Capítulo 52
Jerónimo despertó con un fuerte dolor de cabeza. Su cuerpo pesaba más de lo normal y parecía tener la resaca del siglo. Notó unas sábanas ásperas al tacto e impregnadas de un olor a lejía. Alguien le sostenía la mano. Era Eva, que se inclinó y le besó en la mejilla.
—Tenemos que arreglarte esa barba —bromeó ella, acariciando la barba color pimienta de Jerónimo y observando el labio partido.
Él intentó responder, pero su lengua se sentía como una esponja en su boca.
—¿Qué...? —logró balbucear.
—Has estado durmiendo casi veinticuatro horas. Los médicos han dicho que necesitas reposo —explicó Eva con suavidad, apretando la mano de Jerónimo—. Creíamos que habías regresado a Londres.
Un cúmulo de imágenes flotaron en su mente, superponiéndose entre ellas, hasta que se paró en la imagen del padre de Silvia, descuartizado por sus perros en el patio de su casa de campo.
Movió la cabeza como si pudiera sacudir esos pensamientos.
—¿Marcos? —preguntó, sintiendo acelerar su corazón.
Eva pasó la mano por la frente de Jerónimo como si lo peinara y le regaló una de esas bonitas sonrisas que tenía.
—Está estable —dijo Eva y Jerónimo respiró hondo—. Su —Eva hizo una pausa como buscando la palabra adecuada— amante, o novia, o lo que sea, está en coma, pero fuera de peligro. También se está recuperando.
Jerónimo intentó incorporarse. Eva lo ayudó y acercó un vaso de agua a sus labios, que bebió con avidez. Tosió y continuó bebiendo.
—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó Jerónimo.
—Llevamos —marcó Eva— todo el día. Gabriel pasó la noche aquí contigo en ese sillón. Yo llegué esta mañana.
—¿Gabriel? —repitió, sorprendido.
Eva asintió.
—Tu hermano estaba muy preocupado por ti. Ha bajado al bar a comprar algo para merendar —explicó y miró la hora—. Luis estará al caer.
—No debíais... —comenzó a protestar Jerónimo, pero Eva le interrumpió colocando un dedo en sus labios.
—Deja de repetir lo mismo.
—¿Y Erik?
La mención de Erik provocó una risa en Eva.
—Deberías haber visto a Luis chapurreando en inglés, intentando explicar lo que te había pasado y que estabas bien. Que solo necesitabas descansar.
Jerónimo hizo un nuevo intento de levantarse.
—Bueno, estoy bien. Necesito volver a casa.
—Te quedas aquí, quieto —dijo Eva, con firmeza.
Justo en ese momento, Gabriel entró en la habitación.
Eva se levantó.
—Jero, tengo que volver a casa. Tengo al bebé con mi padre —dijo, dándole un fuerte abrazo a Jerónimo en señal de despedida—. Vuelve pronto.
—Lo haré —respondió Jerónimo.
Una vez que los hermanos se quedaron solos, quiso hablar con Gabriel.
—Gabi, gracias por quedarte conmigo durante la noche. Quiero que sepas que si quieres vender la casa del abuelo, adelante —propuso.
Gabriel se encogió de hombros y desvió la mirada.
—Yo también lo he pensado y la verdad es que no hay prisa por venderla. Eva y yo no necesitamos el dinero y tú tienes un lugar donde quedarte. Daré de alta el agua y la luz. Nunca se sabe contigo.
Jerónimo sonrió.
—Sé que no vengo tan a menudo —admitió.
—Pero vienes. Y si quieres venir más veces, pues bueno.
El silencio de Gabriel llenó el espacio durante unos segundos, roto solo por la llegada de Luis, que entró sin llamar, llevando una tarta de cumpleaños.
—Mientes muy mal, gilipollas —le dijo a Jerónimo mientras dejaba la tarta en la mesita al lado de la cama.
—Luis, ¿puedes hacerme un favor? —preguntó Jerónimo.
—¿Otro? Manda huevos —se quejó con su habitual tono burlón.
—Llama a Erik y dile que todavía estoy descansando. Que los médicos te han dicho que tengo que quedarme un par de días más en el hospital. Que lo llamaré cuando despierte.
—¿Quieres que le mienta?
—Tengo algo importante que hacer en Londres antes de verle.
—¿Quieres que le mienta? —repitió Luis.
—Llámalo como quieras.
—Mentira. Lo llamo mentira.
Gabriel soltó una risa mientras cortaba un pedazo de tarta.
—Estáis los dos gilipollas —declaró.