Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 49
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Capítulo 49

La conciencia de Jerónimo regresó como una marea, arrastrando consigo olas de dolor en su cabeza.

Su cuerpo parecía un muñeco de trapo que arrastraban por el suelo.

Se encontraba en la casa de campo del padre de Silvia, y aquel hombre lo estaba sentando en una silla, atándolo de pies y manos con precisión milimétrica.

—Es negro —le susurró al oído con voz tan fría como la de un asesino—. El coche con el que vigilaba al malnacido de Marcos es negro.

Jerónimo despertó en una pesadilla y el miedo se infiltraba en su conciencia, zumbando en los oídos y retorciéndose en el estómago.

Las piezas del rompecabezas caían en su lugar, dibujando una imagen sencilla, pero aterradora: el padre, de duelo por la pérdida de su hija, buscaba venganza en Marcos y Valentina.

Jerónimo parpadeó, adaptando los ojos a la única bombilla que colgaba del techo; los haces de luz bailaban en el aire, lleno de polvo, proyectando sombras grotescas que parecían cobrar vida.

Se encontraba en el garaje, un espacio vacío y desolado, con solo un armario de metal y una vieja motocicleta apoyada contra la pared.

Existían numerosas razones para tener miedo, pero había una en particular: nadie sabía dónde se encontraba.

—¿Y Marcos? —preguntó Jerónimo.

—Hace demasiadas preguntas. Debería haberse ido —respondió Javier con aparente calma, como si midiera sus palabras con una regla. Terminó el último nudo y se levantó—. Mató a mi hija.

—Marcos no ha matado a nadie. Fue un accidente.

—No, no, no —dijo Javier negando con el dedo índice—.

Hace unos meses pasé por el restaurante para ver a mi yerno, pero lo que vi no me gustó.

Marcos estaba coqueteando con una chica mucho más joven.

Pensé que estaba viendo cosas, que era parte de su trabajo ser amable con los clientes.

Volví al día siguiente solo para toparme con la misma escena.

Marcos coqueteaba con esa joven venezolana delante de mis narices, como si fuese la cosa más normal del mundo.

Se lo conté a mi Silvia, pero no me creyó.

Me dijo que lo estaba malinterpretando, que Valentina era una amiga en común que también estaba embarazada y que ella tenía confianza plena en Marcos.

Aquello no era amistad entre un hombre y una mujer.

Así que los seguí —dijo señalando al coche aparcado en el patio—.

No, Marcos no sabía que yo tenía este coche.

Lo cogí prestado de la compañía. No está a la venta, lo tengo que devolver.

—Hizo una pausa y su rostro se torció en una mueca de asco—.

La tarde que se fueron de vacaciones en autocaravana, pillé a Marcos despidiéndose de esa mujer con un abrazo que terminó en un beso.

—Negó con la cabeza, nervioso, como si pudiera borrar el pasado—.

Siempre lo supe, pero Silvia negaba la realidad.

Ahora tenía la prueba de que mi yerno le estaba poniendo los cuernos a mi Silvia.

Marcos no se iba a salir con la suya. —Hubo otra pausa más larga, con la mirada perdida en aquel armario metálico—.

Esperaría a que regresaran de vacaciones y luego confrontaría a ese desgraciado.

Tenía fotos, las fotos que lo demostraban.

Pero había algo que aún no sabía. Días después descubrí que 18.

000 euros habían desaparecido de la cuenta de ahorros de mi hija.

—La rabia lo poseía como un demonio—. ¡La mujer con la que se acostaba Marcos era la beneficiaria!

—gritó tan fuerte que los perros aullaron como lobos.

Paró. Inspiró profundamente—. Tenía que hacer algo.

Mi hija tenía que saber la verdad y volver a Valencia lo antes posible.

De nada serviría que la llamara y se lo dijera.

Tenía que ver las fotos por sí misma y enfrentarse a la realidad —dijo, escupiendo las palabras.

