Capítulo 3
El doctor Jakob Schmitt fácilmente podría haber sido confundido con un modelo de pasarela en lugar de un médico.
Medía casi metro noventa, y tenía unos ojos azules hielo que parecían tallados en mármol.
Su pelo rubio, cortado con precisión, estaba siempre impecablemente peinado.
Sin embargo, detrás de esa fachada de perfecta apariencia, se ocultaba una mirada sombría en sus ojos y una culpa persistente que le acompañaba.
Levantó la vista hacia un cielo oscuro mientras giraba suavemente la alianza de oro alrededor de su dedo anular.
Se acabará todo pronto , pensó . Esta será la última vez .
Cuando terminara su último encargo, volvería a su Austria natal, esta vez de la mano de su esposa ya recuperada de la operación.
Bajó la cabeza, resignado, y caminó en dirección a una vieja furgoneta.
Era una antigua Mercedes-Benz Sprinter, de esos modelos más grandes que a menudo se usaban para repartos comerciales o incluso como minibuses.
Su color exterior era un blanco desgastado por los años y la falta de mantenimiento, y desde fuera parecía una furgoneta de alguna compañía de construcción, con la única diferencia de que en el techo había varias antenas discretas y unos paneles solares.
Dio un par de golpes secos con un ritmo específico y la puerta interior se abrió, dejando escapar un olor a comida del McDonald's que le golpeó la cara.
—Doctor Jakob Schmitt —lo llamó una voz grave desde dentro—, llegas tarde. Pasa. Eres tan inoportuno como un grano en el culo.
El doctor apretó la mandíbula y optó por no responder. Se repitió a sí mismo que este sería su último trabajo. Volvió a juguetear con la alianza y entró.
Tras una mesa plegable se encontraba sentado un hombre corpulento que devoraba una hamburguesa doble con una mano, mientras con la otra rebañaba el kétchup con las patatas fritas.
Era una figura imponente, de espesa barba negra que enmarcaba su rostro y ojos pequeños y oscuros.
Vestía una camiseta, también negra, hecha para un hombre aún más enorme que él, como si intentara esconder su volumen, pero que solo servía para hacerlo parecer más gordo.
Detrás de él, tres pantallas de ordenador creaban una más grande, similar a la de un cine, con un salvapantallas en fondo negro y fotos de mujeres sacadas de alguna revista porno de los ochenta que flotaban sin rumbo fijo.
El doctor Schmitt entró con cuidado de no pisar los cables que yacían en el suelo como serpientes en un nido.
Una variedad de aparatos y equipos técnicos, desde drones a teléfonos móviles de diferentes generaciones, se encontraban dispersos por todo el lugar.
Los paneles de la furgoneta estaban cubiertos con mapas de la ciudad de Londres, listados de direcciones IP y recortes de noticias.
Además, para mantener su identidad en secreto y evitar ser rastreado, el enorme hacker había instalado un inhibidor de señal y una red VPN personalizada, que ocultaban su ubicación y actividades en línea.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el doctor Schmitt.
—Me puedes llamar Jamal Al-karim —respondió absorbiendo su refresco por la pajita produciendo un sonido irritante—. ¿Eres alemán?
—No.
—Lo digo por el acento —dijo eructando.
El doctor dio un paso hacia atrás.
—Soy de Viena, austriaco —aclaró.
—Para mí es lo mismo.
El doctor no respondió al comentario. Giró la cabeza a un lado y respiró profundamente.
—Me avisaron de que tenías los documentos preparados.
Jamal señaló con la barbilla a la mesa mientras terminaba su hamburguesa.
El doctor Schmitt recogió los papeles.
—He dejado muy claro que este será mi último trabajo. Mi esposa no puede seguir esperando.
—Y si lo haces bien, tendrás tu recompensa. Así que no la cagues como la última vez.
—No la cagué la última vez.
Jamal, el hacker , se encogió de hombros.
—Eso es lo que me dijeron.
—¿Quién te lo dijo?
—Ya sabes cómo funciona esto. Yo solo recibo órdenes y tú las recibes de mí. Tú no me conoces a mí, yo no conozco quién me manda el material. Así todos estamos más seguros.
—Eso ya me lo explicó el último hacker con el que hablé.
Jamal dejó de masticar.
—Oye —le dijo—, el jefe quiere los papeles firmados para esta noche.
—Haré lo que pueda.
—¿Cuando vuelvas, me traes algunas cervezas? Tengo que terminar un encargo de última hora y no puedo salir de aquí. Unas cuantas cervezas me relajarían.
El doctor miró con desdén las pantallas llenas de mujeres en posturas obscenas.
—No soy tu criado. Si necesitas relajarte, hazte una paja.
Jamal se limpió la barba antes de responder.
—¿Como lo haces tú?
El doctor Schmitt captó la insinuación y su rostro cambió de color.
—No metas a mi esposa en esto —dijo con una voz tan helada que podía cortar el hielo en la Antártida—. Jamás, ¿me oyes? Jamás menciones a mi esposa con tu boca sucia.
El hacker se tocó la nariz y aspiró fuerte como si estuviera preparándose para empezar una pelea callejera.
—Trae los putos papeles firmados esta noche —repitió y siguió comiendo la hamburguesa, ignorando la presencia del doctor.
—¿Has modificado el informe en el sistema? Si no, no puedo proceder.
El hacker bufó, esta vez con teatralidad.
—He ajustado el informe con los datos que me diste. ¿Cuánto tiempo puedes mantener la mercancía en modo de pausa?
—La expresión correcta es coma inducido —le corrigió el doctor.
Jamal, el hacker , se rio con sorna.
—Mira, doctor —dijo, señalando al hospital a través de la ventana de la furgoneta con una sonrisa maquiavélica—, te voy a enseñar las expresiones correctas.
Ese edificio que ves ahí es «una tienda».
Tú te encargas de mantener la mercancía en modo de pausa para así llevarla «al taller» y entregar los recambios a nuevos clientes.
Yo me encargo de bucear en el sistema. Cuando vendamos los recambios, volvemos a la «tienda» y nos vamos de compras otra vez.
Y esto que ves aquí —dijo señalando al interior de la furgoneta— es la fortaleza.
El doctor Schmitt miró con una expresión de asco.
—Yo lo llamaría una cueva.
Con los documentos en mano, salió de la furgoneta, con ganas de escapar corriendo de vuelta a su Viena natal.
Alzó la vista al Hospital St Mary, sabiendo que su esposa Elisa Vogel estaba luchando por su vida en una de esas habitaciones esperando un trasplante de riñón.
Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para salvarla, aunque eso significara mancharse las manos de sangre por última vez.
Dio un beso a su alianza y murmuró algo en alemán.
La última , se dijo.