Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 2
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Capítulo 2

Una semana antes

Bajo el cielo melancólico de Londres, Jerónimo descendió las escaleras de su apartamento cargando cajas de mudanza. Aún le quedaban muchas por bajar y miró su reloj, preocupado. Erik, su pareja, aún no había dado señales de vida.

Dejaban el pequeño apartamento en St Katharine Docks para mudarse a su nueva casa inglesa que habían comprado fuera de Londres, en el condado de Essex.

Jerónimo echaría de menos su vida en ese complejo de apartamentos justo detrás del icónico puente Tower Bridge, a la orilla del río Támesis, lleno de yates, restaurantes y ambiente pintoresco.

Se secó el sudor de la frente con la camiseta y recordó la primera vez que conoció a Erik una noche en el vibrante barrio del Soho en Londres, en un bar gay de moda.

Erik, un periodista danés nómada, y Jerónimo, un español que había vivido muchos años en Copenhague y que ahora residía en Londres como traductor, sintieron una conexión instantánea desde el primer momento.

Lo que iba a ser un encuentro casual de una noche, se convirtió en un intercambio de teléfonos y en visitas cada vez más frecuentes de Erik a Londres.

Con el tiempo, Erik alquiló un apartamento en St Katharine Docks y Jerónimo no tardó en mudarse con él.

Las escapadas románticas, las noches juntos, las discusiones apasionadas sobre literatura y política; todo parecía un sueño.

Un sueño que Jerónimo temía que se desvaneciera.

Aunque había compartido fragmentos de su pasado, siempre se había guardado los detalles más oscuros para sí mismo. No es que no quisiera a Erik; de hecho, lo amaba profundamente. Sin embargo, albergaba un temor intenso a dañar a quienes quería.

Ese temor nació veinte años atrás cuando huyó de su Valencia natal con las manos manchadas de sangre.

Fue entonces cuando se refugió en Copenhague, escapando de sus demonios.

Pero con Erik y después de muchos años en Londres, Jerónimo se había permitido soñar con un futuro.

Decidieron comprar una casa en el condado de Essex, buscando un nuevo comienzo lejos del bullicio de la ciudad.

De repente, el teléfono vibró, sacándolo de sus pensamientos.

— Hvor er du henne? —preguntó a Erik en danés, queriendo saber dónde estaba.

A veces, Jerónimo se sentía más danés que español; otras veces, más inglés que danés, pero siempre, en el fondo, palpitaba el orgullo de ser español. Ese baile lingüístico se reflejaba en su facilidad para deslizarse entre los tres idiomas.

—Salgo pronto —respondió Erik, también en danés, con un tono que revelaba cierta culpabilidad.

—¿Cómo que sales pronto? —preguntó Jerónimo, irritado—. Ya deberías estar aquí. No puedo con todas estas cajas. Y por si fuera poco, esos nubarrones amenazan lluvia —añadió, frunciendo el ceño hacia el cielo.

—Lo siento mucho. Estoy terminando el artículo y he tenido que corroborar cierta información; se me echó el tiempo encima. Llegaré lo antes que pueda, te lo prometo.

Jerónimo bufó.

—Pues nada, no te preocupes. Ya le diré yo al tiempo que no llueva para que no se mojen las cajas.

—¿Y no les puedes poner un plástico encima? Mira en el armario del recibidor. Tiene que haber unas lonas.

—Erik, me estoy poniendo de mala leche. La cuestión no es que le ponga unas lonas a las cajas. La cuestión es que ya tenías que estar aquí con la maldita furgoneta y ni siquiera has salido de nuestra casa en Essex. Con el tráfico del fin de semana te llevará más de una hora en llegar.

—Jero, no te enfades. De verdad que lo siento. He tenido un aviso de última hora y es una situación un poco urgente.

—¿Urgente? —interrumpió Jerónimo—. ¿Cuántas veces has repetido esa palabra en las últimas semanas?

—No te puedo contar más. Tienes que ser paciente. El artículo se publicará en los próximos días.

—Nunca me cuentas nada y siempre tengo que ser paciente. Es muy frustrante. ¿Lo sabías?

—Es mejor así.

—Muchas gracias. Sé que lo haces pensando en mí y te lo agradezco profundamente. Ahora la situación es que faltan más de la mitad de las cajas por bajar y tú todavía no estás aquí. Se va a poner a llover y en unas horas ya no habrá luz natural.

