Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 51
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Capítulo 51

Marcos se arrastró hacia Jerónimo, quien lo sostuvo y lo ayudó a moverse mientras atravesaban el patio.

Los ladridos de los perros se intensificaron.

Su avance era lento, marcado por la cojera de Marcos. Su piel estaba fría y húmeda al tacto, y cada respiración sonaba como un animal herido. Cruzaron el patio y entraron a la cocina por el acceso trasero. Jerónimo apoyó su espalda contra la puerta; los latidos de su corazón resonaban en sus oídos.

Otro disparo rompió la quietud de la noche.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Jerónimo y su estómago se retorció al oír el sonido de los golpes contra la puerta.

—Maricón de mierda —gritaba el padre al otro lado. La puerta temblaba con cada golpe—. ¡Mató a mi hija! —vociferaba, ansioso de una venganza que pronto encontraría.

Jerónimo tensó su cuerpo y presionó más fuerte la puerta con su espalda, resistiendo las embestidas. Miró a su alrededor en la cocina, buscando a Marcos. Lo llamó, pero no obtuvo respuesta.

Hubo más ladridos, más golpes y otro disparo, esta vez, en el marco de la puerta. Sería cuestión de segundos antes de que el padre de Silvia la derribara.

Jerónimo estaba a punto de colapsar.

Marcos regresó a la cocina con un andar torpe y lento, similar al de un zombi. Sus manos hinchadas como balones de fútbol sostenían un pequeño objeto negro. Traía un control remoto. Cayó a los pies de Jerónimo.

—Ahí… —Marcos murmuró algo incoherente. Estaba cerca del desmayo.

Jerónimo alargó los brazos para detener la caída de su amigo, que estaba a punto de desmayarse, mientras mantenía la presión en la puerta.

Marcos seguía de pie, manteniendo el equilibrio como si estuviera sobre una cuerda floja.

Jerónimo recogió el control remoto, confundido.

Los segundos parecían estirarse mientras observaba en sus manos aquel objeto. Los ladridos de los perros, los golpes en la puerta, todo pareció desvanecerse.

Miró a Marcos, luego al control remoto, y en unos segundos, todo tuvo sentido.

Había un dicho en inglés que afirmaba que dos errores no hacen un acierto.

Es decir, que los errores de unos no excusan los errores de los demás.

Pero en este caso, el error que iba a cometer contradecía esta regla.

Marcos había salvado su vida hacía veinte años.

Ahora le tocaba a él salvar la vida de Marcos y la suya.

El control remoto en sus manos era su única oportunidad de revertir la tiranía de la situación.

No se quedaría de brazos cruzados. No, iba a actuar.

Porque Jerónimo cumplía lo que prometía o, al menos, lo intentaba.

Con un movimiento resuelto, presionó desesperado todos los botones del control remoto y algo inesperado sucedió.

Las perreras se abrieron y los perros desesperados escaparon de su cautiverio. Los golpes en la puerta cesaron.

Jerónimo, pegado a la ventana de la cocina, observó la escena, sintiendo el frío del cristal contra su frente.

Los perros olieron el aire, reconociendo a su dueño. El padre levantó las manos.

—Son fieles a mí, imbéciles —dijo con desdén y con la mirada puesta en sus amados perros.

Los pastores alemanes fijaron sus oscuros ojos en su amo, gruñendo como cachorros afligidos.

—Tranquilos —les dijo Javier con voz apaciguadora.

Una tensión palpable inundó el aire. Uno de los pastores alemanes gruñó al otro, mostrando su mirada amenazante. Los gruñidos se intensificaron; los dientes relucían a la luz lunar y los músculos de los perros se tensaban en preparación para el ataque.

—Se van a matar entre ellos —murmuró Javier con voz insegura.

Jerónimo trató de calcular cuánto tiempo tendrían para mantener a Javier y a los perros distraídos, permitiéndoles escapar.

Marcos no estaba en condiciones de correr, ni siquiera podía caminar.

La alternativa sería encontrar un lugar para ocultarse y esperar ayuda, pero nadie sabía que estaban allí.

Javier conocía bien el lugar y no permitiría que escapasen con vida.

—Tranquilos, campeones —intentó calmar a sus fieles perros.

Entonces, un ladrido desencadenó una feroz pelea y uno de los perros saltó sobre Javier, mordiéndole el antebrazo. El arma cayó al suelo. Un grito retumbó en el aire.

No había rey sin plebeyos. Y aquellos perros no iban a ser plebeyos de nadie. Les habían otorgado la libertad y no estaban dispuestos a perderla de nuevo.

Un perro era el mejor amigo del hombre y solo atacaba en circunstancias extremas como el maltrato, el miedo o la amenaza. Aquellos pobres animales habían sufrido un maltrato continuo, habían vivido con el miedo y, al ver a su dueño, habían percibido la amenaza.

Los otros dos perros se lanzaron contra Javier, que cayó al suelo entre gritos de dolor. La escena se volvió dantesca. La sangre salpicó el suelo y los alaridos de Javier llenaron el aire nocturno.

Jerónimo se dio la vuelta. Nunca había oído a alguien gritar así, como si estuvieran quemándolo en la hoguera. Se desplomó al suelo, apoyando la espalda en un armario de la cocina.

Marcos, en cambio, con su rostro tan pálido como la luna e hinchado por la tortura a la que había sido sometido, no apartó la vista del macabro espectáculo.

Finalmente, todo se calmó.

Marcos se acercó a Jerónimo, su mano temblorosa buscaba apoyo en el mueble de la cocina. Sus ojos se encontraron y, en ese momento, cada uno comprendió el infierno por el que el otro había pasado.

Su amigo apoyó su cabeza en el hombro de Jerónimo.

—Gracias —le dijo, cerrando su único ojo sano.

Ahora podía dormir tranquilo.