Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 53
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Capítulo 53

Jerónimo pasó la noche en el hospital. Al día siguiente, el médico le dio el alta y le informó que Marcos había despertado y deseaba hablar con él.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerónimo.

—Siento dolor hasta en el alma —respondió Marcos con voz débil, abriendo solo el ojo que tenía sano.

Hematomas de diferentes tamaños y tonalidades cubrían la cara y los brazos. Sus labios estaban agrietados y tenía parte de la cabeza vendada.

Jerónimo intentó tomarle la mano, pero lo vio tan frágil que ni siquiera se atrevió.

—¿Prefieres que vuelva en otro momento?

—No, por favor. Te debo una explicación.

Cada respiración parecía un esfuerzo, su pecho subía y bajaba de manera irregular.

Jerónimo se sentó a su lado y Marcos le reveló que antes del accidente estaba lleno de dudas.

Se había estado engañando a sí mismo y a su esposa.

Le habría gustado hablar con Silvia antes de irse de vacaciones, pero era algo que habían planeado con mucha antelación y no supo decirle que no a su mujer.

La mañana del desafortunado accidente, Silvia recibió un correo electrónico anónimo con fotografías comprometedoras.

Tenía la sensación de que alguien lo estaba vigilando y esas fotos eran prueba de ello y sintió miedo.

Miedo por él, por su mujer y por Valentina.

Creía que era del entorno de Valentina. La angustia y la furia de Silvia le desbordaron.

Tuvieron una fuerte discusión y aceleró.

Fue un impulso, un acto reflejo. Debía regresar a Valencia lo antes posible y dejar de mentir a su familia y a sí mismo. Tenía que acabar con esa farsa.

—No sabía quién había enviado las fotos a Silvia, pero era consciente de que quien lo hubiera hecho, iría también a por Valentina. Tenía que volver a Valencia y no podía quedarme revisando declaraciones y completando papeleos. Y tampoco quería involucrarte en todo esto.

—¿El padre de Silvia no sabía que su hija fingía un embarazo?

—Nadie lo sabía. Todo fue idea de ella. Yo no quería, pero ella sí, y había que hacer lo que Silvia quería.

Nunca estuvo satisfecha con lo que tenía y yo caí en esa trampa de querer hacerla feliz.

Pero es difícil hacer feliz a alguien que no está en paz consigo mismo.

Creo que no era consciente del resentimiento que tenía hacia mi mujer.

Conocí a Valentina y fue como un soplo de aire fresco en mi vida.

—¿Cómo se encuentra ella?

—Fuera de peligro —confirmó y el pecho se le hinchó—. En coma inducido hasta que su cuerpo se recupere.

—Y se recuperará.

Hubo un silencio, profundo y apacible, que envolvió la habitación con una sensación de calma y tranquilidad, como si el tiempo pareciera haberse suspendido por momentos.

—Jero, hay algo más que tendrías que saber. Pero… pero no sé si soy capaz de contárselo a nadie.

Jerónimo posó su mano sobre la de Marcos.

—Pues no me lo cuentes —respondió.

—Solo quiero darte las gracias por salvarme la vida. Sin ti, no estaría aquí.

—Tú hiciste lo mismo por mí hace veinte años y tampoco hiciste preguntas.

Jerónimo recordó aquella noche. La verdad es que la primera vez que intentaron matarlo, solo pensó en su padre.

Sí, en su padre, así de simple. No pensó en nadie más.

No hubo amigos, ni familia, ni esa famosa luz al final del túnel.

Claro que esa experiencia era para los que ya estaban muertos.

Cuando sus manos respondieron, se preparó para el ataque y, en cuestión de segundos, su destino cambió para siempre.

Consiguió escapar y huyó de ese agujero lleno de víboras.

—Marcos, aquel dinero que me diste…

—No era mío —le cortó.

—Yo creía que era dinero de la caja.

—¿Tanto? Jero, la caja se hace al final del día, no antes de abrir.

Marcos tuvo una serie de toses secas.

Jerónimo acercó más la silla y le ofreció un vaso de agua.

—¿Cómo sabías que yo estaba allí? —le preguntó.

—No lo sabía. —Marcos señaló la mesita del hospital. Jerónimo lo miró sin entender—. Coge mi billetera. Dentro encontrarás una tarjeta con tu nombre. La hallé por casualidad al mudarme con Silvia y esperaba dártela cuando tuviera ocasión.

Jerónimo hizo lo que Marcos le pidió y sacó un trozo de cartulina amarillenta y vieja del tamaño de una tarjeta de visita con su nombre escrito a mano en mayúsculas: «JERONIMO».

—¿Qué es esto? —preguntó levantando la tarjeta al aire.

—Le falta la tilde en la «O» —añadió Marcos, estirando los labios, pero no llegó a formar una sonrisa, el dolor físico lo paró—. Quería dártela cuando nos encontráramos en Londres y hablar de todo esto con más calma.

—No entiendo.

—Era un sábado doce de diciembre de 1998.

Aquella noche se celebraba la fiesta blanca en el pub ADN.

Yo salí con los amigos y empalmé para ir a trabajar.

No bebí mucho y me fui al bar a dormir unas horas antes de abrir.

Cuando entré en el bar, alguien me siguió, me puso una pistola en la sien para que no dijera nada.

—¿Quién era?

—No lo sé. Llevaba un gorro de lana y una bufanda que le cubría el rostro.

Los ojos eran lo único visible. Azules. Muy azules, como el hielo.

Yo estaba aterrado. Me temblaban las piernas.

Creí que era un atraco. Me extendió un sobre con muchísimo dinero.

Miles de pesetas, de las antiguas. ¿Te acuerdas?

Y una tarjeta con tu nombre. Luego, apuntándome con el arma, me hizo salir a la calle mientras él se quedaba dentro del bar.

Me ordenó quedarme de pie allí. Tenía tanto miedo que casi me meo encima y de repente te vi correr desesperado.

Cuando me di la vuelta, el hombre había desaparecido.

Te vi en ese estado, te metí dentro del bar y bajé la persiana. Y el resto ya lo sabes.

—Sí, nunca lo he olvidado —dijo Jerónimo con un sabor agrio en la boca—. ¿Cómo que me conocía? ¿Qué más te contó?

—No habló. Solo me dio esa tarjeta y el sobre con el dinero. Hice lo que me pidió. Estabas metido en un agujero muy oscuro.

Jerónimo se quedó pensando en aquella noche, que parecía más viva que nunca. Tomó el primer avión que salió del aeropuerto de Manises en Valencia y aterrizó en la ciudad de Copenhague, la capital de Dinamarca. Parecía que había saltado a otra dimensión: un nuevo mundo por explorar.

Allí desapareció durante varios años.

—Era muy inocente —dijo Jerónimo—. Todo terminó.

—Pues sigue muy vivo en tu memoria.

—Demasiado.

Miró la tarjeta con su nombre garabateado. Se preguntó quién lo conocía. Alguien quería que huyera. Que él no dijera nada. Nada de lo que había sido testigo hacía veinte años. Y así fue. Un ángel de la guarda o un esbirro del demonio. Guardó la tarjeta sin saber muy bien si la quería o no.

—Tengo algo pendiente en Londres —dijo Jerónimo rompiendo el silencio—. ¿Quieres que me quede contigo?

—No, quiero que hagas tu vida.