todo es culpa tuya? —preguntó Christian.
—Me enfadé con él porque llegaba tarde a la mudanza. Y mira dónde está ahora. Todo esto es culpa mía. —Las palabras de Jerónimo estaban teñidas de remordimiento.
—Ya está —dijo Christian, intentando consolar a su amigo—. Nadie tiene la culpa. Cuéntamelo todo desde el principio. —Se quitó su chaqueta, comprada en Savile Row, y tomó asiento en una pequeña silla metálica.
Respirando hondo, Jerónimo se sentó al lado de su amigo y le contó que Erik se había pasado el día en su nueva casa en el condado de Essex trabajando en un artículo que estaba a punto de publicar, y en su vuelta a Londres, se salió de la autopista chocándose contra las barreras de contención.
Pese a que solo presentaba magulladuras, su mente estaba atrapada en un coma inducido.
—Chris —dijo Jerónimo sin despegar la vista de Erik—, no lo entiendo. De verdad que no lo entiendo. Tú lo conoces bien. No cruzaría una calle con el semáforo en rojo, aunque le fuera la vida en ello. No entiendo cómo iba a una velocidad tan alta.
Christian buscó una postura más cómoda mientras escuchaba las palabras de Jerónimo.
—¿Por qué trajeron a Erik al Hospital St Mary? Hay hospitales mucho más cerca de St Katharine Docks.
—La policía me explicó que este hospital es el más cercano al lugar del accidente.
Christian levantó una ceja.
—Estamos en el oeste de Londres.
—El accidente ocurrió en la autopista M-25, cerca de la salida M-40. Lo revisé en el mapa de Google y este es uno de los hospitales más cercanos.
Christian cruzó los brazos.
—¿Estás seguro de que pasó el día entero en Essex?
Jerónimo asintió.
—Me llamó desde la nueva casa cuando iba de camino.
—¿Entonces?
—No lo sé —respondió Jerónimo, confundido—. Cambió de ruta, pero no me dijo nada.
Christian posó su mano sobre la pierna de Jerónimo y se quedaron en silencio, contemplando la cama de hospital donde Erik yacía como un bello durmiente.
—Eso es lo de menos. Ahora tenemos que esperar y ser positivos. Y tú tienes que descansar —dijo acariciándole la mejilla—. ¿Te acompaño a casa?
—¿A qué casa? —replicó Jerónimo.
—Deberías volver a St Katharine Docks. Ya has hablado con el doctor y te avisarán de cualquier cambio. No hay más que puedas hacer aquí y necesitas descansar unas horas.
—Vuelve tú a tu casa. Yo quiero quedarme.
Christian observó la habitación.
—¿Dónde? No puedes dormir en una silla.
—Quiero quedarme con Erik.
—¿No te voy a convencer? —El silencio de Jerónimo era respuesta más que suficiente. Christian se levantó—. Dime qué quieres que haga.
—Quiero que vuelvas tú a casa —insistió Jerónimo—. Yo me quedaré un poco más y luego ya veré.
Christian suspiró, conocedor de la tozudez de su amigo.
—Está bien. No insistiré, pero llámame si necesitas algo.
Jerónimo asintió despacio.
Su amigo le dio un abrazo de despedida.
Era extraño cómo funcionaba el cerebro. Entre tanto tumulto emocional, Jerónimo tuvo la imagen de su padre más viva que nunca.
—Jovencito —dijo Christian—, mírame y dime que me llamarás.
A Jerónimo se le escapó una sonrisa agria al escuchar la palabra jovencito.
—Lo haré, pero ya no soy un niño.
—Desde que te conocí, para mí siempre serás un jovencito impulsivo.
—Tenía ya treinta años cuando nos conocimos.
Christian abrió la boca para añadir algo, pero tardó unos segundos en pronunciar sus palabras.
—Tú cuídate, que yo estoy aquí.