Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 50
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Capítulo 50

Amordazado y atado de pies y manos a una vieja silla en un garaje, Jerónimo estaba a punto de pagar con su vida el precio por encontrar a Marcos.

La luz de la luna se filtraba a través de una pequeña ventana trasera, convirtiendo el lugar en una escena digna de una película de terror.

En el exterior, al otro lado de la puerta metálica del garaje, el sonido del golpe seco de la pala hundiéndose en la tierra se repetía con un ritmo tétrico. Un sonido que nadie desearía escuchar nunca: el eco de su propia tumba siendo excavada.

Jerónimo se retorcía en la silla con una mezcla de furia y miedo. Las cuerdas mordían sus muñecas, quemándole la piel como la sal en una herida. Intentó gritar, pero solo salió un gemido ahogado.

Al lado, yacía Marcos como un saco de boxeo, atado de pies y manos y con el rostro como un mosaico de hematomas por los golpes recibidos.

Un ojo lo tenía tan hinchado que parecía un volcán a punto de erupcionar.

Su camiseta estaba desgarrada y manchada de sangre con la tela rota, revelando las marcas de las brutales palizas que había soportado.

Solo un sádico cegado por una sed desenfrenada de venganza podría haber infligido semejante daño.

«Lo siento. Llegué tarde», admitió con la mirada.

Jerónimo se movió de nuevo, pero las cuerdas se negaron a ceder.

Echaba de menos a Erik como nunca lo había hecho.

Quería abrazarlo. Decirle cuánto lo quería.

Decírselo en español, en su lengua materna, esa que marca los sentimientos del corazón y que nunca puede ser reemplazada por otra aprendida más tarde en la vida.

Las cosas que nunca se dicen suelen ser las cosas más importantes.

Ahora era tarde.

Un pitido rítmico que parecía provenir de la nada lo sacó de sus pensamientos. Aguzó el oído y lo oyó de nuevo. Marcos aún respiraba, aunque su respiración era más un jadeo forzado que cualquier indicio de vida.

Jerónimo sintió el rígido contorno de la vieja silla contra su espalda, el áspero roce de las cuerdas en su piel y el sabor agridulce del miedo en la boca, pero sobre todo una rabia que no había experimentado en mucho tiempo.

Balanceó su cuerpo y la silla crujió.

Tomó impulso, moviéndose como un péndulo, abstrayéndose del dolor que le producían las cuerdas con cada movimiento.

Cuanto más se balanceaba, más crujía la silla.

Aumentó el ritmo. Un sudor frío se deslizó por la frente mientras su corazón marcaba un latido frenético. Se arrojó hacia atrás con toda la fuerza que pudo reunir. Ignoró el dolor que le perforaba las muñecas y continuó luchando hasta que la silla cedió.

Un crujido ensordecedor llenó el aire y el asiento estalló en pedazos bajo él.

Jerónimo cayó al suelo con un golpe sordo que retumbó como el choque de un tren.

La madera astillada se esparció a su alrededor como los restos de un naufragio. Y luego vino un torbellino de dolor y confusión. Estaba liberado de la silla, pero seguía atado de pies y manos.

Cada segundo era valioso, cada respiración un recordatorio de que aún estaba vivo. A pesar del intenso dolor de sus muñecas, las cuerdas ya no estaban tan firmes. Maniobró, luchó, pero fue imposible liberarse de sus ataduras.

Marcos yacía a su lado, moribundo.

Jerónimo arrastró su cuerpo hacia su amigo, cuyo rostro parecía un mapa de un país en guerra.

—Moto —la palabra salió apenas como un susurro de los labios de Marcos.

Jerónimo clavó la mirada en la vieja moto apoyada en la pared, intentando descifrar lo que Marcos quería transmitirle.

—Moto —repitió Marcos—. Alforja.

El ruido de la pala se detuvo.

Jerónimo sintió el pánico arremolinarse en su estómago, pero se negó a rendirse.

Arrastrándose, llegó a la vieja moto y a la alforja.

Con un esfuerzo titánico, la tiró con la barbilla y cayó al suelo.

De su interior cayeron diversos objetos, entre ellos, una navaja oxidada.

Se giró, agarró la pequeña navaja con las manos atadas y consiguió abrirla.

Las cuerdas no eran muy gruesas; podía liberarse en cuestión de minutos.

El silencio exterior era ensordecedor. Javier había terminado de cavar la fosa.

El corazón de Jerónimo parecía querer escapar de su pecho y le costaba coordinar su respiración con el ritmo frenético de sus latidos. Se liberó las manos. Se quitó la mordaza, luego se desató la cuerda de los pies y se arrastró hasta Marcos, liberándolo de sus ataduras también.

—Marcos, tenemos que salir. Ahora o nunca —dijo.

Con un último esfuerzo, levantó a su amigo, pero sus piernas temblaban y le costaba mantenerse de pie.

La puerta metálica del garaje comenzó a elevarse, su sonido perforó la quietud como un taladro.

—Tienes que aguantar —susurró Jerónimo a su amigo.

Tenían que salir corriendo, pero sería imposible que Marcos pudiera hacerlo. Cogió un palo de la silla. Necesitaba ganar tiempo.

Cuando la figura imponente de Javier apareció, Jerónimo lo golpeó y el hombre se derrumbó de rodillas, confundido.

Jerónimo agarró a Marcos por los hombros y salió arrastrando a su amigo.

—¡Hijos de puta! —bramó el padre de Silvia.

En mitad de la noche, cruzaron el patio interior.

El sonido de los ladridos de los perros resonaba en sus oídos. La desesperación aumentó cuando oyó el sonido de un disparo que provocó más ladridos.

Javier tenía un arma.