Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 48
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Capítulo 48

Jerónimo se encontraba hundido en el asiento trasero de un taxi. Los cálidos tonos del atardecer en Valencia bañaban su rostro mientras observaba el cielo y sus pensamientos revoloteaban, generando un torbellino de culpa.

—¿Cuánto falta para llegar al aeropuerto? —preguntó al taxista.

—Como mucho, veinte minutos. Hay mucho tráfico, se nota que es fin de semana.

Jerónimo se acomodó más en el asiento, queriendo desaparecer.

Sentía haber fallado a todos aquellos que amaba y confiaban en él.

El día antes, había estado dispuesto a permanecer en Valencia hasta encontrar a Marcos.

Hoy, la impaciencia por regresar a Londres era más grande.

Necesitaba tiempo para enmendar las cosas.

Decidió que se tomaría unos días antes de contactar con Erik y reaparecer en su vida.

Había mentido a Christian, diciéndole que celebraría su cumpleaños en familia.

Ni siquiera Eva se acordó de qué día era.

Sonó su móvil con un mensaje de texto. Escarbó en su mochila, expectante, solo para comprobar que era un aviso de la aerolínea que le notificaba que su vuelo estaba retrasado casi tres horas.

La idea de esperar en un banco del aeropuerto se le atragantó. Había llegado el momento de pedir disculpas y enmendar sus errores, y sabía por dónde empezar.

—Quiero que me lleve a otro lugar —indicó al taxista.

Jerónimo experimentó una sacudida tras otra en el asiento trasero del taxi, mientras este se abría paso por el inacabable camino de piedra bordeado por huertas.

Con cada bache que el taxi sorteaba, el taxista le lanzaba una mirada a través del retrovisor con un tinte de fastidio.

Quince minutos más tarde, se detuvieron en un camino de grava frente a una casa con un muro de ladrillos y una verja de hierro pintada de azul, y Jerónimo se bajó.

Había llegado a la casa de campo del padre de Silvia.

Los naranjos formaban un tapiz que se extendía desde la casa hasta perderse en el horizonte. El aire estaba impregnado de la fragancia de las naranjas, como si el sol hubiera destilado el aroma directamente de los frutos.

Un enorme pastor alemán, con las orejas erguidas y los ojos oscuros, lo amenazaba con sus ladridos desde detrás de la verja.

No tenía muy claro si era Napoleón, César, Genghis u otra figura histórica del ámbito militar.

Lo que tenía claro era que no le gustaban esos perros tan agresivos por muy leales que fueran al amo.

Retrocedió un paso, buscando con la vista al padre de Silvia, mientras observaba la casa de adobe y ladrillo, con un patio interior que albergaba una parrilla.

Javier apareció caminando a grandes pasos y lo miró sorprendido.

—Regreso a Londres y quería despedirme —dijo Jerónimo, consciente de la extrañeza de su visita.

El hombre, con una pala en la mano y los pantalones manchados de tierra fresca, lo miró en silencio. Luego, con un gesto, lo invitó a entrar.

—Pase. No se quede en la puerta. Le dije que viniera a despedirse.

Javier encerró al pastor alemán e invitó a Jerónimo a entrar a un comedor donde una mesa rectangular de roble oscuro hacía juego con sillas rústicas con respaldos altos y cojines tapizados en cuero.

El sistema de iluminación proyectaba una luz ambiental indirecta, resaltando trofeos de caza y un par de armas antiguas montadas en soportes de madera en la pared.

Javier lo invitó a sentarse.

—¿Una cerveza? —ofreció, dejando la pala en la pared y dirigiéndose hacia la cocina.

Jerónimo asintió.

En la pared norte, una puerta corredera de suelo a techo se abría hacia el patio trasero y mostraba una panorámica del campo, desde donde se podían ver las casetas para perros.

Javier regresó y le entregó una lata de cerveza.

—Estaba preparando la tierra para plantar limoneros. Ya no soy tan joven y no calculé que cavar los hoyos me llevaría más tiempo del que pensaba —admitió, suspirando.

Jerónimo dirigió su mirada hacia la zanja en el campo.

—No sé nada de horticultura. ¿Cómo están sus manos?

Javier movió los dedos.

—Bien. Me mantengo ocupado, pero mis huesos ya no son lo que eran.

—¿Volverá a casa pronto? —preguntó Jerónimo.

—Por ahora no —respondió con una nota de firmeza en su voz—. Estoy bien aquí. Le dije a la empleada que, si alguien pregunta, estoy en Madrid con mi hermana y no volveré durante un tiempo.

Jerónimo alargó el tenso silencio, dándole un sorbo a la cerveza y lanzando una mirada furtiva al patio a través de la puerta corredera.

