Capítulo 4
La ciudad vibraba de vida mientras Jerónimo, a bordo de un taxi, se dirigía al Hospital St Mary.
—Dese prisa, por favor —insistió al taxista, pero en esas horas de la tarde, el tráfico era denso.
El asiento se sentía incómodo y pegajoso. Los minutos se alargaban como si fueran horas. A través de la ventana, la imagen de Londres se distorsionaba con cada gota de una lluvia temprana, y el monótono ritmo del limpiaparabrisas marcaba un compás lento y tortuoso.
Finalmente, el taxista aparcó en Praed Street. Habían llegado a su destino.
El hospital, situado al este de Londres, se encontraba a poca distancia a pie de la estación de Paddington.
El majestuoso edificio era un reflejo imponente de la arquitectura del periodo victoriano con una fachada de ladrillos rojos con acentos blancos, hileras de arcos y ventanas de guillotina dispuestas simétricamente.
Al poner un pie fuera del taxi, el caos del hospital lo envolvió, amplificando la confusión y el tumulto que sentía en su interior.
Atravesó el bullicio, tratando de encontrar el mostrador de recepción, hasta que llegó a una superficie semicircular de granito oscuro pulido con una pantalla digital encima que parpadeaba con información.
Una joven madre con el cabello despeinado, haciendo cola, sostenía en brazos a su hijo, que vestía un pijama amarillo. El pequeño, tocándose un chichón en la frente, lloraba aferrado a un oso de peluche, buscando consuelo.
Antes de que Jerónimo pudiera hablar, una anciana sentada en una silla levantó un bastón.
—Detrás de ella voy yo —dijo con voz desafiante.
—Mi pareja ha tenido un accidente de tráfico y necesito saber cómo está —explicó Jerónimo con urgencia.
La anciana lo miró, notando su desesperación, arrugó la nariz y asintió con la cabeza sin decir palabra.
Jerónimo volvió su atención hacia el mostrador, pero una enfermera con un moño negro y labios pintados de un tono rosa, demasiado claro para su piel morena, levantó la mano pidiéndole que esperara. Estaba ocupada atendiendo a la madre con el niño.
—Han traído a mi pareja a urgencias tras un accidente de tráfico —insistió Jerónimo—. Necesito saber dónde está.
—Ya le he dicho que espere un momento —dijo la enfermera con voz suave pero firme.
—No me lo ha dicho —replicó Jerónimo—. Me ha levantado la mano para que me callara. Necesito saber dónde está Erik, por favor.
La madre se retiró un poco, permitiendo que Jerónimo se acercara más al mostrador.
—Estoy sola en este turno —dijo ella—. Dígame el nombre completo otra vez y veo qué tengo en el sistema.
—Gracias.
Jerónimo le dio los datos mientras la enfermera tecleaba en el ordenador.
—El doctor Bennett está a cargo de su caso. Ahora mismo está viendo a otro paciente, aunque lo avisaré de que su amigo ha llegado.
—No soy un amigo, soy su pareja. Pero, ¿sabe cómo está Erik?
—El doctor hablará con usted en cuanto pueda. Siéntese y espere, por favor —dijo la enfermera señalando un asiento.
—¿Su pareja Erik es nombre de hombre o de mujer? —preguntó la anciana con el bastón.
Jerónimo, agotado y estresado, la fulminó con la mirada, haciendo que ella tomara cierta distancia de su asiento.
A unos metros, el niño seguía llorando y su madre continuaba contándole una historia que no tenía fin.
Cuando Jerónimo levantó la vista del suelo, tenía enfrente a una pareja de policías. Una mujer de ojos claros y cabello corto oscuro vaciló un instante antes de hablar, como buscando las palabras adecuadas.
—Soy la oficial Amy Browning y este es el oficial Peter Collins —dijo, señalando a su compañero. Peter tenía una barba rubia y mofletes sonrosados—. ¿Ha hablado ya con el doctor?
Jerónimo se puso de pie mientras sus ojos saltaban de un rostro al otro.
—Lo estoy esperando.
—¿Le gustaría hablar en algún lugar más tranquilo? —le preguntó la oficial.
—No me puedo ir…
—No se preocupe —dijo haciendo una señal a la enfermera de turno—. Ella informará al doctor que está con nosotros.
Guiado por los policías, Jerónimo recorrió un corto pasillo en silencio. No fue una gran distancia, apenas unos pasos, aunque a él se le hizo eterna. Entraron en un cuarto que más bien parecía un vestuario donde los pacientes se cambiaban antes de las radiografías.
—¿Desea sentarse? —ofreció la oficial Amy.
Al lado de Jerónimo había un banco pegado a la pared.
—No, prefiero quedarme de pie.
—Como desee —empezó la oficial, con un tono tranquilo que solo aumentó el nerviosismo de Jerónimo—. Lamentamos profundamente la situación. Queremos proporcionarle toda la información y apoyo que necesite. ¿Puede confirmar su relación con Erik Vinterberg?
Jerónimo tomó aire.
—Erik es mi pareja.
—Gracias —asintió ella—. Su pareja ha tenido un grave accidente de tráfico.
—¿Cómo de grave?
—Se salió de la autopista M-25 y la furgoneta que conducía chocó contra las barreras de contención.
El mundo se congeló para Jerónimo en el instante en que la noticia llegó a sus oídos. Sintió un peso en el pecho y optó por sentarse en el banco.
—¿Dice que se salió de la autopista? ¿Así de simple?