—Jero, tienes toda la razón en enfadarte.

—No me seas condescendiente.

—No es eso lo que pretendo…

Jerónimo colgó el teléfono y soltó un largo suspiro.

Al intentar subir un par de cajas de vuelta a casa, tuvo la mala suerte de hacerse daño en la espalda.

—¡Mierda!

Dejó las cajas a un lado y subió las escaleras encorvado, recordando al jorobado de Notre Dame.

Entró en la cocina, se tragó un par de ibuprofenos y se tumbó en el sofá con los pies colgados en un extremo.

Cuando terminasen la mudanza al condado de Essex, lo primero que compraría sería un sofá más grande.

El estrés, que se había transformado en irritación, ahora dio paso a cansancio.

Minutos más tarde, Erik lo llamó de nuevo.

—Antes de que digas nada —lo interrumpió Jerónimo—, perdona que estuviese un poco borde antes. Lo siento.

—Entiendo perfectamente tu frustración con la situación y prometo compensarte. ¿Te has tomado una pausa?

—Me he tomado un par de ibuprofenos. Cargué demasiado peso y me he hecho daño en la espalda. Ahora estoy tumbado en el sofá de dos plazas que me gusta tan poco, con las piernas colgando. Estoy muy cansado.

—Y estresarte no te ayuda, lo sabes. Uno de los periódicos más importantes de Inglaterra ha dado luz verde y pronto me confirmarán el día en que se publicará el artículo.

Solo puedo decirte que va a hacer mucho daño a mucha gente.

Te pido que seas paciente. Tengo todo bajo control.

Con lo que cobre, nos damos un paseo por IKEA.

—¿IKEA? Quiero algo con más caché.

Ambos rieron.

—¿Por qué no te echas una siesta y descansas? Salgo ya. Cuando llegue bajaré yo las cajas pesadas. Soy más fuerte que tú.

—Eso no es verdad.

—Sí que lo es. Tú eres más cabezón.

—Eso tampoco es verdad.

—Tenía un profesor en la universidad que decía que revelar la verdad de una historia para sacarla a la luz era tarea de titanes, y solo los cabezones firmaban la victoria.

Jerónimo se despidió de Erik y dejó caer el brazo con el móvil en la mano.

El alivio del ibuprofeno lo envolvió y sus ojos se cerraron con pesadez, entregándose al abrazo del sueño.

Sin embargo, ese breve descanso fue interrumpido por el sonido insistente del móvil una hora más tarde.

La luz de la pantalla proyectaba sombras danzantes en el pequeño comedor.

Al ver «policía», su corazón se detuvo. Lo que le dijeron cambió su vida para siempre.

— Hello? —contestó Jerónimo con voz aún ronca por el sueño, y una sensación de inquietud creciendo en su pecho.

Al otro lado de la línea, la voz firme y serena de un policía confirmaba su identidad.

—¿Conoce a Erik Vinterberg?

—Es mi pareja. ¿Qué ha pasado?

Un inquietante silencio al otro lado de la línea intensificó la angustia de Jerónimo.

—Lamentamos informarle que su pareja ha tenido un accidente de tráfico, y ha sido trasladado al Hospital St Mary en Londres. ¿Sabe cómo llegar?

Un sudor frío le recorrió la espalda y su corazón comenzó a latir con fuerza. Las palabras accidente , hospital y el nombre de Erik se entrelazaron en su mente, generando un torbellino de emociones. Apretó con fuerza el móvil, intentando procesar la información, y preguntó con voz entrecortada:

—¿Qué… qué le ha pasado exactamente?

—No tengo todos los detalles, pero los doctores están haciendo lo posible para mantenerlo con vida.

—¿Con vida? —Su voz se elevó con tal fuerza que pareció tocar el techo.

—Será mejor que se dé prisa.

Jerónimo colgó con manos temblorosas. Su cuerpo se paralizó durante unos segundos.

El ensordecedor silencio que lo envolvió solo era interrumpido por el acelerado latir de su corazón.

Se esforzó por levantarse, pero sus piernas no respondían.

Después de tomar un par de respiraciones profundas, se incorporó.

No había tiempo que perder; necesitaba estar junto a Erik.

Salió por la puerta como alma que lleva el diablo.