—¿Ha venido solo en coche con sus perros? —inquirió.

—¿Cómo? —preguntó con sorpresa en la voz.

—Su coche está ahí afuera —señaló Jerónimo.

Javier asintió.

—Ah, sí. Planeo venderlo.

Jerónimo se reclinó en la silla y tomó otro sorbo de cerveza, su mirada perdida en algún rincón del patio.

—¿Por qué está cubierto con una lona?

—Lo lavé. No quiero que se ensucie de nuevo.

—Tiene sentido —dijo Jerónimo, dejando la lata de cerveza vacía sobre el posavasos—. Vine para pedir disculpas.

Javier levantó las cejas.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Le prometí encontrar a Marcos —confesó—. Pero ahora estoy convencido de que no desea ser encontrado.

El aire de la habitación se espesó. Las palabras de Jerónimo parecían caer como piedras al fondo de un estanque.

—Hizo lo que pudo —afirmó Javier—, y lo aprecio. Es leal a sus amigos y a la familia.

Las palabras no parecieron consolar a Jerónimo. La sonrisa amarga que formó era más una expresión de dolor que de alivio.

—Pero no es suficiente.

—Guardo la esperanza de que aparecerá —declaró Javier con una mirada vacía.

—Marcos tiene una amante. —Jerónimo hizo una pausa, como si estuviera decidiendo cuánto compartir—.

Es lo único que sé. No estoy aquí para echar sal a la herida.

Creo que tiene derecho a saberlo. La mujer está en estado crítico en cuidados intensivos tras una brutal paliza.

La policía sospecha que es un caso de violencia de género y están buscando a Marcos.

Javier no respondió de inmediato. Su rostro permaneció inexpresivo, como si estuviera procesando el significado de las palabras de Jerónimo.

Solo su mano, apretando la lata de cerveza, delataba su agitación interna, como si estuviera lidiando con una tormenta interior.

—Es todo lo que sé. No quiero entrometerme más.

—¿Estado crítico? —repitió Javier como si esa palabra le resultara extraña.

—Tenía más tubos que una maraña de cables eléctricos cuando la vi. Los médicos no son muy optimistas.

El silencio, denso y pesado, volvió a caer entre ellos. Javier parecía distante, como si su mente estuviera a kilómetros de distancia. Una vena en la sien palpitaba nerviosa.

—Marcos es como un hijo para mí. —Miró a Jerónimo, todavía serio por la información que había recibido—. Gracias por todo. No pida disculpas. Cada uno tiene que enfrentar las consecuencias de sus acciones.

Jerónimo agarró su mochila y se despidió de Javier con la misma incomodidad que había sentido al llegar. Dudaba si había hecho bien en compartir lo que sabía sobre Marcos, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

En el exterior, los perros volvieron a ladrar desde sus casetas.

—¿Y los limoneros? —preguntó.

Javier parpadeó un par de veces.

—Están en el garaje. No quiero que las raíces se sequen al sol.

Jerónimo miró el cielo, que estaba oscureciendo.

—Espero que tenga suerte con la venta —dijo Jerónimo, señalando el coche cubierto por la lona en un intento de aligerar la despedida.

—¿Quiere que le lleve al aeropuerto?

—No, gracias. Llamaré a un taxi —respondió Jerónimo, sacando el móvil y marcando el número.

Se lo puso en la oreja esperando a que diera señal y su mirada volvió a posarse en aquel coche enorme cubierto por una lona.

Los ojos de Javier bailaron del coche a Jerónimo, y esto atrajo su atención.

—Hace tiempo que no lo uso. Está en venta. Era de la compañía para la que trabajaba antes de jubilarme. Lo muevo una vez a la semana para que no se descargue la batería.

Una ráfaga de viento levantó una esquina de la lona y Jerónimo sintió un escalofrío en la espalda mientras Javier seguía hablando.

—¿De qué color es el coche? —interrumpió Jerónimo, aunque ya sabía de qué color era ese coche y sintió miedo.

Antes de girarse y ver a Javier, Jerónimo recibió un golpe en la sien con la pala.

Se le cayó el móvil al suelo y sintió un fuerte dolor en la cara y un zumbido en el oído.

El siguiente golpe lo recibió en la pierna, cayendo de rodillas al suelo, y los siguientes golpes en las costillas, cada uno quitándole más aire de los pulmones.

Antes de perder la conciencia, unas palabras se repetían y danzaban en su mente mareada. Eran las palabras de la vieja vecina del barrio de Ruzafa: «negro… grande y moderno… el color del coche es negro con los cristales tintados».