—¿No se da cuenta? Al mandarle las fotos, provocó el accidente de la autocaravana.

Jerónimo recibió un fuerte golpe en la cara que le partió el labio. Su boca se llenó con el sabor metálico de la sangre.

—¡Mató a mi hija!

—¿Qué ha hecho con Marcos? —preguntó con miedo de que ya sabía la respuesta.

—Mi sobrina me dijo que Marcos le había mandado un mensaje y que estaba en camino.

Supe que volvería a buscar a esa zorra. No tenía los huevos de hablar conmigo.

Nunca me llamó. Me lo inventé —dijo Javier, apretando fuerte la mandíbula y respirando hondo—.

Esperé a esa Valentina a la salida de su casa.

Le dije que estaba ahí para llevarla con Marcos.

En su confusión, la metí en el coche y la traje aquí.

Fue muy fácil. Luego esperé a Marcos en su piso.

—La paliza que le dio a Valentina la dejó en coma —dijo Jerónimo—. Cuando la encontraron en el contenedor, todavía estaba viva.

—Vaya.

Los perros estaban inquietos, ladrando, percibiendo la tensión en el aire.

—Valentina perdió a su hijo —continuó Jerónimo.

—¿Tú crees que me importa? —replicó el padre de Silvia, con palabras tan frías como el hielo.

—Era el hijo biológico de su hija Silvia y Marcos.

Ellos tenían un acuerdo con Valentina para que ella fuera la madre subrogada —explicó Jerónimo, aprovechando esa oportunidad—.

El hijo que Valentina perdió era biológicamente su nieto.

No solo provocó el accidente de su hija, sino que también mató al nieto que podría haber tenido.

El padre pareció desconcertado por un instante y su expresión dura como el mármol dio paso a una grieta de duda.

—¡Miente!

Jerónimo recibió otro fuerte golpe en la cara.

El sudor y la sangre se mezclaban en sus sienes, trazando surcos sobre su rostro.

Su respiración era rápida y entrecortada.

Con la cabeza gacha, observó dos platos para perros en el suelo; uno contenía agua turbia y el otro, trozos de carne de una lata de comida para perros.

El hedor del lugar era nauseabundo.

—¿Dónde está Marcos? —insistió Jerónimo, jadeando mientras gotas de sangre caían de su labio.

—Mató a mi hija.

—No la mató. Tuvieron un accidente de tráfico.

Los perros ladraban nerviosos.

Javier se arrodilló y cubrió su rostro con las manos, desgarrándose en llantos desesperados.

—¡Ya no me queda nada! ¡Nada! —Su voz se quebró y las lágrimas comenzaron a fluir.

Desde dentro del garaje, observó la zanja en el terreno.

Buscó con la mirada los limoneros, pero en el interior del garaje no había ningún árbol.

A simple vista, parecía un surco de tierra recién removida.

La tierra alrededor estaba fresca, como una herida reciente en el paisaje.

La zanja se extendía unos dos metros. Desde donde estaba, no podía apreciar la profundidad, pero el montículo de tierra indicaba que Javier había cavado al menos medio metro.

Un agujero demasiado profundo para plantar limoneros.

Aquello no era una zanja, era una fosa.

—¿Dónde está Marcos? —preguntó con un tartamudeo que el miedo no le dejaba controlar.

Javier se levantó despacio, con una mirada capaz de congelar un desierto.

—Me falta poco para terminar.

—¿Dónde está Marcos? —esta vez murmuró de puro terror.

—Aquí lo tiene —dijo el padre de Silvia.

Abrió el armario de metal y, como si de un saco de harina se tratase, el cuerpo de Marcos cayó al suelo. Luego, con un rápido movimiento, amordazó a Jerónimo, apagó la luz y presionó el control remoto para cerrar el garaje, dejándole en la penumbra junto al cuerpo inerte de Marcos.