—Nuestros compañeros —intervino el oficial Peter Collins— están reconstruyendo el accidente y consultando las cámaras de tráfico para confirmar los detalles.
Según las marcas de derrape y el daño en el vehículo, todo apunta a un exceso de velocidad o una distracción.
Las pruebas toxicológicas dieron negativo.
—Erik siempre ha sido un buen conductor —murmuró Jerónimo intentando darle sentido a la situación.
—Podría haberse distraído o haber estado somnoliento al volante —sugirió el oficial Peter—, lo que es tan peligroso como conducir bajo los efectos del alcohol o las drogas.
Jerónimo reflexionó durante unos segundos. Aquello no tenía sentido.
—¿Por qué el Hospital St Mary? ¿No hay hospitales más cercanos?
—¿Más cercanos a dónde? —inquirió la oficial Amy.
—Erik venía de Essex con dirección a nuestro apartamento en St Katharine Docks, al este de Londres. ¿Por qué trasladarlo aquí, al Hospital St Mary?
El oficial Peter revisó su bloc de notas.
—El accidente ocurrió en la autopista M-25, cerca de la salida M-40. El personal sanitario de emergencia llamó al hospital más cercano, que es este.
—Pero estamos al oeste de Londres. Erik venía de Essex, al noreste.
Los dos policías intercambiaron miradas. La oficial Amy respondió:
—Es posible que su pareja hubiera tomado un desvío o decidido hacer una parada en algún lugar. ¿No le mencionó nada?
Jerónimo negó lentamente, con la mirada perdida en el suelo, recordando la conversación que tuvo con Erik.
—Me llamó antes de salir. Dijo que se retrasaba por un imprevisto en su trabajo. No mencionó ningún desvío.
—¿En qué trabaja su pareja?
—Es periodista de investigación. Prepara un artículo de algo que… no sé qué es. Nunca me cuenta nada. No hasta que sale publicado.
La oficial Amy inclinó la cabeza buscándolo con la mirada.
—Lo más importante ahora es que su pareja se recupere. Luego podrán hablar y aclarar todo.
Jerónimo le devolvió la mirada, aunque un nudo de preocupación y confusión permaneció en su pecho.
—¿Y ahora qué?
La oficial Amy se acercó más.
—¿Tiene familia aquí en Londres?
—No.
—¿Y su pareja?
—Tampoco. Yo soy de España y Erik de Dinamarca.
—¿Algún amigo? —intervino el oficial Peter—. Alguien que le pueda acompañar. En estos momentos es mejor no estar solo.
Tras un silencio, la oficial Amy añadió:
—¿Hay algo más que quiera saber?
Jerónimo tardó unos segundos en reaccionar.
—No… No lo sé.
—Está bien. Quédese aquí. El doctor Bennett le informará sobre el estado de su pareja.
Jerónimo asintió en silencio, despidiéndose de los policías con un gesto de gratitud.
Se quedó solo en el banco, esperando al doctor Bennett.
Erik había tenido un accidente grave, en una carretera donde no debería haber estado.
Se preguntó qué impulsó a Erik a cambiar de ruta y, si lo hizo, por qué no le dijo nada.
Una enfermera descorrió las cortinas.
—El doctor desea hablar con usted —informó.
Jerónimo, aún aturdido, alzó la vista hacia ella.
Se acercó un hombre con una presencia serena, un poco más joven que él. Llevaba una bata blanca impoluta que contrastaba con su pelo oscuro y desordenado.
—Soy el doctor Samuel Bennett —se presentó con un suave acento escocés, extendiendo su mano hacia Jerónimo—. Entiendo que es un momento difícil.
El doctor se sentó al lado de Jerónimo, luego tomó una tableta electrónica y mostró un informe.
Jerónimo apenas pudo distinguir el nombre Erik Vinterberg y algunos detalles técnicos.
—Hemos realizado varias pruebas —explicó el doctor Bennett—.
Físicamente, Erik está estable. No presenta fracturas ni heridas externas graves.
Sin embargo, los resultados de la tomografía computarizada no son alentadores.
Su pareja ha sufrido un traumatismo craneoencefálico severo.
Hemos decidido inducirle un coma para dar a su cerebro la mejor oportunidad de recuperarse.
Jerónimo sintió como si el suelo se desvaneciera bajo él.
—¿Despertará? —Su voz tembló al hacer la pregunta.
El doctor dejó la tableta a un lado.
—Es complicado proporcionar una cifra exacta en estos momentos, pero el panorama es incierto. Se podría decir que está al 50 %. Y si logra despertar, todavía no sabemos en qué estado se encontrará.
Jerónimo se pasó las manos por la cara.
—No puedo creerlo.
El doctor Bennett observó el estado emocional de Jerónimo.
—Le diré algo —confesó—. Yo también tengo pareja en Londres. Él es de Varsovia. Yo soy de Edimburgo. Nos mudamos hace poco y es la única familia que tengo aquí. Entiendo, en cierta medida, su angustia.
Un silencio se apoderó del espacio entre ellos.
—Gracias —susurró Jerónimo.
—Vamos a mantener la esperanza. ¿Hay algo más que quiera saber?
Jerónimo negó suavemente.
El doctor se levantó, dispuesto a salir.
Jerónimo lo detuvo con una última pregunta:
—¿Cómo se llama su pareja?
El doctor sonrió con un matiz de orgullo.
—Laszlo.
Jerónimo bajó la mirada, intentando contener las lágrimas que amenazaban con brotar.